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Opinión

Jesucristo, ¿rey o presidente del universo?

El actor James Burke-Dunsmore interpreta a Cristo en un acto en la plaza londinense de Trafalgar Square el Viernes Santo del 2016.
El actor James Burke-Dunsmore interpreta a Cristo en un acto en la plaza londinense de Trafalgar Square el Viernes Santo del 2016. Getty Images

Se acerca el último domingo del tiempo ordinario de la Liturgia, la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo; esta vez cae el 26 de noviembre.

Posiblemente haya cristianos de mentalidad moderna que se sientan incómodos con el título de rey aplicado al humilde carpintero de Nazaret.

Un conocimiento elemental de la Historia Universal explica por qué hay alergia a las monarquías. La mayoría de los reyes que en el mundo han sido se comportaron como gobernantes tiránicos y arrogantes más interesados en servirse a sí mismo que en servir a sus pueblos. Sin embargo, ha habido honrosas excepciones hasta el punto que la Iglesia ha canonizado a algunos monarcas. Vienen a la memoria, entre otros, San Luis Rey de Francia, San Eduardo Rey de Inglaterra, y San Enrique Emperador. También hay reinas canonizadas.

Actualmente las monarquías no están en su apogeo. Las más aceptables se conocen como constitucionales, y se caracterizan por la frase “el rey reina, pero no gobierna”.

Como la Iglesia tiene en cuenta los signos de los tiempos, algunos se preguntan si habrá llegado ya la hora de honrar a Jesucristo no como rey, sino como presidente del universo.

La verdad es que el título “rey” ha llegado para quedarse. El Señor no puede dejar de llamarse rey, porque no llegó al mundo por vía de elecciones presidenciales, sino como don del Dios uno y trino.

Se impone, sin embargo, purificar el concepto “rey” de las connotaciones políticas, militares y fastuosas que rodean a esos jefes de Estado. Entre los símbolos principales del rango regio descuellan el trono majestuoso y la corona áurea con incrustaciones de piedras preciosas. Pues bien, Jesucristo sólo quiso reinar coronado de espinas desde el trono de la cruz.

El Salvador vino al mundo con la triple misión de sumo sacerdote, profeta-maestro, y rey-pastor. Si observamos que Jesús se desempeña como rey al estilo de un buen pastor, comienzan a diluirse las objeciones contra el título de rey.

El Hijo eterno “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Llegó al mundo como rey. Por aquellos días unos viajeros del Oriente llegaron a Jerusalén preguntando por un recién nacido rey, “porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).

La Historia testimonia que hubo hombres de humilde extracción que se crecieron llegando a convertirse en monarcas. Baste recordar a Napoleón Bonaparte. Jesús, en cambio, no se presenta como un pobre carpintero que tras mucho esfuerzo y superación llegó a convertirse en rey. Nada de eso. Jesús es rey desde siempre y para siempre. Para evitar cualquier suspicacia sobre la naturaleza de su realeza, en cierta ocasión, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo” (Jn 6, 15). Y el mismo día de su martirio, viernes santo, dijo claramente: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18,36). Y añadió que él reina “dando testimonio de la verdad” (v 37).

Jesús funda un reino sin fronteras y sin exclusión de nacionalidades. Él acoge en su reino a todo aquél que, mediante la fe, acepta lo que él predica con la palabra y el ejemplo. Él comunica la verdad salvífica, es decir, la verdad necesaria para no errar en el camino hacia la vida eterna. A esa verdad, el prólogo añade otro valor fundamental, “la gracia”. “La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (Jn 1,17). En otras palabras, Jesús no se limita a enseñar, sino que nos comunica su misma vida; “nos hace partícipes de su naturaleza divina” (2 Pd 1,4).

Su reino, incoado en la tierra, descansa principalmente sobre las columnas basilares de la Palabra y los Sacramentos. Quienes creen en Jesús como rey no se convierten en súbditos avasallados o humillados, sino en compañeros y virreyes de su reino eterno.

Tengamos en cuenta, además, que si bien es cierto que Jesús no quiso ser rey durante su vida mortal, ahora ese título le pertenece plenamente. Desde su condición gloriosa actual, Jesús reina al modo divino sobre la humanidad y sobre el cosmos.

El prefacio de la solemnidad resume admirablemente bien los rasgos propios del Reino de Jesús: “Reino eterno y universal: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

Sacerdote jesuita.

ebarriossj@gmail.com

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de noviembre de 2017, 2:22 p. m. with the headline "Jesucristo, ¿rey o presidente del universo?."

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