El péndulo sexual
En la contra-revolución sexual que estamos viviendo en Estados Unidos ocurre lo mismo que con todo lo demás en este país pendular y obsesivo: que las cosas, las situaciones o las conductas se mueven de un extremo al contrario. Desde luego el propósito es siempre noble, corregir los errores, pero el resultado es también siempre desmesurado. Corregir los excesos con otros excesos no resuelve la raíz del problema, sólo la entierra temporalmente. Hasta que brota de nuevo.
Y la raíz del problema es aquí cultural. Porque la líbido masculina es salvaje en todas partes (sí, señores, no se quejen, que ustedes lo saben y nosotras también), pero en las sociedades puritanas como la anglosajona tiende a generar muchos más depredadores sexuales y otras formas de sexo enfermizo. El ambiente de hipocresía social exige tabués y represión que, mezclados con la ambición de poder –que es la mayor de las lujurias–, crean un caldo de cultivo idóneo para los Harvey Weinsteins o Roy Moores. Y les menciono a ellos porque, a diferencia de los pecados sexuales de otros ofensores en la reciente ola de revelaciones, las conductas de estos dos depravados son presuntamente delictivas.
No se debe poner en la misma cesta a quien ha abusado de menores o a quien ha violado, acosado, chantajeado y destruido profesionalmente a decenas de mujeres, junto a alguien que piropeó a una señora adulta o incluso intentó una vez robarla un beso sin que ella le correspondiera (como ha sucedido desde que la Humanidad es Humanidad). Pero eso es lo que está pasando, que en la avalancha de titulares sexuales la gente ya no distingue lo que es acoso, lo que es delito y lo que son diversos grados de acercamiento físico, unas veces deseado y otras indeseado.
Qué constituye acoso sexual es la gran cuestión pendiente en el actual debate nacional. Y parece que muchos hombres no lo entienden, y quizá muchas mujeres tampoco (como las evangélicas que votaron por Trump a pesar del vídeo en el que se vanagloriaba de asaltar sexualmente a jóvenes). Se debe en gran parte al machismo que ha viciado los papeles masculino y femenino con estereotipos primitivistas que asumen la prepotencia de los hombres en el terreno de la conquista. Así es que para muchos es “normal” manosear a una mujer en cualquier momento y lugar donde su líbido se lo pida. Y si encima ostentan una posición de poder sobre la víctima pues todas las barreras de control desaparecen.
Pero dicho esto, hay una zona gris entre el acoso obvio y el simple cortejo que se presta a explotación desde muchos ángulos, incluido el ideológico (porque hasta el sexo tiene signo republicano o demócrata). Y ahora que se ha abierto la caja de Pandora, ante la duda, el péndulo de esta sociedad se ha desplazado de la connivencia al otro extremo, casi inquisitorial. Ahora quien no condene y llame cerdo a cualquier acusado se arriesga a que le consideren tan apestado/a como él. Hemos pasado de la insidiosa cultura del silencio a la del destape de los acosadores y el castigo indiscriminado (“queda usted despedido señor tal, por si acaso es cierta la denuncia de acoso en su contra”). Este último escenario puede ser sin duda injusto con algunos hombres, pero por otra parte es la reacción instintiva a las injusticias que hemos sufrido al menos el 60% de las mujeres en Estados Unidos a manos de acosadores, la mayoría en centros de trabajo (la cifra la reveló esta semana Quinnipiac University).
Pero si esta sociedad puritano-machista y políticamente polarizada no equilibra la balanza entre tomar en serio las denuncias de acoso (¡por fin!) con el natural juego de seducción en las relaciones hombre mujer y, en su lugar, lo criminaliza, estará dando un paso al frente y dos atrás. Y el péndulo volverá a oscilar.
¿Estamos en el umbral de un protocolo sexual que obligue a llevar en la cartera un contrato de consentimiento, por si acaso? No lo digo como chiste. Ya hay quien como el periodista de la revista Politico Timothy Noah propone prohibir las reuniones de trabajo a puerta cerrada entre hombre y mujer, y despedir a quien incumpla la norma. ¡¿Cómo?! Esa y otras ideas exageradas son producto del péndulo que históricamente ha guiado esta sociedad puritana, yendo de un extremo a otro sin abordar las causas. Otras sociedades menos encorsetadas, como la europea (exceptuando la británica), no generan una sexualidad enfermiza. Claro que existen depredadores y acosadores, pero son mucho más infrecuentes.
Lo decía justo esta semana el presidente de Francia, Emmanuel Macron, anunciando su prioridad de rebalancear el poder entre sexos. “No quiero que caigamos en una sociedad en la que cada relación entre un hombre y una mujer se convierta en sospecha de dominio. No somos una sociedad puritana”.
Gran contraste con la falta de autoridad moral de Trump. Y ya que el “péndulo” se está llevando por delante a decenas de acusados, fulminantemente despedidos, hay que preguntarse si no ha llegado la hora de decirle “you are fired” al acusado de abuso sexual que se sienta en la Oficina Oval.
Periodista y analista internacional.
Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de noviembre de 2017, 4:46 p. m. with the headline "El péndulo sexual."