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Opinión

El fin inexorable de los Estados Nacionales

Partidarios de la independencia de Cataluña se congregan frente al Parlamento, en Barcelona, el 27 de octubre, cuando los legisladores votaron a favor de separarse de España.
Partidarios de la independencia de Cataluña se congregan frente al Parlamento, en Barcelona, el 27 de octubre, cuando los legisladores votaron a favor de separarse de España. AP

Comúnmente se cree que los Estados nacionales existieron siempre y que siempre existirán. Pero quienes conozcan un poco de historia saben que son tan recientes como hace quinientos o seiscientos años, período que para la humanidad es tan breve como un suspiro. Hace tres mil años, existían los oikos, convertidos luego en ciudades-Estados, monarquías minúsculas de pequeños asentamientos, cuyos reyes, como Odiseo en Itaca y Edipo en Tebas, palidecerían hoy de envidia ante el poder de simples alcaldes municipales de los más pequeños pueblos de nuestros días.

Grecia no existía, sino grupos étnicos como aqueos, dorios y corintios que se imponían por la fuerza unos sobre otros en una tierra sin fronteras. Luego, las conquistas de unas ciudades sobre otras generaron los imperios, como el romano, pero de ninguna manera podría hablarse de Estados Nacionales. Luego, en el Medioevo, eran pequeños principados o feudos que cobraban por el paso de mercancías fabricadas en talleres artesanales de los burgos, pequeñas aldeas construidas en los cruces de caminos. Fueron esos fabricantes y comerciantes –llamados luego “burgueses”– los que, en el ocaso de la Edad Media, lucharían contra esas trabas impositivas feudales al mismo tiempo que se producían las fusiones de pequeños reinos por alianzas dinásticas, como fueron Aragón y Castilla, cuya unión comenzó a conocerse bajo el nombre de España.

Algo muy semejante está ocurriendo hoy. Las barreras fronterizas entre casi todos los países europeos se han derrumbado. Ya no se pagan aranceles para las mercancías que cruzan de un país a otro, ni se piden pasaportes a los ciudadanos gracias al acuerdo firmado en la ciudad luxemburguesa de Schengen, por lo cual se ha creado el espacio Schengen, una enorme extensión de 26 países sin barreras internas. Siguen existiendo los gobiernos, pero han perdido muchas potestades. La globalización, para bien o para mal, parece un proceso sin retroceso. Ya no es que el capital se traslade al extranjero en busca de mano de obra barata, sino que está en diferentes lugares al mismo tiempo produciendo mercancías confeccionadas por partes en diferentes países. Por tanto, las consecuencias económicas para los que intenten marchar en sentido contrario, pueden ser fatales. Hoy, según se reporta, el Reino Unido está enfrentando, debido a su salida de la Unión Europea, una “caída brutal” de su economía. Es de esperar consecuencias semejantes para los Estados Unidos con su probable salida del TLC bajo la administración Trump.

Pero al mismo tiempo, otra corriente ha comenzado en sentido inverso a la globalización y a las integraciones regionales, una tendencia de la que ni académicos ni analistas políticos parecen percatarse, enfocados sólo en sus manifestaciones locales, como si fueran hechos fortuitos y aislados. Con el fin del comunismo se vio con naturalidad la desintegración de la Unión Soviética. Luego Yugoslavia se desintegró en seis Estados, pero muy pocos se asombraron. ¿No fueron acaso los Balcanes los que acuñaron el término “balcanización? Por entonces también Checoslovaquia se dividió en dos: la República Checa y Eslovaquia. Nada, el fin de una alianza artificial producto de la disolución del Imperio Austrohúngaro. Pero desde entonces no han dejado de producirse las secesiones: Entre otros, Eritrea, de Etiopía en 1993; Timor Oriental, de Indonesia en 2002; Abjasia y Osetia del Sur, de Georgia en 2008 y Sudán del Sur, de Sudán en 2011. Los reclamos de independencia de porciones de territorios han sido más numerosos, como los chechenios en Rusia, vascos y catalanes en España, Flandes en Bélgica, Quebec en Canadá, Padania en Italia, y Escocia en Gran Bretaña, entre otros.

Aunque parezcan dos corrientes antagónicas, una centrípeta con las integraciones regionales, y otra centrífuga con las tendencias secesionistas dentro de numerosos países, no son excluyentes como lo demostró la propuesta de plebiscito por la independencia de Escocia justamente por rechazar el Brexit adoptado por el Reino Unido y mantenerse integrados en la Unión Europea. Igualmente, los independentistas catalanes están a favor de incorporarse a esa Unión.

Lo que está en peligro no es la globalización sino, a mediano plazo, los Estados Nacionales, cuyo espacio se irá reduciendo entre separatismos e integraciones. ¿Qué quedará finalmente? Pues una integración planetaria de todas las pequeñas comunidades étnicas, el mundo, todo, convertido en una inmensa zona Schengen.

Escritor e historiador.

Concordiaencuba@outlook.com

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de noviembre de 2017, 1:17 p. m. with the headline "El fin inexorable de los Estados Nacionales."

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