En Colombia estamos a tiempo
Entre las muchas promesas rotas durante la negociación de paz del gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC, estuvo la de que estos no podrían participar en política. En varias ocasiones el presidente nos dijo a los colombianos que los miembros del Secretariado, y los acusados de crímenes de lesa humanidad, no podrían hacerlo, hasta después, si acaso, de pagar sus deudas con la justicia y reparar a las víctimas.
Criminales profesionales como Timochenko, en cualquier país desarrollado hubiesen necesitado reencarnar varias veces, para poder pagar las muchas cadenas perpetuas a las que equivalen sus crímenes, así que tal vez en otro siglo de otro milenio hubiesen podido lanzarse a una elección. Pero no en país gobernado por la palabra de Juan Manuel Santos, a quien le da igual mentir ya sea en alocuciones dirigidas a la nación o en entrevistas.
Hoy, Timochenko es candidato presidencial para la contienda que se avecina en el 2018, y su reguero de víctimas de violaciones, abusos sexuales, secuestro, tortura, desapariciones, homicidios, robos, extorsiones, no han tenido una mínima reparación, ni para qué hablar de la justicia.
Y puede que no salga elegido. Esta vez; como me dijo un amigo cubano, si algo le sobra a esa gente es paciencia. Pero que un criminal de ese calibre tenga bases legales para acceder a una elección popular, cubre a Colombia con un manto de incertidumbre, muy contrario a la luz de esperanza que se supone debía traer la firma de la paz.
Quizá la Colombia de hoy no sea ni mucho menos un paraíso, empezando por una clase política exageradamente corrupta. Pero es que lo que se cierne sobre el país es la represión. Es el arribo al poder de una pandilla de abusadores que una vez que lo ostentan lo quieren a perpetuidad, y la única forma de que se vayan es por la fuerza o muertos.
Hablo de gente sometida en las calles sin derecho si quiera a protestar, y de una policía que de repente se olvida de su labor de proteger a los ciudadanos de bien y se dedica a atacarlos. Hablo del fin de todos los derechos y todas las libertades. De la criminalización del ejército. De inocentes pagando largas condenas en prisión por haber cometido la única falta de no estar de acuerdo con el gobierno y alzar su voz. Hablo de la tortura sistemática. Del robo impune. De la quiebra incontenible del estado. Del hambre y la miseria generalizada. De la caída de la esperanza y el sueño de un futuro mejor. Hablo de la estocada mortal a las instituciones. Del adiós a la prensa libre. Del adoctrinamiento a las futuras generaciones. De la pérdida de todo por lo que algunos trabajaron una vida, que pasa a manos de unos asaltantes que lo derrochan con descaro. Hablo de la instalación del resentimiento social y el odio como base de todos los discursos. En fin, hablo del fin de muchas vidas, desperdiciadas en la nada de una utopía, de cuyo siniestro mantenimiento se encargan unos bandidos.
Lo que el presidente Santos habilitó con su paz impune, no fue una sociedad más próspera, fue la posibilidad del renacimiento de un odio más encarnizado, o del fin de la democracia, en una Colombia que mal que bien, y a pesar de todos sus males, ha logrado librarse de falacias como el socialismo del siglo XXI, o revoluciones de patraña, que sumen en el atraso a sus pueblos y opacan para siempre la existencia de sus mejores.
No nos durmamos. Aprovechemos que todavía tenemos las urnas, para librarnos de esa plaga.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de diciembre de 2017, 3:36 p. m. with the headline "En Colombia estamos a tiempo."