Una cerilla encendida a un océano de gasolina
Durante las pasadas primarias presidenciales, el millonario Donald Trump pronunciaba unos discursos en los que afirmaba que iba a ser el presidente más independiente de la historia, pues financiaría su campaña con su dinero. El miércoles 6 de diciembre el ahora presidente, cumpliendo una promesa de campaña, declaró que Estados Unidos considera a Jerusalén como la capital de Israel. No hubo poder humano que lo persuadiera. Ni su secretario de Estado, Rex Tillerson, ni su secretario de Defensa, el general Jim Mattis, ni los presidentes de los países aliados.
Pero parece que no fue precisamente por su independencia. En su edición digital del jueves 7 de diciembre, el New York Times reporta que Sheldon Adelson, multimillonario dueño de casinos que cena con Donald Trump en la Casa Blanca y que donó más de 20 millones de dólares a un comité de acción política que apoyó su campaña, fue uno de los que lo presionó para que cumpliera su promesa, así como otros líderes de grupos evangélicos cristianos y organizaciones sionistas que también lo apoyaron en la campaña.
El resultado: un Medio Oriente incendiado de nuevo. Haciendo de pirómano, nuestro presidente lanzó una cerilla encendida a un océano de gasolina. Ya parece una costumbre. Llega un presidente republicano, se desata un conflicto o una guerra en el Medio Oriente, y el precio del barril de petróleo, y por ende el del galón de gasolina, nos hace una brecha en el bolsillo a todos los residentes y ciudadanos de Estados Unidos, mientras se los repleta a los príncipes árabes, a los magnates rusos que reportan a Putin, a Putin, y de repechaje al régimen venezolano. Bueno, y claro, a las multinacionales petroleras, muchas de las cuales tienen su sede en Texas, el estado republicano por excelencia. Ni que decir de los posibles ataques terroristas, ni del peligro que corre el personal en las sedes diplomáticas y en las bases militares del mundo.
Pero casos así, en los que la decisión de un político perjudica al pueblo que lo eligió mientras beneficia o complace a los que financiaron su campaña, no son culpa de este presidente, ni de un partido político exclusivo, sino de un sistema en el que prácticamente nadie puede ser elegido, sin la ‘bondad’ de los magnates y las corporaciones que financian sus campañas. La decisión de la Corte Suprema de Justicia en el caso Citizens United, no hizo más que empeorarlo.
Luego esos mismos políticos y sus asesores se encargan de crear un relato en el que simulan que por el bien común toman decisiones tan absurdas como por ejemplo permitir la venta de rifles de asalto a desequilibrados mentales, ¡en nombre de la sagrada Constitución del país!, o desbloquear todas las medidas que protegen el medio ambiente en un planeta que paulatinamente se destruye por causa del cambio climático, en nombre de la generación de empleo. O, en este caso, tomar la medida más incendiaria en el Medio Oriente de los últimos cincuenta años, ¡en nombre de la paz en la región!
Desde siempre los políticos han tomado decisiones de acuerdo con lo que conviene a su popularidad, y para persuadir valga leer Julio César, de Shakespeare, y ese impresionante discurso de Marco Antonio, en el que consigue que un pueblo que acusaba de dictador a César, se vaya en contra de sus asesinos.
Eran decisiones que iban recargadas de ansias de poder. Pero ahora se le ha agregado el sonido del cash entrando y saliendo de las cajas registradoras, como si se tratara de las tragamonedas de un casino.
Y mientras, la democracia se hunde en un abismo.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de diciembre de 2017, 2:33 p. m. with the headline "Una cerilla encendida a un océano de gasolina."