Esplendor de domingo
Los domingos se reúne una parte joven de mi familia para almorzar. Es nuestro diálogo semanal distendido, con los llamados milenios, mi hijo de 21 años y su novia, pues el resto de los días pertenecen al estudio y el trabajo.
Los temas se barajan espontáneamente sobre la mesa en lo que Alejandro Junior atiende el fútbol en televisión, lo cual no le impide participar activamente de la conversación, pues ya sabemos lo “multitasking” que son estas nuevas generaciones tecnológicas.
El domingo pasado se le ocurre a mi esposa enseñarles parte del absurdo que nunca debieron sufrir, trae el iPad al almuerzo y muestra un coro de pioneritos cubanos, recitando enfurecidos Canto a Fidel, de la legendaria poeta matancera Carilda Oliver Labra, a propósito del primer aniversario de la muerte del dictador.
Los noveles cubanoamericanos, perfectamente versados en inglés y español, piensan que se trata de una broma, aquellos infantes de pañoletas rojas, obligados cada mañana a ser como el Che (Guevara) desgañitándose por turno, con los peores ripios literarios, como aquel de supino ridículo que retrata una suerte de pedófilo en jefe: “Ese Fidel insurrecto, respetado por las piñas, novio de todas las niñas, que tienen el sueño recto” o el otro, que es un clásico del disparate: “Gracias por tu dignidad, gracias por tu rifle fiel, por tu pluma y tu papel, por tu ingle de varón”.
“Miren de lo que se salvaron” acota rotunda mi esposa y ellos, ni se inmutan, es un universo raro y distante que no les pertenece y nos vuelven a contar anécdotas de su perro Samy y el gato Oreol, y de cómo avanzan las carreras en la Universidad Internacional de la Florida (FIU). Ninguna otra intromisión en la felicidad de ser jóvenes, estar profundamente enamorados, y ostentar un sueño de futuro que quieren compartir.
El domingo, en su esplendor, también nos regala la posibilidad de ver una o dos películas después que los jóvenes se retiran a sus propios planes.
La selección no puede ser mejor, se encuentra en la vasta filmoteca de Netflix y cuenta una historia georgiana en un país que perteneciera al imperio soviético. El New York Times dice que no haga su lista de mejores películas del año, sin considerar My Happy Family (Mi familia feliz), triunfadora en los importantes festivales de Sundance y Berlin, dirigida por Nana Ekvtimishvili y Simon Gross, quienes son un matrimonio.
En marzo, la serie anual del Museo de Arte Moderno, Nuevos directores/Nuevos filmes, la había incluido como toda una revelación. El argumento, anticlimático en su dramaturgia, ocurre en Tiflis, la capital de Georgia, cuando una atribulada ama de casa y profesora de literatura, decide abandonar su bullanguera y claustrofóbica familia para un apartamento que ha alquilado en las cercanías.
Nada de llantos ni rompimientos traumáticos para nadie, sencillamente se harta en el comienzo del otoño de su vida y deja al esposo con sus dos hijos, jóvenes veinteañeros, y sus propios padres, ya ancianos. Quiere dejar de servir y hacer lo que le venga en gana.
La única señal de que aquella familia estuvo sujeta a la represión totalitaria llega en un exabrupto del abuelo cuando es herido accidentalmente en la cabeza y expresa “si sobreviví a los comunistas y a la KGB como no me voy a sobreponer a esto”.
Se nota el deterioro de lo que fuera una ciudad soviética, pero ahora la historia contemporánea es sobre hechos existenciales de una mujer que se quiere hacer valer, con esfuerzos, en la modernidad, sin la intromisión adicional y machacona de una ideología envilecida.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de diciembre de 2017, 6:44 a. m. with the headline "Esplendor de domingo."