Nacionalismos: El bueno, el malo y el feo
Desde su fundación, la Unión Europea se propuso afeitar el malévolo efecto de la acción de los propios socios del nuevo invento. Pero debía contar con su explícita colaboración, como que el enfermo terminal ayudara a su muerte. El estado-nación era el malo de la película.
De ahí que el remedio menos drástico fuera la combinación de la supervivencia del estado junto al nacimiento y desarrollo de una vaga identidad supranacional, que se llamó un OPI (Objeto Político no Identificado). Esta estrategia funcionó aceptablemente. Pero entre las reticencias del Reino Unido y la manía de De Gaulle con su “Europa de las Patrias”, la criatura fue creciendo más a golpe por el aumento del número de sus miembros y la amenaza de la Unión Soviética, que por su propia fortaleza.
Pero se convirtió en el peor experimento de integración regional del mundo, si se descartan todos los demás (reescribiendo la ocurrencia de Churchill sobre la democracia liberal). El balance de la aportación de la UE a la democratización del continente, a su aportación como modelo de cooperación entre los estados, es notable.
Pero Monnet y Schuman, y también Thatcher y De Gaulle, no parecían contar con una variante de la nación que se había fusionado con el estado. Reaparecieron o se inventaron unas naciones olvidadas. Comenzaron a exigir un lugar en el sol en compañía de los sólidos estados-miembros de la UE. La calidad de “nación” de los estados ortodoxos coincidía con la de los nacionalismos, tanto de los de base étnica (en la senda del Volk alemán) como los forjados por la voluntariedad del plebiscito diario de Renan. Todos eran imaginados, según la pionera definición de Benedict Anderson en su pionero libro Imagined Communities.
La alfombra europea, coincidiendo con la desintegración de la Unión Soviética, fue testificando el despertar de bellas durmientes que esperaban el beso milagroso del príncipe nacionalista. Los estados-nación tradicionales no estaban preparados para este milagro.
Con la desintegración de Yugoslavia, las alarmas se encendieron. Las naciones reconvertidas en provincias federales reclamaron su lugar. Pero las “naciones” adormecidas salieron de su hibernación. ¿Y de lo mío, qué?, reclamaron los olvidados.
La crisis económica acrecentó las reclamaciones de los pretendientes a ser estados-nación más allá de fórmulas de semi-federalismo. El impacto de la inmigración exterior y los movimientos interiores, favorecidos por procedimientos como Schengen, incidió en sociedades que habían funcionado en su “multiculturalidad” interior.
Pero los nuevos nacionalismos intra-estatales identificaron como opresivos no solamente a los socios comunitarios de la UE, sino también a la propia entidad continental. Como ha demostrado dramáticamente el reclamo del ex presidente catalán Carles Puigdemont, de ser meta ansiada de pertenencia internacional, la UE se ha convertido en el nuevo enemigo de la senda hacia la independencia. La causa ha sido la contundencia con que el establishment de Bruselas ha tratado los requerimientos del independentismo. El trío de Ennio Morriconi se ha completado: al bueno (Catalunya independiente) y al malo (el estado español) se ha unido el “feo” (la UE).
De ahí que Bruselas se enfrente ahora a un dilema: insistir en la ley comunitaria a rajatabla o analizar el nuevo fenómeno. Mientras “Europa” siga siendo una realidad estrictamente histórica y geográfica, con fronteras exteriores precisas (pero nunca confesadas), y la Unión Europea persista en ser una organización de estados, el problema de los gobiernos seguirá siendo doble: funcionar como ente colectivo y como “nacional”. Pero deberán resolver sus propios problemas “nacionales”.
La “nación” basada en el argumento de la decisión renaniana es la más fácil de crear (no se necesita una base étnica, racial, religiosa). Pero es la más cara. Tiene que rendir cuentas, ventajas, beneficios. La lealtad gratuita, simplemente como resultado de un generoso filantropismo al revés, lleva al fracaso.
La manipulada ocurrencia genial de Kennedy en su discurso de toma de posesión sigue vigente y es garantía de la supervivencia política de todo estado-nación. “No preguntéis a América qué puede hacer por vosotros, sino qué vosotros podéis hacer por América” es un credo que parece ahora agrietado por los que votaron por Trump. ¿Y, de lo mío, qué?, parecen reclamar los nuevos nacionalismos europeos. En juego no está solamente la esencia del estado nación, sino de la misma Unión Europea, y de Europa.
Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
jroy@miami.edu
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de diciembre de 2017, 1:54 p. m. with the headline "Nacionalismos: El bueno, el malo y el feo."