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Opinión

ROSA TOWNSEND: La abuela Hillary y el nieto Marco


Hillary Clinton
Hillary Clinton Getty Images

Decía la gran poetisa Maya Angelou que “la gente se olvida de lo que alguien dice o hace, pero nunca, nunca se olvida de cómo le hace  sentir”. Aunque ella aludía a la memoria de la vida cotidiana, el adagio es igualmente válido en la arena política. La gente vota al final por quien mejor le hace sentir. Quién le inspira más confianza, calidez humana y se identifica con sus problemas. Y en cambio se olvida de las promesas, discursos y demás palabrería electoral.  

Para conquistar la Casa Blanca hay que pasar el “test del café”: ¿Con quién se sentiría usted más cómodo para tomar un café y charlar, con Hillary Clinton o Marco Rubio? ¿Y qué tal con Jeb Bush? 

Llámese instinto, olfato o corazonada, lo cierto es que aunque no es una regla de la ortodoxia política en la práctica sí es muy real. Y si no que le pregunten a Mitt Romney o a John Kerry (por poner dos ejemplos recientes de candidatos “desconectados” con el ciudadano promedio). Sólo los militantes acérrimos de uno u otro partido votan por el nominado, así sea el mayor pesado del mundo (¿se acuerdan del gris y tristón Michael Dukakis?). No son sin embargo los votos partidistas los que definen las elecciones sino los independientes, que según Gallup ya somos el 42% a nivel nacional.

En la recién inaugurada contienda presidencial hay al menos un candidato muy consciente de la importancia del “test del café”: Marco Rubio. Miren lo que explicó en febrero a sus estudiantes en FIU: “La personalidad de los candidatos es ¡tan importante!... Es una cualidad difícil de cuantificar, cuando alguien te mira y dice voy a votarle porque hay algo en él que me gusta”. 

En el arte de la seducción política juegan muchos trucos. Todos se pueden comprar menos la personalidad y autenticidad del candidato/a. Lo decisivo en el supermercado electoral no son las ideas o planes de gobierno a la venta, sino quién las vende. Y cuán bien sabe agitar las emociones de los votantes. Porque de eso se trata, de ofrecer recetas políticas que apelen a la emoción más que a la razón. Lo hizo Obama con el lema “hope and change”. Y lo hace ahora el senador Rubio enarbolando el estandarte del cambio generacional: Marco “Ponce de León” y su fuente de la juventud.

Cuatro veces repitió la palabra “ayer” para referirse a Hillary durante el anuncio de su postulación en la Torre de la Libertad. Muy finamente la tildó como la “abuela” de la política americana. Una táctica de cara tanto a las primarias republicanas (porque de paso llamó abuelo a Jeb, a quien le debe gran parte de su carrera política), como a las elecciones generales, para en caso de salir nominado a la presidencia, sembrar dudas sobre la capacidad de su rival.

Cierto es que Hillary tendría 69 años si asumiera la presidencia en enero de 2017, pero también los tenía Ronald Reagan. El problema de la señora Clinton no es de edad sino de personalidad. Hillary es muy inteligente, preparada y experimentada pero le falta cercanía y autenticidad. Lleva 25 años subida al escenario político y sin embargo permanence como una incógnita. No sabemos cuál es la esencia de su candidatura, salvo ser mujer. Incluso su gran amigo y  senador demócrata, Chuck Schumer, la ha definido como “la persona más opaca que uno pueda encontrarse en la vida”. ¡¡Uff!!

Sus asesores de campaña han tratado de compensar su falta de “human touch” creando el lema de que no se postula por ella sino por nosotros: “It’s not about me, it’s about you”. Que incluye promesas recicladas (típicas de todos los políticos) de ayudar a la clase media o impulsar la equidad salarial. ¿Y cuál es el tema que engloba su visión de futuro? ¿Quizá su “femenine touch”, apelando a las emociones de las damas?  

Ser mujer no es un programa político. Ni tampoco ser el primer candidato presidencial hispano. Y la edad es un arma de doble filo. Muchos opinan que para joven e inexperto ya tenemos a uno en la Casa Blanca, que también es muy inteligente, elocuente y encantador, al igual que el senador Rubio (de 43 años).

Mi punto es que la edad, el género o la etnicidad no deben calificar o descalificar a alguien. En política, y sobre todo cuando se trata de elegir al líder más poderoso/a del mundo, hay que abordar la decisión sin dejarse llevar por emociones vanas ni camisas de fuerza ideológicas. Debe ser reflexionando con la almohada sobre quién de verdad podría encauzar al país y promover la paz y prosperidad mundial.

Además, el desfile de aspirantes sólo acaba de empezar. Y en política las predicciones pueden ser un negocio bastante ruinoso (al comenzar 2008 a Hillary se la daba como ganadora segura, ¿recuerdan?). No obstante hay ciertos casos más evidentes, como los republicanos Ted Cruz y Rand Paul, que tienen difícil llegar a la meta por dos razones: están en la periferia ideológica más extremista y carecen de personalidad magnética. Ah! Y no son de Florida, que según todos los gurus volverá a ser el estado crucial en 2016.  

Si se trata de vaticinios realistas (no emocionales), la conjunción político-astral favorece ante todo a Jeb Bush. Posee el resumé político perfecto, el respaldo económico, la experiencia, la madurez (62 años) y la sonrisa. Y puede dirigirse en español a más de 40 millones de hispanos. ¿Suficiente para convertirse en el 45 presidente de Estados Unidos? Todo depende de cómo nos haga sentir.

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de abril de 2015, 1:00 p. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: La abuela Hillary y el nieto Marco."

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