Una rebelión navideña que reclama el espíritu original
En 1968, 25,000 personas celebraron en Estocolmo, Suecia, una “Navidad alternativa” en protesta a la Navidad comercial. En ese grupo había familias que no tenían un techo donde cobijarse y, ese acto de rebeldía, repercutió en otras instancias posibilitando que esa gente totalmente desamparada pudiese contar con una vivienda.
Ese año, los suecos gastaron 1,500 millones de coronas en regalos de Navidad y aunque no acostumbran a cenar a medianoche como en Latinoamérica, tienen sus tradiciones y el 24, tras ver los dibujos animados Kalle Anka a las 4 p.m. aparece el “Jultomten” o Santa Claus, quien reparte los presentes que trae en su bolsa junto al navideño árbol natural. Actualmente invierten más de 60,000 millones de coronas en esa fecha.
La Navidad sueca tiene una connotación eclesiástica. Dado que la mayoría son del credo protestante, esta fiesta une a las familias que el 1 de diciembre ven en la televisión Julkalendern, las cortas historias de magia y misterio navideño; luego el 13 celebran a Santa Lucía, vistiendo a sus niños con largas batas blancas y encienden sus velas de adviento. Padres e hijos se reúnen para elaborar las galletitas de Navidad o pepparkakor, ingieren las bebidas llamadas julmust o glögg caliente, comen pescado sill con salsas diversas y sirven risgrynsgröt, parecido al arroz con leche. Aman sus tradiciones pero también han sido atrapados por el consumismo que devora al mundo entero en estas fechas.
Aunque son sucesos de hace medio siglo, forman parte de la historia. Remontándonos a 1968, encontramos que esa revuelta remeció las conciencias de sus habitantes, según afirma la escritora María Demker, pues tuvo logros inesperados llegando a ser considerada como una rebelión contra las autoridades que cambió de alguna manera la historia de este país.
Actualmente, la Navidad es un interminable intercambio de regalos que lamentablemente pone en aprietos a las familias humildes, pues el exhibicionismo de quienes más poseen es de tal magnitud que se vuelve un acto cruel al desnudar la realidad de la desigualdad económica de aquellos quienes no pueden acceder ni siquiera a la mínima manutención.
Hacer un regalo siempre es significativo, pero qué pasaría si se dieran obsequios que permitiesen mejorar la calidad de vida de quienes menos tienen. Quizás muchos gobernantes podrían dictar leyes para impulsar el desarrollo de sus países, atendiendo la salud y educación de sus habitantes. Siempre que no sean dádivas para comprar votos, sino medidas que consoliden el futuro de los jóvenes.
Aquellos mandatarios que utilizan un lenguaje violento podrían bajar el tono y meditar en las consecuencias de sus acciones y no actuar de manera tan egoísta como si el país fuese su empresa. Una decisión presidencial acertada puede ser un legado para las nuevas generaciones. Una idea coherente puede propiciar la paz mundial. Es necesario desterrar el odio y la lucha permanente para que prevalezcan los intereses personales.
Si cada empresario fuese justo en el pago de salarios e impuestos, con esa conducta estaría haciendo un regalo a la humanidad. Si las autoridades gobernaran de manera transparente y honesta priorizando los proyectos que beneficien a su población sería posible disminuir la desigualdad.
Si en países menos industrializados se eliminaran trabas burocráticas para adquirir, por ejemplo, fármacos antirretrovirales para el tratamiento de personas con VIH/Sida; si se mejorara el sistema educativo y las condiciones en que estudian los niños de comunidades alejadas; si hubiese atención sanitaria universal podría evitarse la pérdida de miles de vidas.
Muchos niños en el orbe tienen graves necesidades materiales, pero esta Navidad en Suecia hubo miles de adolescentes afganos, africanos, etcétera, que tenían el dinero suficiente para adquirir regalos pero no podían abrazar a sus padres porque son inmigrantes y viven alejados de sus familias. Los he visto llorar de nostalgia. Cuando pienso en ellos, sueño con un mundo donde se brinde trabajo y oportunidades según los talentos de las personas, sueño con que nadie sea excluido por su etnia, raza o sexo.
¡Que 2018 sea un año positivo para todos, donde prevalezca el respeto de los derechos humanos!
Periodista peruana.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de diciembre de 2017, 5:29 p. m. with the headline "Una rebelión navideña que reclama el espíritu original."