Confesiones de un virgen al frenesí comercial en el Sawgrass Mall
Esta última semana del año convencí a Laura para que me acercara a Sawgrass Mall, a muchísimas millas de distancia de mi casa en South Beach. Sawgrass es una meca para las ofertas y las prendas de vestir de marcas muy exclusivas a precios súper rebajados. A mis amigos europeos, sobretodo los españoles, les chifla, como dicen ellos y no solo se vuelven locos, sino que terminan adictos y cuesta sacarlos. A mí está empezando a pasarme lo mismo y me arriesgué junto a Laura a batirme contra las aspas de sus molinos un 26 de diciembre, el tradicional día en Estados Unidos para devolver los regalos.
Fue una locura e igual que el Quijote, llegué a pensar que el lugar era mi enemigo y que mi mejor estrategia de defensa era mantener la calma y aceptar que el complejo de consumismo masivo hiciera conmigo lo que quisiera. Lo primero que observé fue a los maridos exhaustos agitándose sobre sillas masajeadoras a las que ellos mismos recargaban de monedas. El masaje los agitaba como si fueran criaturas sin fuelle. Y después de eso me vi dentro de una larguísima fila para entrar en la tienda de Gucci, una de las marcas más rentables de 2017 y que más visten celebridades desde Cristiano Ronaldo, hasta Bad Bunny, el nuevo héroe del reggaeton.
Allí, haciendo fila como un groupie más, pensé en que estos ejercicios de integración a los que me autosometo en el Sur de Florida algún día darán su recompensa. Estuve allí un buen rato, con unos niñitos hartos de que su mamá también los sometiera a este trance que empezaron a gritar y jalarla por la blusa sin que nadie se atreviera a hacer nada no fuera que nos acusaran de acoso o abuso o las dos a la vez. Mientras más berreaban los niños, más decidida estaba la madre a defender su sitio en la fila para comprase ese producto que la defina como fashionista. Cuando al fin alcanzamos la puerta, el vigilante me preguntó si estaba con los que chillaban y lo negué firmemente. Cerró la puerta en mis narices.
Fue horrible pero seguí pensando en mi deseo de integrarme a la sociedad estadounidense aun si estuviera intentando comprarme una prenda rebajada de una marca europea. Al fin conseguí adentrarme en la tienda y fui hasta mi ansiado traje. Era aparentemente de mi talla, a menos eso indicaba la etiqueta pero me quedaba absurdamente grande. Hice una rápida investigación con mis amigos vendedores de ropa y otros que también compran en outlets, y todos me dijeron que las tallas son muy engañosas en ese tipo de tiendas. “Piensa que son trajes que vienen de tiendas de cualquier parte del mundo. Y a lo mejor en alguna de ellas hay trajes con la chaqueta de una talla y el pantalón de otra, porque son ese tipo de descartes que luego se venden en Sawgrass”. ¡Me quede de piedra! Pero no me amedrenté e hice la interminable fila para pagar donde metieron mi nueva adquisición en una bolsa negra sin logo alguno. “Les da vergüenza que compremos en el outlet antes que en la tienda?”, pregunté. “Estamos a tope y necesitamos brevedad”, me respondieron.
Al día siguiente, fui a mi sastre en Bal Harbour que en realidad no es mío sino que me lo sugirió un amigo. Lo regenta desde hace años el señor Mario Vita, un italiano de alegría contagiosa, junto a su esposa. Mario te mide rodeado de fotos de sus clientes famosos, desde Elvis Presley, Julio Iglesias y David Hasselhoff. El señor Vita acaricia la tela como si fuera una persona y sin ver la talla, exclama: “¡Gucci! Fui el sastre de la tienda toda mi vida, cuando era una marca seria”, sentencia entre dientes y comprendo a lo que se refiere. Me mide con una precisión casi de robot. Y me disuade de mis cambios e impone los suyos. El resultado es increíble y me devuelve una sonrisa. “Usted ha comprado en Sawgrass y seguro que se sintió genial al comprar a un precio muy rebajado un traje muy caro. ¡Pero no le quedaba bien hasta que aparecí yo! Y se lo he dejado impecable. No se asuste cuando vea mi precio”.
Pero, como había advertido, me asusté. Y apreté tanto mis dientes que me dañé un implante y tuve que correr al dentista, muy vecino de mi sastre. Cuando junté lo que me habían costado los arreglos, tanto del sastre como del dentista, la rebaja de Sawgrass había sido superada con creces.
Uno aprende tanto en estos ejercicios de “integración”. Antes de jurar no volver nunca más al outlet, regresé. Y, además, acompañado del nuevo higienista de mi dentista.
Escritor y presentador venezolano.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de diciembre de 2017, 0:39 p. m. with the headline "Confesiones de un virgen al frenesí comercial en el Sawgrass Mall."