Debemos ser un país hospitalario y amigo para los inmigrantes
La migración un acto de gran esperanza. Los refugiados huyen de sus países debido a la guerra y la persecución que los inspira a arriesgarlo todo por un futuro de esperanza. Sin embargo, nuestros hermanos y hermanas obligados a emigrar a menudo sufren una separación familiar devastadora y muchos, especialmente quienes están en una situación migratoria irregular, a menudo enfrentan condiciones socioeconómicas difíciles y temores a la deportación. Somos testigos del drama de la migración todos los días. Es un drama en el que cada uno de nosotros ha participado de una forma u otra, porque la inmigración es una realidad vivida por todos en el Sur de Florida. Incluso los que hemos nacido en este país, podemos encontrar historias en nuestras propias familias de padres, abuelos o bisabuelos que abandonan el “viejo país” alentados por la promesa de América.
Los estadounidenses tienen una gran herencia nacional de acogida al recién llegado. El miedo y la intolerancia en ocasiones han puesto a prueba dicha herencia, y la están poniendo a prueba ahora en el Congreso, donde se ha propuesto una legislación restrictiva. Ya sea que emigraron de Irlanda, Italia o un sinnúmero de países, las generaciones anteriores se enfrentaron al fanatismo. Gracias a Dios, nuestra nación creció más allá de esas divisiones para encontrar la fuerza en la unidad y la inclusión. En su mayor parte, hemos guardado las palabras de las Escrituras: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Heb. 13: 2).
Pero hoy nuestro sistema de inmigración está roto, y esto es evidente en la gran cantidad de inmigrantes irregulares que viven, trabajan y crían familias aquí sin un camino hacia el estatus legal y la ciudadanía eventual. Esta es una situación intolerable porque aquellos a quienes algunos llaman “ilegales” son ellos mismos víctimas de este sistema fallido: la falta de estatus legal los hace vulnerables a la explotación y el abuso. Y aunque la inmigración ilegal debe ser rectificada, debemos cuidarnos de no demonizar a aquellos atraídos por este país con la esperanza de una vida mejor para ellos y sus hijos. Las murallas por sí solas no proporcionarán ninguna solución, al menos, no una solución digna de América.
En enero, el Congreso abordará la difícil situación de los beneficiarios del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) establecido en 2012 por el presidente Obama para los inmigrantes indocumentados que ingresaron a Estados Unidos siendo menores de edad.
DACA era un patrón de espera, una orden ejecutiva dictada por el presidente cuando el Senado no aprobó el Dream Act. Permitía que algunos de estos jóvenes recibieran un período renovable de dos años de acción diferida de deportación y elegibilidad para el estudio y el empleo.
Muchos de estos menores y sus familias están, comprensiblemente, angustiados de que DACA haya sido anulada por la nueva administración. Sin embargo, el presidente Trump ha prometido una solución que hará sentirse a las personas “felices y orgullosas”. Esperemos que lo haga, ya que estos dreamers son estadounidenses en sus gustos, su idioma y aspiraciones. Simplemente no tienen un estatus legal permanente en Estados Unidos. Conceder estatus legal permanente a los “soñadores” es lo correcto, y ciertamente les permitiría soñar como estadounidenses. (Y los haitianos y centroamericanos necesitan desesperadamente otra solución, pues su TPS —estatus de protección temporal— expirará pronto).
Una solución para los menores de DACA no arreglará nuestro sistema de inmigración. Pero una solución bipartidista a DACA es un buen comienzo para una reforma más amplia e integral. Revitalizar los barrios pobres de Estados Unidos con gastos en la infraestructura y recuperar la capacidad industrial de la nación, son promesas audaces de la administración Trump. La reforma tributaria, la reducción del laberinto de regulaciones que matan las empresas, la corrección de los crecientes costos de la atención médica, quizás sean promesas que la administración debe cumplir. Pero hoy los únicos países que están creciendo económicamente son los que también tienen un fuerte aumento en inmigración. Por lo tanto, cualquier “muralla” construida para mantener alejados a los “ilegales” debe tener suficientes puertas para permitir el ingreso de una fuerza de trabajo legal para asegurar el crecimiento económico sostenible.
Estados Unidos siempre ha sido una nación de inmigrantes. Y la experiencia de la inmigración continúa definiendo la vida de la Iglesia Católica en Estados Unidos y el Sur de Florida. Por esta razón, la Iglesia en todo el país observa la Semana Nacional de la Migración del 7 al 13 de enero. Esta observancia comienza con la Fiesta de la Epifanía, que nos recuerda que Dios llama a todos los pueblos a la salvación. En la Iglesia, las personas de todas las razas, idiomas y etnias son abrazadas como hermanos y hermanas.
Al igual que los Reyes Magos que llegaron a Belén con regalos, el inmigrante trae muchos regalos a su nuevo país. Nuestro lema nacional E pluribus unum (Uno de muchos) reconoce esta rica diversidad de pueblos. Tal diversidad no nos divide; el pecado sí. La diversidad nos enriquece a todos y seguirá enriqueciéndonos.
Arzobispo de la Arquidiócesis de Miami
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de diciembre de 2017, 3:06 p. m. with the headline "Debemos ser un país hospitalario y amigo para los inmigrantes."