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Opinión

2018: un año radioactivo

El presidente Donald Trump se dirige a la prensa después de firmar la Ley de Autorización de Defensa Nacional en la Casa Blanca, el pasado 12 de diciembre.
El presidente Donald Trump se dirige a la prensa después de firmar la Ley de Autorización de Defensa Nacional en la Casa Blanca, el pasado 12 de diciembre. AP

En 2017 vivimos peligrosamente. Como nunca antes divididos por la política doméstica, aislándonos del mundo, acercándonos a una guerra nuclear; y asistiendo, perplejos, al derrumbe de los dos pilares de la cultura americana: la verdad y el respeto. Todo por obra y desgracia de un solo hombre, Donald Trump.

Irrumpió en escena para crear caos y, sobre todo, para crear un culto a su persona. Poco le importan las políticas o las alianzas, Trump no tiene interés en gobernar, sólo en ganar. Win, win, win. Ganar a costa de lo que sea y de quien sea. Porque la lealtad nunca estuvo en su diccionario. Ni mucho menos la conciliación. Sólo un repertorio de insultos, y tan extenso como el de mentiras que ya ascienden a 1,952 desde que asumió la Oficina Oval. Dos drogas letales con las que ha conseguido hacer un país de adictos al escándalo.

Y mientras la sociedad vive anestesiada por la dosis diaria de controversias, es bajo la superficie donde de verdad están ocurriendo los cambios. El principal, el debilitamiento de las instituciones de la Democracia, empezando por la independencia del poder judicial y del Departamento de Justicia. Siguiendo por el servilismo del poder legislativo al dictado del presidente. Por la difamación del FBI y otras agencias. O por el intento de silenciar a los medios de comunicación, declarándolos “enemigos del pueblo”. ¿Si la prensa no destapa abusos y corrupción, quién lo hace? Nadie. Eso es lo que busca Trump.

La semana pasada, en uno de sus exabruptos tiránicos, sentenció: “Puedo hacer lo que me dé la gana con el Departamento de Justicia”. Y este martes demostró su intención de llevarlo a cabo, tuiteando que el Departamento debe encarcelar a los “enemigos” que ésa mañana despertaron su ira, la ex ayudante de Hillary Clinton, Huma Abedin, y el exdirector del FBI, James Comey, actual testigo en la investigación sobre Rusia.

En el mejor de los casos, dicho tuit revela una paranoia aguda y una ignorancia crasa sobre el límite de sus poderes presidenciales. En el peor, pretende saciar su hambre de venganza usando como arma al gobierno federal. Cualquiera de ellos indica que su estado mental no sólo es anormal sino amenazante para la estabilidad democrática. Y mayor riesgo aún corre el país y el mundo cuando sus tuits pueden provocar una guerra nuclear –que parece ser su gran obsesión–, como el que lanzó hace apenas unas horas para burlarse del coreano Kin Jong-Um. (Ver más adelante).

Además de traficar con teorías conspirativas y vendettas nucleares, el presidente de Estados Unidos intenta congraciarse con su base conservadora extremista nombrando a jueces federales afines ideológicamente, cuyo impacto repercutirá por décadas. ¡Y va a llenar 100 puestos! El 91% de los hasta ahora escogidos son blancos y el 81% hombres, cifras que reflejan su habitual desprecio por minorías y mujeres.

Y aunque los controles y equilibrios del Estado de Derecho todavía funcionan, el Congreso republicano ha adoptado el ignominioso papel de lacayo de Trump. Daban vergüenza ajena las palabras de “sumisión y aplauso al líder” de congresistas y senadores republicanos durante el anuncio de la reforma fiscal. En vez de resaltar la ley, que sin duda ha sido un gran éxito político para Trump y el GOP, el acto se convirtió en un momento bochornoso, propio de regímenes dictatoriales.

Y fieles a ese guión, los republicanos están tratando de cerrar las investigaciones sobre Rusia en el Congreso. Como si pudieran tapar el sol con un dedo. Y el sol crece de tamaño cada día en manos del fiscal especial Robert Mueller, a juzgar por los 4 encausamientos y 2 declaraciones de culpabilidad del entorno de Trump, y por las revelaciones de la prensa seria y libre (no la sumisa tipo Granma).

Nació la presidencia de Trump con la marca de Moscú y ha vivido su primer año bajo ese mismo telón de fondo. La premisa es tan simple que un niño de cinco años la puede entender: si Trump no tiene nada que ocultar acerca de sus relaciones con Rusia, ¿por qué no promueve él mismo la investigación sobre la interferencia del Kremlin en las elecciones, sobre el intento de secuestro de nuestra Democracia?

También un niño puede entender que actuar al contrario –despidiendo a quien investigaba (Comey), lanzando una campaña de descrédito contra el actual investigador (Mueller) y pidiendo a sus congresistas lacayos que cierren las pesquisas– parece una conducta auto-inculpatoria de alguien que metió la mano en la caja de las galletas.

En los últimos 348 días Trump ha ido dejando rastro de sus miedos e inseguridades en forma de tuits. Y cuanto más se cierra el cerco de Rusia más aumentan los tuits intimidatorios y la retórica divisiva para partir en dos al país. Quizá el último a Kin Jong-Um pretenda desviar la atención de que alguien de su campaña estaba colaborando con el FBI, según se ha revelado. O quizá simplemente es que sigue obsesionado por el “tamaño” y el suyo siempre debe ser superior: “Mi botón nuclear es más grande que el tuyo y más fuerte. Y funciona”, decía el tuit, tan infantil como aterrador.

Así comenzamos el año, con el mundo en llamas y un pirómano nuclear en la Casa Blanca. En 2017 vivimos peligrosamente, 2018 puede ser radioactivo.

Periodista y analista internacional.

Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa

Esta historia fue publicada originalmente el 3 de enero de 2018, 4:18 p. m. with the headline "2018: un año radioactivo."

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