¿Conviene tener un presidente loco?
Richard Nixon sabía hacerse el loco cuando quería. En plena guerra de Vietnam elaboró una estrategia para confundir y disuadir a los enemigos y la llamó “teoría del hombre loco” (madman theory). La idea era convencer a los líderes de países comunistas de que él se volvía errático y volátil cuando estaba bajo presión y podía actuar irracionalmente, hasta el punto de lanzar una bomba nuclear.
“Quiero que los norvietnamitas crean que he llegado al punto de que puedo hacer cualquier cosa para terminar la guerra. Les haremos llegar el rumor de que ‘Nixon está obsesionado con el comunismo y no podemos frenarlo cuando se enfada y tiene el botón nuclear en su mano’, y seguro que en cosa de dos días Ho Chi Minh irá en persona a París a mendigar la paz”. Así explicaba Nixon a sus asesores el plan de la locura impostada, que luego el astuto Henry Kissinger se encargó de difundir.
Pero Nixon no estaba demente. Se había creado esa imagen de belicista impredecible como herramienta de negociación. Y demostró estar muy cuerdo en la política exterior, entendiendo por ejemplo que había que incorporar a China a la vida diplomática y económica internacional.
En 2018 tenemos un presidente que actúa erráticamente, es belicista, provocador e impulsivo, pero a diferencia de Nixon, Trump no es un estratega ni tiene experiencia política o preparación intelectual. Tampoco hay indicios irrefutables de que su perturbada conducta (tuits e insultos irracionales, etc.) sea un montaje teatral estratégico; de hecho es lo que los trumpistas dicen admirar más de él, su forma de actuar espontánea, sin filtros ni frenos.
Si los trumpistas están en lo cierto y la insania de Trump es genuina, entonces el planeta tiene un grave problema. El orden internacional creado tras la Segunda Guerra, y encabezado por Estados Unidos, depende en gran medida de la estabilidad, certeza y predictibilidad, especialmente en estos tiempos en que el mundo ya no es bipolar (como en época de Nixon).
Hace un año las naciones aliadas quisieron creer que Trump cambiaría una vez asentado en la Casa Blanca. Hoy constatan con preocupación que no ha sucedido así. Ni probablemente sucederá. Trump ha tenido decenas de ocasiones para exhibir prudencia y claridad de objetivos, y ha demostrado lo opuesto. Orgulloso además de ser impredecible. Y aunque tiene razón en que no hay que anunciar los planes, todo es cuestión de equilibrio (concepto que probablemente desconoce). Es cuestión de que el mundo tenga noción de las líneas maestras de la política exterior americana para saber a qué atenerse. Y no los zigzageos contradictorios de Trump que sólo han logrado desorientar a amigos y enemigos. Y con estos últimos el riesgo de que una mala interpretación acabe en accidente bélico es muy real y peligroso.
Hay al menos tres escenarios donde no es impensable que las extravagancias e incoherencias de Trump detonen un “accidente”: Irán, China y Corea del Norte. Si rompe el pacto nuclear con el régimen de los ayatollahs habría un enfrentamiento en el Golfo Pérsico y un bombardeo a las instalaciones nucleares, de consecuencias devastadoras. Con China, la política de hoy te quiero y mañana te odio, apunta a un conflicto comercial que además desembocaría en la venta del trillón que Pekín posee en bonos del Tesoro americanos, hundiendo Wall Street y la economía mundial. Sin descartar un enfrentamiento militar en el mar del Sur de China. Y la guerra tuitera con Corea del Norte puede prender la chispa nuclear en cualquier momento, con repercusiones apocalípticas.
Evitar esas y otras potenciales tragedias está en manos del Congreso y del entorno de Trump. Y este viernes es una buena oportunidad para dar un paso en esa dirección. El 12 de enero Trump pasará su primer examen médico como presidente. Debería incluir una evaluación siquiátrica, especialmente de sus capacidades cognitivas, dadas las preocupantes muestras de inestabilidad que ha exhibido a lo largo del año. No hacerlo es una irresponsabilidad histórica y una falta de patriotismo. Sólo los inválidos políticos pueden oponerse, o bien porque son tribales (su tribu primero) o patrioteros (lo contrario a patrióticos).
Se hace además apremiante cuando está en juego la paz. E ineludible cuando decenas de siquiatras llevan tiempo advirtiendo de la peligrosidad que entraña la conducta de Trump. Lo explica el libro The Dangerous Case of Donald Trump: 27 Psychiatrists and Mental Health Experts Assess a President. Y por otra parte más de 60,000 (la cifra no es errónea) profesionales de la salud mental han fundado la asociación Duty to Warn para alertar al país de que Trump “exhibe una seria enfermedad mental que le incapacita para sus funciones”.
¿Qué excusa hay para no evaluar la salud mental del presidente cuando más de 60,000 profesionales americanos ruegan que se haga? Pues bien, la Casa Blanca se niega. Lo que no pueden impedir es que el mundo entero vea su extraño comportamiento. Si resulta que es debido a que Trump ha adoptado la “teoría del loco” de Nixon pues ¡fantástico!, porque eso significaría que todo está bajo control, en particular “su botón nuclear más grande” que el del chiflado norcoreano. Pero la única forma de verificar que se trata de una simulación es mediante un examen siquiátrico.
No es lo mismo estar loco que hacerse el loco.
Periodista y analista internacional.
Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de enero de 2018, 2:25 p. m. with the headline "¿Conviene tener un presidente loco?."