Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

RAMÓN A. MESTRE: Otra verdad incómoda

Nos aguarda un apocalipsis por entregas si no tomamos medidas urgentes para reducir dramáticamente las emisiones de gas de efecto invernadero que contribuyen decisivamente al cambio climático. Según los individuos que vaticinan estas desgracias planetarias, si no lo paramos el cambio climático será la causa principal de una letal contaminación atmosférica, de sequías interminables, frecuentes heladas, incendios y desbordes de ríos, de la asolación de la agricultura mundial, de inundaciones y subidas del nivel del mar que convertirán a zonas metropolitanas como el Sur de la Florida en nuevas Atlántidas. Ese es el panorama que nos presentan científicos respetados, ecologistas y activistas variopintos entre los cuales descuellan algunos astros de Hollywood.

De hecho, en Hollywood se estrenó hace más de una década Una verdad incómoda, un sonado documental cuyo protagonista es el ex vicepresidente Al Gore. La película se centra en los esfuerzos de Gore por educarnos sobre las consecuencias aciagas del calentamiento global. Aunque Gore carga la mano erróneamente cuando le echa toda la culpa al ser humano, hoy por hoy es irrefutable la evidencia que demuestra la realidad del calentamiento global y el inmenso aporte de ciertas actividades humanas al cambio climático. Los políticos que niegan estos hechos (o que alegan demagógicamente una falta de información que les impide llegar a conclusiones definitivas) o son demasiado imbéciles para entender la naturaleza del fenómeno o son abanderados de una ignorancia militante, sometidos a los dictámenes irracionales de benefactores y grupos de presión movidos por razones ideológicas. O son ambas cosas.

Sin embargo, gravita sobre la discusión del cambio climático otra “verdad incómoda” que al menos públicamente no reconocen ni Gore, ni el presidente Barack Obama, ni el Secretario General de la ONU ni muchos científicos y ecologistas. Según esta gente el problema del calentamiento global se puede resolver por medio de iniciativas graduales, que no le causarían dolor a nadie, políticas sensatas que no requieren cambios radicales en las economías de los países más prósperos. Por ejemplo, bastaría con darle un impulso inteligente al sector de la energía renovable, o de crear un régimen regulatorio que ofrezca poderosos incentivos para la sustitución de combustibles fósiles por fuentes de energía verde.

¿Cuál es la verdad incómoda que este iluso recetario ignora? Que para alcanzar las metas mínimas que algunos científicos y ecologistas recomiendan haría falta llevar a cabo una transformación profunda y traumática de nuestra economía, la cual supondría el fin del capitalismo y la economía de mercado. En efecto, tendríamos que abandonar los combustibles fósiles –el petróleo, el gas natural, el carbón–, el fundamento energético de nuestra civilización.

De acuerdo al Pacto de Copenhague, que el presidente Obama ayudó a negociar en el 2009, todos los países del planeta trabajarían conjuntamente a fin de limitar el aumento promedio de la temperatura planetaria a no más de 2 grados Celsius (3.6 grados Fahrenheit). El aumento de la temperatura dependerá en gran medida de las cantidades de dióxido de carbono que le agregamos a la atmósfera. Este gas es un producto de nuestro consumo de combustibles fósiles. Si mantenemos nuestros niveles actuales de consumo, en 25 años rebasaremos los límites recomendados para conseguir que la temperatura no aumente los dos grados Celsius acordados. De manera que si queremos impedir el aumento tendríamos que aceptar de inmediato hondos recortes inmediatos en nuestro uso de combustibles fósiles.

Yo no los aceptaría. Con todo, a diferencia de Gore, Obama y los ecologistas que nos aseguran que el cambio climático se puede mitigar sin necesidad de imponer grandes alteraciones del estatus quo, no tengo soluciones factibles. Sin embargo, jamás sería partidario de políticas que buscan abandonar a toda prisa el uso de combustibles fósiles (o de la injustamente vilipendiada energía nuclear). Quizás por esa vía se salvaría el planeta pero desaparecería nuestra civilización.

Esta historia fue publicada originalmente el 26 de abril de 2015, 9:00 p. m. with the headline "RAMÓN A. MESTRE: Otra verdad incómoda."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA