Opinión

A lo bestia

El presidente Donald Trump causó un escándalo internacional al referirse a varias naciones africanas y latinoamericanas como ‘shitholes’.
El presidente Donald Trump causó un escándalo internacional al referirse a varias naciones africanas y latinoamericanas como ‘shitholes’. AP

Por supuesto, un presidente no habla así. Aunque lo piense. Sobre todo, si es un presidente que tiene en contra la prensa y las elites. Son cosas que la gente piensa y se calla. Está en las estadísticas, en las noticias, en los libros de historia, en las anécdotas de los viajeros. Pero un presidente no dice que hay países de mierda. Tal como un pediatra no dice que hay niños feos, horribles. La urbanidad reclama ciertos protocolos.

Pero Donald Trump no se mide. Digamos que no engañó a nadie. El país eligió a un tipo que dice lo que piensa. Sin filtro. De ahí una inquietud: ¿y por qué el país habrá elegido a este tipo? Yo me pongo a sacar cuentas. Hillary Clinton sobrepasó a Trump en el voto popular por 2.9 millones. Si restamos el voto de los barrios neoyorquinos de Manhattan, el Bronx, Brooklyn y Queens, así como el Condado de Los Angeles, Trump superaría a Hillary por medio millón en el voto popular. ¿Será que Trump fue elegido precisamente porque no se identifica con el estándar político, social y cultural de Nueva York y Los Angeles?

Yo celebro que Trump no tenga filtro. Porque apenas en un año ha abierto las puertas del debate en unos temas controlados con celo totalitario por el progresismo liberal. Trump ha roto ese muro de inmunidad izquierdista. Hubiera sido preferible que no lo rompiera a lo bestia. Ahora bien, ¿podía romperse de otra manera? Por primera vez en años he visto a gente decente, culta y responsable, tanto demócratas como republicanos, atreverse a hablar sin filtro. Atreverse a chocar contra el muro.

En cualquier país, el debate de la inmigración exige preguntar cuántos, quiénes, de dónde. No veo razón para que Estados Unidos renuncie a esas preguntas. ¿Con cuáles inmigrantes queremos vivir? ¿A quién se quiere de vecino? En principio, están los costos. Una familia italiana o polaca que llegaba a Ellis Island a principios del siglo XX se las arreglaba con sus medios. Entonces, la sociedad no estaba obligada a proveer ningún servicio. Hoy, las naciones desarrolladas ofrecen a inmigrantes legales o ilegales el acceso a facilidades y beneficios pagados por los contribuyentes. Esto hizo que Suecia limitara drásticamente su aplaudido estado de bienestar y sus cuotas de inmigración ante una avalancha de latinoamericanos, asiáticos, africanos y europeos del este. Muchos de ellos no iban con la idea de buscar trabajo. Ya no hay visa para hacerse el sueco.

El criterio no pasa por la raza. La distinción entre el hombre blanco y el hombre negro ya sólo atañe a los cretinos y a los demagogos. O sea, a los supremacistas y a los liberales progresistas. Las diferencias están definidas por la educación y la costumbre, por el grado de civilización. Esas diferencias conforman las opiniones, se comprueban en los resultados. Como es lógico, pueden localizarse en la geografía. Yo no voy de vacaciones al Congo porque allí hay negros sino porque allí hay caos. Tampoco voy a la caucásica Chechenia. Apuesto a que un negro americano de mi aburguesado barrio en Miami prefiere de vecino a un noruego antes que a un negro de mi barrio chusma en La Habana Vieja.

Trump nunca la tiene fácil. Cuando no se le acusa de mentir, se le acusa de ser brutalmente sincero. No me digas que no adviertes las diferencias entre Haití y Noruega, entre la encanallada Cuba y el pujante Chile, entre la decrépita Albania y la adorable Dinamarca. Que las cosas se digan a lo bestia no quita que las cosas sean como son.

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