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Opinión

El peligro de normalizar la trumpocracia

El presidente Donald Trump se ha negado a revelar sus declaraciones de impuestos.
El presidente Donald Trump se ha negado a revelar sus declaraciones de impuestos. AP

La fábula de la rana y el agua hirviendo es la mejor metáfora de lo que está ocurriendo en Estados Unidos. De acuerdo a esa alegoría, si tiran a una rana en una olla de agua hirviendo salta inmediatamente y consigue escapar ilesa, pero si en cambio la ponen en agua fresca se queda tranquila y cuando empiezan a calentarle el agua poco a poco la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura, hasta que ya pierde el sentido y muere achicharrada.

Donald Trump lleva un año subiéndonos gradualmente la temperatura y muchos –demasiados– no se están dando cuenta. La técnica funciona, no porque las ranas sean tontas ni mucho menos los ciudadanos, funciona por el instinto de supervivencia. Ante una situación problemática o que cause ansiedad, la tendencia humana es a querer “volver a la normalidad”, a como era todo antes de que surgiera la amenaza. Y ante la imposibilidad real de volver (a la era pre-Trump en este caso), la otra opción para subsistir es pretender normalidad. ¿Cómo? Adaptándose al maldito trance, al igual que la rana se fue adaptando al calor. El final, ya se sabe, será trágico.

En principio lo que ha movido a los adaptativos de cualquier país ha sido el temor a perder su rutina confortable [o al menos aceptable], pero acaban siendo los responsables involuntarios del ascenso de monstruos al poder. La Historia está repleta de casos. Las dictaduras, por ejemplo, perduran porque la gente cree protegerse mirando hacia otro lado esperando que algo pase… y lo único que les pasa es su vida. Aun sin llegar a casos extremos de dictaduras, los adaptativos han influido siempre en la marcha de los acontecimientos por el mero hecho de ser un grupo numeroso entre la población general.

Ese es el punto en que nos encontramos, con una nutrida masa de habitantes de EEUU auto-engañándose, “normalizando” lo que es evidentemente anormal.

Es anormal tener un presidente que degrade la Oficina Oval con su conducta de insultos, groserías, xenofobia, racismo y sexismo.

Es anormal un presidente que socave la Democracia más antigua de la era moderna con ataques a sus pilares institucionales, la justicia, las agencias de inteligencia, la división de poderes, la prensa.

Es anormal que un presidente mine la Democracia de EEUU con sus instintos autoritarios. Pidiendo lealtad personal, en vez de Constitucional, como hizo con el exdirector del FBI James Comey despidiéndolo porque no se prestó a cerrar la investigación sobre sus posibles vínculos con Rusia. O como hizo exigiéndole al subdirector del FBI, Andrew McCabe, que le confesara por quién había votado. O pidiéndole al nuevo director del FBI, Christopher Wray, que despida a McCabe y purgue a agentes de la época de Comey.

Es anormal tener a un presidente acusado por 18 mujeres de asalto y acoso sexual. Y que un mes antes de la elección pagó $130,000 a una actriz pornográfica para comprar su silencio sobre el lío que tuvo con ella tras casarse con Melania.

Es anormal tener en Washington a un presidente que se niegue a revelar sus impuestos, a diferencia de sus predecesores.

Es anormal que un presidente declare la guerra a la verdad, al decoro y a la Primera Enmienda. Que sea un mentiroso compulsivo: 2,140 mentiras en 365 días, contabilizadas por The Washington Post.

Es anormal un presidente que dedique todas sus energías y tuits para dividir al país. Gobernar sólo para su base del 30% de la población (su “secta”, porque según alardeó durante la campaña “Me votarían aunque disparara a gente en la Quinta Avenida”).

Es anormal tener un presidente susceptible de chantaje por bancos y capitales extranjeros (Deutsche Bank, China Bank o Emiratos Árabes, etc.) que le prestaron millones de dólares cuando los bancos americanos se negaban a darle dinero. Su hijo Donald Jr. dijo en un evento en Nueva York en 2008 que “recibían mucho dinero de Rusia”. ¿Será ésa la razón por la que le desespera la investigación sobre nexos con Moscú?

Es anormal que un presidente tenga (hasta ahora) 4 personas de su entorno encausados por el gran jurado de la trama rusa, dos de ellos declarándose ya culpables. Anormal, que su hijo y yerno se reunieran en secreto con una abogada del Kremlin que prometía trapos sucios de Hillary.

Es anormal que un presidente de EEUU no defienda a su patria contra el ataque de Rusia interfiriendo en la elección presidencial, hecho confirmado por las 17 agencias de inteligencia. Anormal que niegue tal evidencia, dejando al país vulnerable a otro ataque. Anormal que defienda a Putin.

Es anormal que un presidente vilipendie África, Haití y El Salvador llamándolos “países de mierda”. Anormal que desprecie a líderes de democracias aliadas (Alemania, Australia, Gran Bretaña, OTAN, México, etc.), pero elogie a autoritarios como Jinping, Putin o Al-Sisi.

Por todo lo anterior es NORMAL que el mundo deteste a Trump, como refleja la última encuesta de Gallup en 134 países. La aprobación del presidente de EEUU ha caído al nivel más bajo de la historia: 30% (frente al 48% de Obama en 2016). Y ese 30% es un promedio elevado por la suma del apoyo ruso y saudita, porque en Latinoamérica es del 24% y en Europa del 25%.

En resumen, Trump ha destruido la reputación y credibilidad de EEUU. Con su America First ha puesto a America Last en el ranking global, por debajo incluso de China y Rusia. Ahora el mundo confía en Alemania.

Y este es sólo el primer año de Trumpocracia.

Periodista y analista internacional.

Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de enero de 2018, 2:20 p. m. with the headline "El peligro de normalizar la trumpocracia."

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