Música vs. politiquería
Resulta revelador observar cuando las celebridades deciden suscribir alguna declaración de tipo político, en tribunas de lujo. La reciente ceremonia de la entrega de los premios Grammy, la segunda en importancia antes de llegar a los Oscars, el 4 de marzo, comenzó con un desconcierto del sobrevalorado cantante y compositor Kendrick Lamar, junto a un pelotón de personajes castrenses enfundados en uniforme verde olivo, que luego fueron fulminados uno a uno por sonidos de disparos.
La mega compañía Nike se ocupó, sin embargo, de calzar a aquellos estrafalarios soldados de no se sabe qué batalla, con su más reciente modelo de zapatilla deportiva, a $200 el par, en cualquier mall local.
Fue ciertamente un alivio vencer tal aquelarre de violencia impostada para un show televisivo llamado a entretener a la familia. Mientras tanto, el despliegue de hip hop, salido de la marginalidad afroamericana, era observado, en primera fila, por uno de sus principales creadores y promotores, Jay-Z, y su esposa Beyonce, acicalada con insondables gafas oscuras, vestido de alta costura, todas sus curvas cubiertas, y un sombrero presuntuoso.
Esta vez no hubo que regirse por un código militante de vestuario, como el riguroso color negro de los Globos de Oro para llamar la atención sobre la campaña contra el acoso sexual, que, en el mundo de la música popular, curiosamente, no se ha abierto paso. Una simple rosa blanca en el ojal resultaba suficiente, aunque muchos decidieron no llevarla.
La joven cantante Janelle Monáe tuvo a su cargo el discurso, al parecer obligatorio en cada ceremonia, del movimiento #MeToo, donde observó que la industria de la música tampoco estaba exenta de desigualdades e injusticias, para seguidamente darle el escenario a su colega Kesha, quien arremetió con una suerte de himno justiciero y de despecho contra un hombre que la desdeñó, algo así como el recordado I Will Survive de Gloria Gaynor, pero aburrido e innecesariamente feroz, rodeada de otras cantantes famosas, como Cyndi Lauper, Rihanna y Camila Cabello, quienes no se escucharon.
Considerando que esta industria funciona mucho con los hits, el streaming y la popularidad, la sempiterna cultura del “drug, sex and rock and roll”, y los videoclips del hip hop y del reguetón, con modelos de desbordante sexualidad, verdaderas mujeres objetos, ambas intervenciones manifestaron un viso insincero, poco ajustado a su verdad.
A la revelación cubano-mexicana, Camila Cabello, correspondió rendir tributo a los Dreamers, antes de presentar al grupo U2, en un hermoso escenario a la orilla del río Hudson. Puntualizó que sus padres llegaron con lo que tenían puesto y ella ahora se encontraba en la ceremonia de los Grammys, como un hecho loable de la sociedad americana. Claro que no era el momento para puntualizar que el haber nacido en Cojímar le daba ciertas ventajas legales sobre otros “soñadores”.
Para las etnias que reclaman cuotas de premios, valga aclarar que el Grammy no es exactamente una distinción a la popularidad, aunque no deja de ser una gran injusticia que la ubicua Despacito no recibiera alguno de los tres galardones a los cuales estuvo nominada la canción, considerando que bien le hubiera venido a Puerto Rico un aliento cultural de tal categoría, tomando en cuenta la devastación del huracán María. La indiferencia de la Academia a circunstancias de las llamadas minorías sigue siendo ostensible.
En resumen, fuera de la politiquería que hizo descender los ratings del programa, los Grammys principales recayeron en Bruno Mars, el más reciente discípulo de una estirpe que comienza en James Brown y tiene momentos extraordinarios en Michael Jackson y Prince, música sin mensajería, para pasarla bien.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de enero de 2018, 5:29 p. m. with the headline "Música vs. politiquería."