Opinión

SERGIO MUÑOZ BATA: Cien años de bochornoso silencio

Más de 100,000 personas marcharon en Los Ángeles para exigirle al gobierno de Turquía que asuma su responsabilidad histórica y reconozca el genocidio armenio. También hubo marchas en Barcelona, Beirut, Jerusalén, Teherán, Berlín, Moscú, París, Damasco y en docenas más de ciudades por todo el mundo. Los líderes de más de veinte países han tenido el valor de reconocer el genocidio al igual que el papa Francisco. Desafortunadamente, a Barack Obama le han faltado agallas para repetir como presidente lo que dijo en 2008 como candidato presidencial, “el genocidio armenio no es una opinión personal sino un hecho documentado y apoyado por un cuerpo abrumador de evidencia histórica innegable”. Lamentablemente, en este caso, para Obama la geopolítica está por encima de la verdad.

El 24 de abril se conmemora el día en el que las autoridades del Imperio Otomano empezaron el asedio a los armenios asesinando a centenares de intelectuales en 1915. Después vino la deportación a los desiertos de Siria en la que murieron más de un millón de personas. Esta no fue la primera vez que las autoridades otomanas ordenaban masacres contra los armenios, hubo masacres entre 1891 y 1896, y posteriormente en 1909.

Para los armenios la negativa turca a reconocer el genocidio es un insulto a la memoria de las víctimas, y aunque el presidente del gobierno turco, Recep Erdogán, dice “reconocer el dolor causado a las víctimas”, insiste en negar que los traslados forzosos y las masacres de armenios constituyan un genocidio. Erdogan cree que “quienes cuentan las historias mantienen el poder”, pero no acepta que sobre este tema la narrativa dominante cuenta ya una historia muy diferente a la suya. Enmendar las mentiras oficiales no ha sido tarea fácil: cuando lo hizo el gran cronista de la ciudad de Estambul, Orhan Pamuk, el premio Nobel de Literatura fue sometido a un proceso judicial y a un proceso de desacreditación nacional declarándosele antiturco.

La negación es una manera de argumentar que los hechos que se afirman son falsos y sus variantes son innumerables. Una de estas es la censura y dentro de esta la más perversa es quizá aquella que se adjudica el derecho a decidir la nacionalidad de una persona. En Turquía, admitir que el genocidio sucedió es considerado un atentado contra la patria, y quien lo afirma es alguien que debe ser antiturco. Este tipo de acusaciones no son nuevas. Algo semejante ocurrió durante el ascenso político de Adolf Hitler en Alemania, cuando los nazis se adjudicaron el derecho a decidir qué alemanes eran, a su juicio, antialemanes. También sucedió en Estados Unidos en los principios de la Guerra Fría, cuando la Cámara de Representantes estableció un comité en el que se identificaba y castigaba a quienes definía como antiamericanos. El encarcelamiento de los 10 de Hollywood fue quizá su caso más sonado pero las purgas en los sindicatos, en la academia, en el gobierno y en el propio Hollywood fueron también indignantes porque les negaban a los ciudadanos su pertenencia a la nación.

Otra maniobra que usualmente utilizan los negacionistas es distraer la atención de la gente celebrando otro hecho histórico. Erdogán retrasó el aniversario de la victoria de Galípoli, celebrado usualmente el 18 de marzo, para conmemorarlo el 24 de abril, el mismo día en que se rememora el centenario del genocidio. Galípoli marca la derrota de las fuerzas aliadas contra el ejército otomano durante la Primera Guerra Mundial.

Un hecho que no sorprende a nadie en un país en el que el sistema educacional prohíbe el pensamiento crítico y cuyo historial en el tema de los derechos humanos es desastroso. En los dos últimos años Turquía ha encarcelado a más periodistas que China e Irán. Otra razón importante para negarse a reconocer sus atrocidades es que reconocerlas implica reparación económica por las propiedades y la riqueza de los armenios expulsados que ascendería a miles de millones de dólares.

En vez de argumentar que las naciones que han tenido el valor de llamarle a las cosas por su nombre participan en una conspiración contra Turquía, Erdogán debería aceptar que la verdad conduce a la reconciliación con los armenios y con el resto del mundo y, sobre todo, que de nada sirve seguir intentando, en vano, perpetuar una mentira. Lo que sucedió en 1915 fue un genocidio.

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