Un jardín en Technicolor
Acabo de terminar, esta vez sí, definitivamente, mi nueva novela “Tiempo de tormentas”. Exactamente en la misma semana que el presidente Trump emitió su primer discurso del Estado de la Unión. Me parece una bonita coincidencia, estoy convencido que para él habrá resultado una ardua, laboriosa experiencia redactarlo, igual que para mí escribir esta novela. Con su discurso, consiguió plantarse tanto ante sus seguidores como sus detractores como un hombre con dos personalidades: la convencional, erguida, presidencial del de la noche del discurso. Y la del empedernido tuitero, vociferante y de peligroso peinado, que emplea casi todos los días. Pero, en la noche del martes, la palabra “reelección” se coló en nuestras casas. En unas con pavor. En otras con deseo. Ojalá esa mezcla de emociones se reproduzca en los lectores de mi nueva novela.
Es muy difícil escribir. Tanto para un presidente como para un escritor profesional. Cuando empecé Tiempo de Tormentas, creía que me tomaría a lo sumo seis meses culminarla. Craso error. Han sido casi cuatro años, desde la muerte de mi madre y la mudanza a Miami, donde la he escrito. Perdí una muela, tuve un acceso en otra, me he gastado una fortuna que casi podría ser una buena parte del adelanto que me dio la editorial. Mi marido ha viajado varias veces para acompañarme en silencio en los momentos más crueles de su redacción. Algunas de esas páginas terminaron flotando en la nada cibernética al borrarlas sin misericordia de la computadora. Perdí peso, que me ha permitido recuperar vestuario del siglo pasado. Y también me he visto más maduro, de aspecto, en los cada vez más infrecuentes momentos en que me miro en los escaparates de las tiendas.
No sé si lo mismo le ha sucedido a Trump con su discurso del Estado de la Unión. Yo el martes por la noche lo vi rozagante, incluso creo que se contuvo de decir algo así como “vuestras sospechas de mi amistad con Putin, ya no valen nada”, de lo satisfecho que estaba consigo mismo y como iba ofreciendo su discurso. En la emisora de radio en la que trabajo en España comentaron, y mucho, que veían mayoría de gente blanca en el Congreso. Puede ser. A mí me llamó más la atención la profusión de corbatas en colores pastel y chillones. Como de una seda demasiado china. La de Trump, parecía escogida por su hija Ivanka más que por Melania y seguramente era de su misma marca. Trump on Trump. Pero la del resto de congresistas que aplaudían con caras muy serias, me chocaron porque siempre creí que para un evento así llevarías una corbata oscura. América nunca deja de sorprenderte. O es que los políticos americanos se sienten flores o que los europeos se ven como pasas gracias a sus convenciones. O que a lo mejor, el Estado de la Unión es como un prom de fin de año escolar en el que crees que te vestirás con colores pasteles por última vez.
En cualquiera de los casos, editar es lo más difícil en la escritura de una novela o de un discurso. Estoy seguro que a pesar de tantos tweets y tantas declaraciones vociferantes, el presidente Trump habrá sacado tiempo de donde no lo había para dedicárselo a su discurso. Con Melania cerca. O Ivanka. O el marido de Ivanka y entre portavoces que venían y se iban. Yo llevo desde septiembre releyendo una novela de la que no conseguía desprenderme. Jamás imaginé que escribiría Fin con todas esas corbatas republicanas pareciéndome un jardín tecnicolor.
Escritor y presentador venezolano.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de febrero de 2018, 6:40 a. m. with the headline "Un jardín en Technicolor."