Opinión

ROSA TOWNSEND: Nueva era de rearme nuclear

El secretario de Estado, John Kerry, participa en la conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear en la sede de la ONU en Nueva York, el lunes pasado.
El secretario de Estado, John Kerry, participa en la conferencia de revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear en la sede de la ONU en Nueva York, el lunes pasado. Getty Images

Los 190 países que esta semana en la ONU revisan, por novena vez, el Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT) tienen dos alternativas: abordar la realidad del rearme que avanza aprisa en el mundo, o continuar con la farsa de que el riesgo de conflicto atómico es un fantasma del pasado.

Veinticinco años después del fin de la Guerra Fría el planeta ha entrado en una Nueva Era Nuclear caracterizada por el aumento en la precisión de los arsenales, en vez de en su cantidad. Las potencias ya no compiten en número de armas, compiten en sofisticación. Un doble y engañoso juego de reducir por un lado y por otro rearmarse. Además, el alto nivel de precisión hace que las armas sean potencialmente más letales, porque es mayor la tentación de usarlas.

Una nueva etapa en la que la Destrucción Mutua Asegurada (MAD) que funcionó entre Estados Unidos y la Unión Soviética ya no es un disuasorio. Vladimir Putin es el primero –entre otros– que pretende romper el statu quo, como anuncian sus constantes y provocadores ejercicios de simulación nuclear en el norte de Europa; y por supuesto con la imponente innovación de su arsenal.

Pero Rusia no es la única que renueva su arsenal. Todas las potencias nucleares, con EEUU a la cabeza, los están modernizando (a costos estratosféricos). Y esa carrera de modernización produce a su vez un efecto proliferador. Ya varios países firmantes del NPT evalúan nuclearizarse, en muchos casos para compensar su inferioridad en armas convencionales. El mayor peligro, sin embargo, lo representan los estados fallidos y organizaciones terroristas, que intentan conseguir material atómico en el lucrativo y bajo mundo de los mercados clandestinos.

La Agencia Internacional para la Energía Atómica calcula que “se han detectado materiales para fabricar bombas atómicas en 144 países”. ¡Nada menos que 144! Y según la misma agencia, la dispersión de esos materiales en tantos lugares “aumenta las posibilidades de que grupos terroristas obtengan suficiente uranio o plutonio enriquecidos para desarrollar una bomba atómica”.

No es exagerado decir por tanto que la posibilidad de aniquilación provocada por armas atómicas no se está alejando, se está acercando. Lo reconoció el presidente Obama el 19 de junio de 2013 en Berlín: “Aunque no sea un temor del que estamos conscientes, mientras existan armas nucleares no estamos realmente protegidos de una aniquilación global”. Cuatro años antes ya había advertido en Praga que “el peligro de un ataque nuclear se ha intensificado. Más naciones han adquirido armas y sigue aumentando el comercio de secretos y materiales nucleares en el mercado negro”.

Al asumir la presidencia Obama se planteó como meta erradicar las armas nucleares del mundo. Un noble objetivo que la realidad desafortunadamente se ha encargado de demostrar que era pura fantasía: actualmente hay en el planeta 16,000 armas nucleares, el 90% de las cuales están en manos de EEUU y Rusia, de acuerdo a la Federación de Científicos Americanos. De esa cifra, 10,000 son cabezas atómicas (warheads en inglés) –listas para activarse– y 6,000 están “retiradas” pero intactas, almacenadas en silos. Estás últimas entrañan más riesgo de caer en manos clandestinas.

Ese es uno de los peligros de lo que la prestigiosa estratega nuclear Therese Delpech denominó “La Nueva Era de Piratería Estratégica”, que no sólo se refiere a “actores clandestinos” sino también a ataques sorpresa de países adversarios de Occidente. En su libro, Delpech apunta en particular a China, por su secretismo nuclear y su negativa a discutir con EEUU y la ONU protocolos de estabilidad estratégica.

El gigante asiático posee 250 warheads (declaradas) y está invirtiendo sigilosamente miles de millones para adquirir más, además de submarinos y misiles balísticos. Aun así no se acerca al incremento planeado por el Kremlin (Rusia ya mantiene activas 4,300 warheads), que ha multiplicado su presupuesto militar en un 50%, un tercio del cual está dedicado a armamento nuclear.

Es el doble del presupuesto que destinan Francia (que posee 300 warheads) o Inglaterra (225), dos de las cinco únicas potencias –junto a EEUU, Rusia y China– autorizadas por el tratado NPT a poseer armamento nuclear. (Pakistán (120), India (110), Israel (80) y Corea del Norte (10) actúan “por libre”, dado que no han suscrito el NPT, excepto Corea que nunca lo ha cumplido).

Y finalmente está la gran innovación del arsenal nuclear planeada en Washington (EEUU posee 4,764 warheads activas). El presidente Obama ha autorizado un programa de modernización de $348,000,000 millones (la cifra no es un error de edición, es real). No está mal para un premio Nobel de la Paz. No lo digo como crítica, porque en este caso la decisión de Obama es para proteger la seguridad nacional. Y además compensa su débil política exterior.

A la vista del rearme global, John Mecklin, director del Bulletin of the Atomic Scientists, se pregunta: “¿No es el régimen internacional de control de armas nucleares una farsa anticuada?“ Y explica que “lo que garantizan todas estas modernizaciones es que el mundo va a ser más peligroso. La gran precisión de las armas aumenta la tentación de utilizarlas”.

En plena Guerra Fría, el estratega nuclear Albert Wohlstetter –que sirvió por cierto de inspiración a la famosa película Doctor Strangelove– escribió en su libro El Delicado Balance del Terror que “debemos contemplar posibilidades muy desagradables de guerra nuclear, simplemente para poderlas evitar”. Esa reflexión sigue hoy muy vigente.

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