Opinión

Ya nadie canta boleros

Gilberto Santa Rosa
Gilberto Santa Rosa Archivo

Hasta hace poco yo era de los que pensaba que el bolero, como género musical, nunca moriría. Y cómo no iba a pensarlo si durante más de sesenta años había permanecido inalterable en el gusto del público. Los nuevos ritmos llegaban y crecían por un tiempo; pero terminaban agotándose a sí mismos. Mientras tanto, el bolero, con sus historias de encuentros y desencuentros, seguía ahí, resumiendo en dos estrofas de poéticas letras lo que podría haber sido una novela de amor. Era, al decir de algunos musicólogos dados a la hipérbole, inmortal.

Y todos parecíamos creerlo; más que nadie, los cantantes, quienes seguían grabándolos. No importaba si eran baladistas o salseros. Desde Raphael hasta Gilberto Santa Rosa o desde Ana Gabriel hasta Celia Cruz. Algunos lo hacían porque de verdad creían en el mito de su inmortalidad; otros por órdenes de sus compañías disqueras, cuyas estrategias de mercadeo solo buscaban revivir en los viejos la nostalgia por el género y de paso darlo a conocer entre los jóvenes. Como ocurrió con la famosa serie Romances, de Luis Miguel, de quien se dice que la grabó en contra de su voluntad y a pedidos de Armando Manzanero. Y ya sabemos lo que ocurrió: no solo su carrera se catapultó sino que toda una nueva generación, desde Madrid a Santiago de Chile, se enamoró con las líricas letras de No me platiques más, de Vicente Garrido; Historia de un amor, de Carlos Almarán; y La gloria eres tú, de José Antonio Méndez, las mismas con las que se enamoraron sus padres.

Aquel espectacular éxito fue para el bolero lo que el llamado boom latinoamericano para la literatura. De repente, las grandes estrellas de la música internacional, que ni siquiera hablaban español, querían grabarlos. Así, en la voz de Andrea Bocelli, volvieron a oírse los más famosos boleros del cancionero internacional: Perfidia, de Alberto Domínguez; Contigo en la distancia, de César Portillo de la Luz; y Quizás, quizás, quizás, de Osvaldo Farrés. Y en la de Natalie Cole, como muchos años antes en la de su padre, los clásicos Solamente una vez, de Agustín Lara; Amapola, de José María La calle; y Bésame mucho, de Consuelo Velázquez.

Sin embargo, poco a poco, el bolero fue dejando de estar en la preferencia del público. Los nuevos ritmos siguieron llegando pero ya no se agotaban a sí mismos sino que, a través de las redes sociales, se asentaban para siempre en el nuevo universo de las plataformas digitales. La industria de la música, siempre atenta a las tendencias del mercado, tomó nota de lo que ocurría y sus cantantes dejaron de grabar boleros. Las cadenas de radio no los programaban y las de televisión solo le otorgaban espacio al pop rock y al reguetón. El género ni siquiera era considerado en las entregas de premios musicales. La última vez fue en 1995 cuando Luis Miguel ganó en los Grammys y en Premios Lo Nuestro con su álbum Segundo Romance.

A partir de entonces, todo cambió. Ya nadie canta boleros. Quién va a cantarlos si hasta los viejos hemos dejado de hacerlo. Más de un siglo después de que a José Sánchez, un humilde sastre santiaguero, se le atribuyese la autoría de Tristeza, el primer bolero conocido, en el mundo entero se tararea el pegajoso estribillo de Despacito: “Pasito a pasito, suave suavecito/ nos vamos pegando, poquito a poquito”. Sí, ya nadie canta boleros. Y es una lástima porque podríamos volver a enamorarnos con alguna de sus bellas letras. Como aquella de Contigo en la distancia que decía: “No hay bella melodía/ en que no surjas tú/ ni yo quiero escucharla/ si no la escuchas tú”.

Escritor cubano.

manuelcdiaz@comcast.net

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