Opinión

PEDRO CAVIEDES: Los pilares

Uno de los más contradictorios, y aterradores, personajes que parió el fenómeno del narcotráfico en Colombia, es el sicario que se encomienda a dios y a la virgen, cuando va a cometer sus crímenes. ¿Cómo es que la religión, referente en la ética y moral de tantas personas, puede ser utilizada por unos matones en pos del buen desarrollo de sus atrocidades? La única explicación posible, sin profundizar en las causas psicológicas y antropológicas, es que los valores del sicario están tan resquebrajados, que no siente que esté haciendo mal. ¿Podrá ser que este personaje, en muchas ocasiones nacido en la miseria y con todas las oportunidades para ser próspero cerradas, siente que tiene derecho a ganarse el pan como pueda, y en esta labor dios y la virgen lo apoyan?

Entonces, por haber nacido en las condiciones que nació, ¿tendría el sicario derecho a ser exculpado de sus crímenes? Yo creo que por muy injusto y doloroso que sea, la respuesta es no. Es que si vamos atrás en la historia de las personas, es muy factible que todos los que cometen un delito, encuentren justificaciones.

Me fijo en el caso de los paramilitares, un ejército de matones salvajes, que ensangrentó el campo y las ciudades colombianas. Pero que fueron, quizá en un primer momento, formas de autodefensa de unos hacendados, en regiones donde ante la ausencia del estado, las narcoguerrillas imponían su voluntad a sangre y fuego. ¿Excusó esto a los paramilitares ante la ley? ¿Hubo impunidad en el proceso que los devolvió a la vida civil? ¿Tuvieron los jefes la prebenda de participar en política una vez finalizado el proceso?

Claro que no. Y de haberlo tenido, una enorme mayoría del país, y de los líderes de opinión, senadores y jueces de altas cortes, se habrían negado a aceptarlo. Sí, ocho años de cárcel para unas personas que cometieron todos los delitos imaginables, suena a impunidad, pero no hay que olvidar que cuando no cumplieron lo pactado, fueron extraditados, así como que, desgraciadamente, ante el tamaño del problema, era la mejor solución, para contener el horror.

¿De qué va toda esta larga introducción? Pues de que me parece que se están excusando los crímenes de la guerrilla, con lo de que, en sus inicios hace cincuenta años, surgieron como una respuesta de unos campesinos, a la persecución del Estado. Declarando que en Colombia existe un conflicto armado, se le dio a una pandilla de bandidos que también cometieron todos los crímenes imaginables, el mismo estatus que el de las Fuerzas Militares que llevan años batallando y muriendo, en pro de la defensa de la democracia colombiana, y el manicomio de estado que quieren imponer estos forajidos.

Lo he repetido hasta el cansancio, ¿quién que esté en su sano juicio no quiere la paz para Colombia? Yo la quiero. La quiero con todas las fuerzas de mi corazón. Pero es que la paz no es un fin al que se llega a través de cualquier medio. La paz, como la democracia, es la confluencia de una serie de sistemas, que habilitan la convivencia y la resolución de las diferencias, sin el plomo.

Y la primera invitada a esa eucaristía es la justicia. La segunda son los actores que velan porque ésta se cumpla. En Colombia, cuando los bandidos se ven rodeados, utilizan una metáfora muy diciente, no dicen “llegó la policía”, o “llegó el ejército”, dicen, “llegó la ley”.

Para un proceso de paz exitoso, habría que velar porque a esa justicia y a esa “ley”, se les conceda el respeto que merecen como los pilares que sostienen el edificio de la paz, en todas las sociedades desarrolladas del planeta.

www.pedrocaviedes.com

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