Opinión

Visa y dinero

El debate cultural en Miami se ha vuelto denso, neblinoso, lo cual se revierte en ganancia neta para el régimen que prefiere la discusión, abierta y sincera, fuera de su redil.

A un médico, especializado en “salsa” —la bailable—, le da un rapto de incontinencia verbal para convencernos de que se puede vivir en Cuba y ser libre, sin estar en la oposición, axioma bastante improbable.

Otro compositor e intérprete, pero con pegada exitosa en la industria del entretenimiento de los Estados Unidos, se yergue en la isla e impreca hacia esta orilla –cual Proust caribeño–, sobre un jugo perdido que le sirve para invocar las maldades del enemigo, debido a las cuales el país no ha podido avanzar.

En un flanco sesgado de esta labor de zapa, se anuncia un concierto, a lo grande, de cierto dúo guantanamero en el emblemático Dade County Auditorium. Pertenecen a la estirpe de los que creen, todavía, que “el proyecto revolucionario es perfectible” —extraña jerigonza— mientras el país real y sus pobladores, sin metáforas ni corcheas, agonizan en la desesperanza.

Llega presto un trovador contestatario, de canciones prohibidas o poco divulgadas por los medios cubanos, y canta ante las cámaras locales, pero esquiva presuroso a entrevistadores de foros televisivos porque no quiere hablar de política.

Está el esmerado bolerista que acepta como dádiva el derecho de cantar en su país.

En Miami florecen clubes, de breve existencia, donde un nuevo jet set se solaza, con la banda sonora dejada atrás pero que ahora pueden traer de la isla con las visas de cinco años que concede inmigración a tutiplén sin averiguar antecedentes y si alguna vez j-----e al prójimo.

Es una versión más escenográfica que la Casablanca de Michael Curtiz, donde brilla el Rolex y se ruedan Audis y BMW. Segurosos, actores, ex espías y espías activos, chivatos, gente de televisión y de zona, hijos de papá, humoristas productores de espectáculos, contratistas, pintores, escultores, periodistas, arquitectos, escritores, reguetoneros, trovadores, cineastas, timberos, soneros, un estrato variopinto del apoliticismo castrista disfrutando las bondades de la otrora demonizada Miami, donde el obstinado exilio histórico sigue siendo una suerte de obstáculo.

A esta altura del juego, han logrado hasta marginar a las agencias de viajes, que ya no ocupan un lugar prominente en la ecuación. Antes había que rendirles pleitesía a amanuenses impresentables del régimen en Miami, con sus chillonas tribunas en los medios, por sus conexiones en La Habana. Ahora esos vínculos resultan hasta inconvenientes, quitan puntos por burdos. Visa y dinero, nada más se requiere para vivir lo mejor de este mundo y el morbo de volver para dejarlo saber en el otro.

La llamada “Farándula”, de La Habana, una casta vive bien, retratada hace unos años —para asombro de todos considerando la indigencia cubana— por Michael Dweck en su libro Habana Libre, se está posicionando en el sur de la Florida.

Ahora el glamour no pasa por conseguir una invitación para Nueva York, Londres o París. “Voy a Miami a un concierto de Barry Manilow” suena más chic entre los nativos atormentados por las reformas raulistas y es una posibilidad que todos envidian.

Hay algunos exacerbados como la mediocre sonera que felicita públicamente al dictador en su cumpleaños y luego quiere volver al paraíso sin mayores consecuencias. Pero en general las fichas se van acomodando, actúan y no dan entrevistas para que no vaya a salir otra Dama de Blanco a señalarlos como represores.

Como dice el protagonista de Memorias del subdesarrollo: “Esta gran humanidad ha dicho basta y no parará hasta llegar a Miami”.

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