Opinión

CARLOS DUGUECH: La reconversión industrial

Hubo un tiempo –el de Gorbachov, impulsando su perestroika– en el que el carismático líder de la entonces URSS se animó a visitar al canciller alemán Helmut Kohl, de esa Alemania que tenía sus ojos y sus acciones en el Oeste. La Alemania del Este, a la sazón conducida por el dependiente de Moscú Honecker, no figuraba en la “hoja de ruta” de Mijail Gorbachov. Esto generó cierta incomodidad en el mandamás de la Alemania comunista. Y por cuál razón el líder soviético visitaba a un líder de una potencia opuesta: simplemente porque tenía en claro una situación que vivía su país, desgastado en grado alarmante en llevar recursos económicos para seguir a la par en la carrera armamentista liderada por los Estados Unidos y los integrantes de la OTAN. Fue entonces que le propuso a Kohl una fórmula de una simpleza que encierra, en sí misma, toda una filosofía de la sana convivencia derivada natural de un desarme a ojos vista. Le proponía que con los recursos económicos alemanes y su avanzada tecnología se ocuparan de encarar un plan de reconversión industrial en la Unión Soviética. Esto es, que las instalaciones y los complejos industriales destinados a producir elementos para proveer al sector militar de todo lo necesario para estar a tono con una carrera armamentista que desangraba al estado soviético, se adaptaran en un proceso de reconversión industrial. Significaba, en suma, que la URSS detenía su carrera de armas y volcaba recursos y esfuerzos en producir para la civilidad, para la paz.

Uno de los elementos que se tuvo en cuenta en su tiempo para que el Comité Noruego le otorgara el Nobel de la Paz a Gorbachov era su explícita vocación de suplantar lo que ya venía siendo una constante en sus antecesores en el poder: casi todos representando a una generación entrada en años que la renovada actitud de tono jovial de Gorbachov vino a empalidecer. Esa reconversión industrial nos trae a la memoria otra que se dio en Estados Unidos, luego de la decisión de ingresar en la Segunda Guerra Mundial a partir del desastre que produjera el ataque japonés en Pearl Harbour en 1941. La industria civil en Estados Unidos debió amoldarse, reconvertirse, en industria bélica. Menos automóviles, menos heladeras y otros productos de uso civil para que las industrias que los producían se abocaran –reconversión industrial mediante– a encarar sus labores como industrias para la guerra.

Si trajéramos esta experiencia reflejadas en un espejo, diríase que la actual situación de crecimiento de los arsenales en casi todos los países del mundo, hace necesaria la conjuración del enorme peligro que encierran: particularmente los arsenales de armas de destrucción masiva. Sería saludable entonces, sin dañar las economías y el desarrollo de esas empresas y sus financistas, que se diera la “reconversión industrial” en el sentido de volcar recursos y trabajos en favor de productos que hacen falta en el mercado de elementos que sirvan a la vida, a su desarrollo, al crecimiento armónico de las sociedades. Una reconversión industrial que dejaría a las empresas bélicas en condiciones –con un plan de ejecución programado y paulatinamente– de seguir contando con los contratos del Estado (que es el que adquiere los elementos bélicos) sin generar despidos ni quiebras de empresas. Una solución así expuesta simplemente significaría demostrar que lo que se pudo hacer en un sentido (para la guerra) en 1941 se puede hacer en el sentido opuesto pero con el mismo carácter (reconversión industrial) para la paz.

Columnista argentino.

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