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Opinión

JORGE DÁVILA MIGUEL: La carta del racismo


El presidente Barack Obama juega al golf en la isla de Martha’s Vineyard, en agosto. Varios clubes de golf del condado de Westchester, en Nueva York, le negaron la entrada al Presidente alrededor del Día del Trabajo.
El presidente Barack Obama juega al golf en la isla de Martha’s Vineyard, en agosto. Varios clubes de golf del condado de Westchester, en Nueva York, le negaron la entrada al Presidente alrededor del Día del Trabajo. AP

Al presidente no lo quisieron en cuatro campos de golf en Nueva York. Fue el fin de semana que terminaba en Labor Day. Y es que al presidente le gusta mucho el golf. Tiene su derecho. Es el hombre más poderoso del mundo (eso es lo que dicen de todos los presidentes de este país) y consecuentemente tendrá también derecho a los descansos y placeres de los más poderosos del mundo, uno de los cuales es el golf.

El deporte se ha popularizado, pero sigue siendo el juego de la elite. En los cuatro clubes donde lo rechazaron se pagan como cien mil dólares al año por la membresía. Y en ninguno de los cuatro lo quisieron. Dieron sus excusas, creíbles más o menos, pero al final de todo, excusas. Que si no llamó a tiempo, que no podían incomodar a sus socios cerrando el campo, en fin, un par de paparruchadas para tapar el hecho de que al presidente le gusta demasiado el juego de los blancos poderosos y que los blancos poderosos no lo quieren en sus clubes. No nos engañemos, la carta del racismo existe y más ahora que parece que la estrella del golfista en jefe va en declive.

Y es que el irse a jugar golf después de que le cortaron la cabeza a James Foley fue algo más que un detalle de mal gusto. El presidente vino, habló del tema ante las cámaras y enseguida volvió a los campos deportivos de las clases altas para la crucial tarea de meter, en los menos golpes posibles, la mayor cantidad de peloticas, en la mayor cantidad de agujeros. Y cayó mal, porque hoy en día todo se sabe y el premier británico James Cameron, que también estaba de vacaciones, en cuanto se enteró de la decapitación de Foley voló a Londres simplemente porque el acento del verdugo musulmán parecía ser inglés; qué menos puede hacer un estadista.

Pero ese no es el tema. El tema, al menos uno de ellos, es el racismo.

Porque además de los errores presidenciales (que le abonan el terreno), para Obama su color es un problema. Para muchísimos más norteamericanos de los que están dispuestos a admitirlo, ése es un factor crucial al censurarlo. Aunque si hay racismo en la decisión de no querer a Obama en los clubes blancos y en los que se inclinan a desaprobarlo acierte o falle, también es verdad que el presidente se encarga de animarlos.

Porque la carta del racismo existe en dos sentidos, aunque en este políticamente correcto país no se admita cuando toca. Si a un académico lo detiene la policía, el presidente dice que fue una estupidez; si a una dama le dan un trompón en un elevador, Obama dice que es como si se lo dieran a una de sus hijas; cuando la muerte de Trayvon Martin, se comparó con él; y ahora con el balaceo de Michael Brown se le “parte el corazón”. No digo que no sienta lo que dice, e incluso que no tenga razón. Pero cada vez que el presidente se emociona por una injusticia, es que la injusticia ha pasado con un negro. A veces pienso que lo hará como revancha, porque estará hasta las narices de que no lo soporten por su piel.

Salvando las distancias y la curiosa costumbre de nosotros los cubanos de comparar peras y manzanas, exagerar nuestros roles y querer parecernos a otros pueblos siempre que convenga, de inmediato me vino a la mente cuando a Fulgencio Batista le hicieron lo mismo en Cuba. Se lo espetaron a rajatablas. No lo dejaron entrar al “Big Five”, que eran los cinco clubs más exclusivos de La Habana: Vedado Tenis Club, Casino Español, Havana Yacht Club, Miramar Yacht Club y Biltmore Yacht Club, porque era mulato y no se lo tragaban. Batista lo sabía. Un día, en 1958, estando en el esquife del yate presidencial en la dársena de Varadero, le hizo una confesión a su timonel: “¿Tú ves todos esos yates?”, le dijo y señaló los barcos de los potentados, “ninguno de los dueños me resiste, por mulato. Pero deja que el blanco ése que está en la Sierra Maestra baje. Ese sí que les va a pasar la cuenta a todos”.

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de septiembre de 2014, 3:00 p. m. with the headline "JORGE DÁVILA MIGUEL: La carta del racismo."

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