Opinión

HUMBERTO CASPA: Jaque a Obama

Fuerzas de seguridad iraquíes y milicianos chiitas montan guardia tras un enfrentamiento con el Ejército Islámico en el norte de Irak, a fines de agosto.
Fuerzas de seguridad iraquíes y milicianos chiitas montan guardia tras un enfrentamiento con el Ejército Islámico en el norte de Irak, a fines de agosto. AP

En un juego de ajedrez, se llama jaque al movimiento del adversario que pone en aprietos al Rey. Hay un peligro inminente que puede causarle la vida (jaque mate) o, de lo contrario, puede servirle para recomponerse y ganar la guerra.

En la vida real sucede algo parecido. En un universo internacional, donde la guerra es básicamente el pan de cada día de los países, algunos líderes políticos tienen que tomar decisiones de “vida o muerte” después de haber sufrido, al igual que un juego de ajedrez, un jaque.

En la región del Medio Oriente, al presidente Barack Obama le hicieron un jaque. No fue el resultado de la osadía que le impuso el enemigo, más bien fue la consecuencia de una mala jugada de su Administración.

Después del brote revolucionario en contra del dictador Bashar Al-Assad en Siria, el gobierno de Obama no reaccionó adecuadamente. Una intervención aérea contra las fuerzas de Al-Bashar hubiera permitido que insurrectos moderados tomaran el control del gobierno.

Al no tener el apoyo militar y logístico –tal como sucedió en Libia–, los moderados de las zonas urbanas empezaron a sucumbir ante la incursión de las facciones islámicas radicales de las zonas rurales, quienes hoy son la base del movimiento armado por un “estado islámico” en los territorios de Irak y Siria.

El día miércoles, el presidente Obama decidió mover su ficha. Se trata de un bombardeo ilimitado a las fuerzas radicales que cohabitan en territorio sirio e iraquí. No es una mala jugada, pero tampoco es la mejor estrategia en un conflicto, en donde el principal gestor del problema todavía se encuentra en el palacio principal de Siria.

Paradójicamente, los bombardeos facilitarán la sobrevivencia y el dominio total del dictador Al-Assad en Siria.

En consecuencia, el presidente Obama necesita una estrategia de mediano y largo plazo que busque no simplemente deponer al dictador de Siria, sino también llevarlo a una corte internacional para que pueda ser juzgado por sus crímenes atroces que cometió en contra de su gente. Al-Assad es un criminal.

Por otra parte, el gobierno norteamericano tendrá que presionar al nuevo presidente iraquí Fuad Masum que su gobierno sea más incluyente a los grupos minoritarios. Después de la derrota de Saddam Hussein, la dirigencia política de Irak se ha limitado a rellenar los puestos de poder con funcionarios de su propia creencia religiosa chiita y personas intransigentes a otras religiones, haciendo a un lado a los islamistas sunitas y kurdos.

Finalmente, la estrategia de Obama debe ser complementada con el apoyo militar y logístico al gobierno autónomo de Kurdistán, quienes hasta este momento son los verdaderos grupos moderados de Irak. Eventualmente, yo creo que va a ser necesario apoyar la independencia y la soberanía de Kurdistán ante el mundo.

Al presidente Obama todavía le falta mover otras fichas para que su estrategia militar en el Medio Oriente tenga sabor a victoria.

Profesor e investigador de Economics On The Move.

E-mail: hcletters@yahoo.com

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