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Opinión

ROBERTO CASÍN: La anciana de la basura

Es jueves y hace un sol esplendoroso. Casi es mediodía y el sol calienta como si estuviésemos en el desierto de Mojave. Pero el escenario es otro, más cerca del mar y de la brisa de lo que se podría suponer. Los rayos de luz reverberan sobre el asfalto como si lo hiciesen en un páramo de arena. Y si no fuese por el aire acondicionado, que sopla a todo lo que da, la sensación sería como la de estar atravesando una hoguera. Estamos en primavera, pero es un día típico de verano—de los de ahora—en Miami, y los que van al volante—como yo—maldicen el instante en que avanzan a paso de tortuga en medio de un tráfico no por ordinario menos infernal. El conductor en la senda a mi izquierda resopla impaciente porque la fila de vehículos lleva varios minutos inmóvil. Y la roja que acaba de encenderse en el semáforo indica que al menos habrá que esperar un buen rato más.

Todo parece rutinariamente conocido: la angustia de manejar bajo un excesivo estrés; los bocinazos de alguien por aquí y las palabrotas de otro por allá; los ademanes de orangután de los clásicos talibanes del tránsito, y las agresivas embestidas con que algunos—y algunas— procuran darte la cañona, a costa de lo que sea, chapistería y hospital incluidos. Nada resulta inesperado en una ciudad que ha llegado a ser igualmente cotizada por turistas que por potenciales inmigrantes. Pero regresando al semáforo. Ninguno de los que me rodean ha vuelto la vista para fijarse en un detalle que ha podido parecerles muy normal. Pero que a mí, que llevo meses fuera de Miami, me estremece. En una esquina de la calle Flagler, muy cerca del Palmetto Expressway, hay una mujer envuelta en una túnica oscura. Lleva un pañuelo que le cubre casi toda la cabeza y el rostro, ajado, le delata la edad. Es una anciana. Tiene hambre y está hurgando ansiosamente en un tanque de basura.

Probablemente haya visto la escena cientos de veces, en otros sitios, pero nunca imaginé topármela aquí. Resulta complicado definir la pobreza en la nación supuestamente más rica del planeta. Sin embargo, episodios como ése no dejan margen a la duda. Es la peor manera de advertir realidades que pueden suponerse ajenas, intangibles y hasta dudosas cuando alguna institución caritativa las subraya. Como United Way, que a fines del año pasado aseguró que casi la mitad de los residentes de la Florida sobrevivía a duras penas, con ingresos por debajo del nivel federal de pobreza o pasando las de Caín para pagar por la comida, la vivienda, el cuidado de los niños y otras necesidades básicas, aunque se diga que el desempleo ha mermado, que el mercado inmobiliario despunta y que la dicha económica ha empezado de nuevo a favorecernos.

Todo indica que estamos camino a una prosperidad de discursos políticos y titulares de prensa; un bienestar de rozagantes funcionarios públicos y frívolos caciques locales que seguirán derrochando, como acostumbran, millones y millones del fisco en proyectos de sospechosa utilidad pública, en obras baladíes para los demás pero lucrativas para ellos, sin hacer el más mínimo esfuerzo por impedir que siga habiendo quien mendigue un plato de comida en nuestras calles.

La esencia del asunto es mucho más patética porque en una ciudad cada día más abigarrada, monetizada y enajenada, lo común es que la gente mire a otro lado sin el menor asomo de remordimiento o pase de largo sin siquiera fijarse en que quien hurga en el depósito de basura no es un indigente anónimo. Es una anciana, con toda seguridad viviendo los momentos más terribles de su vida; una madre o abuela, que podría ser la nuestra; una mujer, pasados los sesenta, que seguramente ha perdido ya las esperanzas, los sueños y las ilusiones que una vez le infundieron fe en lo poderoso y magnánimo que era el país.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de mayo de 2015, 11:08 a. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: La anciana de la basura."

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