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Opinión

ROSA TOWNSEND: Humildad para curar el ego de USA

David Brooks pretende –y ojalá logre– cambiar la cultura de Estados Unidos. Promover las virtudes que décadas atrás crearon una sociedad magnánima y solidaria: humildad, lealtad, rectitud, coraje… Que paulatinamente han sido desbancadas por el individualismo, la ambición y el autobombo, como únicas monedas de éxito social.

Así se ha llegado a una sociedad completamente volcada en el éxito externo, sin otra brújula moral que el evangelio del narcisismo. De mucha fachada y poca vida interior, cuyo precio al final suele ser insatisfacción, cuando no fracaso. Lo explica magistralmente Brooks en su último y provocador libro, The Road to Character, que hace días presentó en Miami, y cuyo tema central había anticipado en sus columnas del New York Times. No sólo es un bestseller: es el motor de arranque de un movimiento que, según el autor, aspira a abrir un debate nacional sobre los fallos del etos americano.

The Road to Character analiza dos arquetipos sociales que responden a la cara y cruz de la naturaleza humana, Adam I y Adam II. Al primero pertenecen las personas movidas por la ambición, que concentran toda su energía en desarrollar lo que Brooks llama “virtudes para el resumé”, o sea, para escalar en sociedad. Y el segundo encarna las personas de vida interior, que trascienden su ego, siempre dispuestas a servir al mundo; que desarrollan las “virtudes laudatorias” que se elogian en los funerales.

Adam I se guía por la lógica del utilitarismo, y Adam II por la lógica de la moral. La personalidad del primero requiere cultivar las fortalezas; mientras que la del segundo se nutre de lo opuesto: confrontar sus debilidades. Eso exige una gran dosis de humildad, que es la receta que propone Brooks para cambiar la cultura de USA. De hecho, su libro es un himno a la humildad.

“El éxito nos conduce al mayor fracaso, que es el orgullo. En cambio experimentar un fracaso nos conduce al mayor éxito, que es la humildad y el aprendizaje”, señala Brooks, aclarando que ha escrito el libro “para salvar su alma”. Y entona un mea culpa: “Me pagan [como periodista] para ser un fanfarrón narcisista, para aparentar que tengo más seguridad de la que tengo, para aparentar ser más inteligente de lo que soy”.

(Estoy en desacuerdo con él, porque al conocerle uno se percata de su inteligencia, amabilidad y humildad exquisitas). Pero verdad es que quien se queda anclado en Adam I y no se equilibra con virtudes de Adam II fácilmente se desliza hacia una mediocridad moral. Tristemente ésa es la tendencia más generalizada en este sistema de meritocracia (¿o quizá mediocracia?), que promueve la autoglorificación hasta el absurdo.

El culto al ego, el Big Me, fue penetrando en la sociedad como un veneno lento –aunque de apariencia inocua– desde la década de los 50. En aquellos años se puso de moda la “sicología del humanismo” (liderada por Carl Rogers), que luego dio paso al “movimiento de la autoestima” lanzado en 1952 con el famoso libro de Norman V. Pale The Power of Positive Thinking: “siga sus instintos”, “piense positivo”, “no acepte límites a su potencial”, “usted es especial”, “usted es el dueño de su destino”.

Tales mensajes, prevalentes hasta hoy, han sido pieza clave de una cultura que prioriza las relaciones mercantilistas: “¿Me sirve para mis intereses tal persona o situación?”, subraya Brooks. La moralidad ha sido desplazada por la utilidad.

En 1966 para el 80% de los universitarios lo más importante era “desarrollar una filosofía de vida”; mientras que en la década de los 90 el 74% dijo que “su meta era hacerse rico”. No resulta extraña esa inversión de valores al analizar, como hace Brooks, el sistema educativo de EEUU.

A los niños se les ha estado educando para que cultiven las superficiales “virtudes del resumé”. Impulsando su autoestima de forma exagerada y ficticia (aunque no sean listos se les dice que sí lo son, por ejemplo). Debutan así en la “maquinaria de los logros”, la meritocracia. Adoctrinados a que la sociedad les va a valorar por lo que “hacen” y no por lo que “son”. No importa entonces si “son” o no leales, solidarios, honestos, etc.

Y en los adultos, una buena evidencia del individualismo y egocentrismo es la mutación del idioma. En las últimas décadas se han dejado de usar palabras de contenido moral o comunitario, como “conciencia”, “unidos”, “bien común” o “confiar”; mientras que han aumentado las expresiones “yo estoy primero”, “lo puedo hacer solo”. Y otras como “gratitud” ha descendido un 49%; “humildad” un 52%; “amabilidad” un 56%; “valentía” un 66%... La lista es larga e inquietante.

El poder del lenguaje es conocido desde tiempos inmemoriales. Poder para el bien y para el mal. Porque la primera purga que hacen las dictaduras es del lenguaje; pero también en las democracias los gurus de la ingeniería social manipulan su uso. Por eso Brooks propone como primer paso revivir el vocabulario moral, inculcarlo en las escuelas, las corporaciones, en la vida diaria. Provocar una introspección, un vuelco cultural, que destierre al ego como árbitro de la sociedad americana.

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de mayo de 2015, 0:00 p. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: Humildad para curar el ego de USA."

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