Alegría mundial
El jueves 28 de junio fue el turno de los colombianos. Bueno y de los senegaleses y japoneses. Durante dos horas los aficionados al fútbol estuvimos sufriendo por la selección de nuestro país y gritamos, los que tuvimos ese privilegio, esa exquisita sílaba de desahogo que contiene la palabra Gol.
Por el lado de Colombia el gran Yerry Mina, defensa central del Barcelona F.C., dio el pase a octavos de final, aunque en el otro partido del mismo grupo, que se juega simultáneamente para evitar marcadores que creen suspicacias, Polonia, ya eliminada, también le había dado un empujón a la selección que dirige José Pekerman (técnico argentino) haciéndole un gol a Japón.
Los días anteriores, las selecciones de México y Argentina también habían tenido su cuota de sufrimiento hasta el último minuto; gocé mucho escuchando al narrador de Telemundo, Andrés Cantor, quedándose sin voz con el gol de Marcos Rojo, que le significó la clasificación a su Argentina; no sé cómo hará para controlarse si le toca narrar un partido de su país contra alguna selección latinoamericana, pero esa es la magia de este deporte que, uno no se explica bien por qué, mueve tantas pasiones.
Qué gran espectáculo es el Mundial de Fútbol. En los Estados Unidos, como el soccer no es uno de los deportes favoritos, no se vive con ese despliegue del resto del mundo, pero ya hay aquí suficientes inmigrantes de Latinoamérica, África, Asia, Oceanía y Europa, que lo hacen sentir, y más en una ciudad como Miami, que se nutre de tantas nacionalidades. Ojalá que estemos entre las sedes del 2026, para el Mundial que se jugará en México, USA y Canadá. Y ojalá que también tengamos pronto un equipo de la MLS, que nos represente a todos los que amamos tanto a esta ciudad, en ese deporte.
Muchos de esos jugadores que son ídolos en todo el mundo, lo son porque grandes clubes como el Barcelona, el Real Madrid, la Juventus o el Manchester United, o el River Plate, el Boca Juniors o el Santos, reconocieron el talento y los adquirieron, haciendo muy ricos, a unos jóvenes en ocasiones provenientes de los rincones más olvidados y miserables del continente, de la misma forma que tantos cubanos, venezolanos y dominicanos han sido invitados a la prosperidad, al traerlos a jugar en las grandes ligas de béisbol.
Todos esos deportistas que andan por el mundo jugando para equipos como los Yankees de Nueva York, los Astros de Houston o el Bayern Múnich, son en gran parte inmigrantes, que llevan su talento y alegría (además de poner en funcionamiento una máquina de hacer dinero que va desde la mercadotecnia de los equipos hasta los videojuegos) allá donde los contratan. Qué buen ejemplo de las bondades de la inmigración es el deporte. Un James Rodríguez, un Messi, un Neymar o un Cristiano Ronaldo, resaltan en las ligas europeas de fútbol, como un José Altuve o un Yasiel Puig en las grandes ligas de béisbol.
Y entonces llega el Mundial, y es la vuelta a la representación del país natal, para combatir de forma pacífica, por la victoria y el honor. Al final gana uno, pero yo sí recuerdo ese orgullo que sentí cuando la Selección Colombia perdió en cuartos de final el Mundial pasado con Brasil, al ver esos gladiadores que lo dejaron todo en la cancha hasta el último segundo. Para mí gana más, aunque pierda, el que deja el corazón en el campo, que el que gana con trampa, que es un simple perdedor.
Bueno, que siga la fiesta, que gane el mejor, y con el permiso de ustedes: ¡Vamos Colombia!
Escritor colombiano.
Su novela más reciente es La Actriz, a la venta en Amazon.
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