Opinión

El Cuatro de Julio: El triunfo de una ‘banda despreciable’

Peter Kisiluck, director de producciones teatrales, interpretando a Thomas Jefferson, lee la Declaración de Independencia en una celebración del Cuatro de Julio en el Museo de los Niños de Miami en Watson Island, el 4 de julio del 2013.
Peter Kisiluck, director de producciones teatrales, interpretando a Thomas Jefferson, lee la Declaración de Independencia en una celebración del Cuatro de Julio en el Museo de los Niños de Miami en Watson Island, el 4 de julio del 2013. para el Miami Herald

Estados Unidos no nace el cuatro de julio de 1776. El Segundo Congreso Continental votó a favor de la independencia dos días antes. La declaración aprobada explica y justifica la decisión de la mayoría congresual.

A mediados de junio de 1776 el Congreso Continental le encomienda a una comisión de notables la redacción de una Declaración de Independencia. Conformaban el grupo Benjamin Franklin, Robert Livingston, John Adams, Roger Sherman y Thomas Jefferson. Franklin rehusa participar directamente debido a que su hijo es un colaborador de la corona británica. Livingston se autoexcluye porque rechaza la independencia, Sherman porque no hay peor redactor en las 13 colonias. El brillante Adams convence a los demás que lo mejor sería dejarle la tarea al hombre renacentista de Virginia, Thomas Jefferson, aliado y amigo íntimo de Adams.

Jefferson le entrega al Congreso una suerte de texto sagrado para quienes veneramos la auténtica libertad individual. En él Jefferson enuncia que la soberanía personal, la única soberanía que realmente cuenta, no es una concesión de monarcas absolutistas, ni de reyes “constitucionales” cuyo poder ha sido restringido por una aristocracia poderosa como la británica. Todos, anota Jefferson, somos libres en virtud de nuestra condición humana y ningún gobierno está facultado para despojarnos de nuestras libertades. Si lo hace tenemos el derecho de rebelarnos contra su ilegitimidad despótica.

Los delegados debaten las consecuencias de ratificar el documento elaborado por Jefferson sin cuestionar los móviles, la integridad o el patriotismo del contrario. En rigor, varios congresistas no son partidarios de la independencia. Aun así, la mayoría independentista no recurre a las mentiras, coartadas, insultos y mentecateces peligrosas que defienden tantos políticos estadounidenses actuales. Por ejemplo, la superchería de que es necesario prescindir de algunas libertades a fin de garantizar la seguridad de la sociedad. A diferencia de los demagogos acomodaticios que hoy suscriben semejantes falacias (rebatidas por Jefferson a lo largo de su vida pública), los miembros independentistas de la legislatura convocada en Filadelfia encaran la muerte, la cárcel, la destrucción de sus familias, la confiscación de su patrimonio. En ese momento, Gran Bretaña es la primera potencia militar del planeta y la tercera parte de la población de las colonias se mantiene leal a la corona. Cuando se inicia el debate sobre la Declaración de Independencia, pocos delegados al Congreso creen en la posibilidad de derrotar a los británicos.

¿Cómo fue que siete años después, el poderoso imperio se ve obligado a aceptar la independencia de unos colonos cuyo ejército insurgente no era “más que una banda despreciable de vagabundos, desertores y ladrones incapaces de rivalizar con los casacas rojas de Su Majestad”, según dictaminó un conocido general inglés?

En cierta medida, el reino de Gran Bretaña pierde 13 de sus colonias norteamericanas por culpa de las limitaciones de George III, un monarca inseguro, mitómano e hipersusceptible que sabe juzgar las vacas pero no a las personas. Los primeros gobiernos nombrados por George III entronizan el adulón, el sectario, el avaro, el mediocre, el devoto del poder como un fin en sí mismo. Y los hombres del rey desplazan y marginan el grupo encabezado por el gran William Pitt, el principal arquitecto de los triunfos británicos sobre Francia y España en el siglo XVIII.

A partir de 1770 Lord North es el primer ministro, un incondicional de George III que sabe “tallar” votos parlamentarios y corruptelas lucrativas para sus amigos, pero adolece de una falta de inteligencia estratégica. Con la anuencia del rey y una corte dominada por miopes North les impone a las 13 colonias medidas abusivas que radicalizan a los americanos. Luego, al estallar la guerra de independencia, George III nombra como secretario jefe de sus predios norteamericanos a Lord George Germain, un hombre terco, mendaz y obtuso, expulsado del ejército por su cobardía. Esta gallina mentirosa elevada al rango de supermariscal está convencido que los insurrectos son poco más que una turba irracional que no se atreverá a pelear contra las tropas del rey. Germain actúa como el acelerante de un incendio gigantesco. Nombra como jefes militares de la guerra contra “la turba” a un trío de segunda porque Jeffrey Amherst, el general más capaz del imperio, simpatiza con los insurrectos. Simpatiza, en otras palabras, con los osados correligionarios del Thomas Jefferson cuya obra singular c​elebram​os el cuatro de julio.

Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

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