Opinión

‘Si eres inmigrante, no vengas a Europa’

La canciller de Alemania, Angela Merkel, y el ministro del Interior, Horst Seehofer, participan en una reunión parlamentaria el 3 de julio en Berlín.
La canciller de Alemania, Angela Merkel, y el ministro del Interior, Horst Seehofer, participan en una reunión parlamentaria el 3 de julio en Berlín. AFP/Getty Images

MADRID – La ola anti-inmigrantes no es exclusiva de Estados Unidos. En Europa es un tsunami. Inunda todas las esferas de la sociedad, está desalojando del poder a partidos moderados y amenazando con romper la propia unidad del continente.

Estos días en particular, en el seno de la Unión Europea (UE) se libra una batalla política encarnizada entre dos facciones irreconciliables. De un lado, los populismos nacionalistas que, envalentonados por el creciente apoyo electoral, presionan para cerrar fronteras y expulsar a decenas de miles llegados desde África y Oriente Medio. Y de otro lado, quienes se resisten a tales medidas drásticas y proponen opciones intermedias, que protejan la seguridad pero sin violar los principios de solidaridad que guían el espíritu europeo.

El segundo bando lo ha encabezado Angela Merkel, arriesgando por años todo su capital político –y su futuro– en pelear contra la xenofobia, y que ahora podría perder por las presiones del ala radical de su coalición de gobierno conservadora. En la madrugada de ayer, y tras dos semanas de alta tensión, la canciller sucumbió, accediendo a dar un giro de casi 180 grados en su política migratoria, para apaciguar la insurrección y salvar su gobierno. Evitó un abismo para caer en otro peor, el de abandonar los ideales que han hecho de la Europa de postguerra un paraíso de paz, libertad y prosperidad. Una unión sin fronteras interiores, que ahora vuelven a levantarse.

Los buenistas creen que lo ha hecho también por altruismo, para impedir males mayores si asumieran el poder las fuerzas xenófobas. Algo que cada día parece aproximarse más, incluso en la Alemania tolerante, que en 2015 abrazó a un millón de refugiados. Eran otros tiempos, y aquellas lluvias de solidaridad trajeron estos lodos. Merkel quedó marcada como responsable de una “invasión” que, real o no, ha detonado el ascenso de los populismos y nacionalismos en el país que huía de las sombras de su pasado. “Ismos” que como un veneno se han inyectado en las venas políticas del Viejo Continente.

De momento, la líder alemana sobrevive, pero muy frágil. Sus enemigos, que son muchos, incluido el señor Trump, no van a parar de empujarla. Es un estorbo para los grandes (y maquiavélicos) planes de fracturar Europa y debilitarla, tomada por el asalto de fuerzas retrógradas, que están haciendo mella en la mayoría de los países: Italia, Hungría, Austria, Polonia, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Suecia, Dinamarca… Con el beneplácito –y ayuda– de Putin, el gran beneficiado del proceso de acoso y derribo de la Unión Europea y sus instituciones, empezando por la OTAN.

La excepción del tsunami antiinmigrantes es España. No han anidado aquí partidos xenófobos ni nacionalistas (salvo en Cataluña), a pesar de ser el país al que han venido más refugiados y emigrantes económicos en el último año (22,000, el triple que el año anterior), debido al cierre de otras vías de acceso a territorio europeo. Las mafias que los traen cambian rápido las rutas. Y a partir de ahora probablemente traerán más, dado que el primer gesto del nuevo presidente español, Pedro Sánchez, ha sido acoger a cientos de inmigrantes rechazados por Italia, aceptando además que Merkel deporte a España a otros cientos o miles.

Esto último formaba parte de un pacto de urgencia el pasado viernes en el Consejo de Europa de Bruselas para salvar a Merkel. Y, de paso, también a toda la UE, por la desestabilización que crearía la caída de la canciller y “líder de facto” de la UE. Fue un “pacto de mínimos”, en el que acordaron que Alemania pueda devolver a miles de personas a otros países europeos donde originalmente solicitaron el asilo. (Al existir libre movimiento de personas dentro la UE, decenas de miles entraron por un país mediterráneo y se instalaron después en Alemania, Suecia, etc).

Prohibir la doble petición de asilo y la libre movilidad, junto a las deportaciones y el blindaje de las fronteras comunes, son los aspectos espinosos del crispado debate sobre la inmigración. El acuerdo de Bruselas también contempla procesar las solicitudes fuera del territorio europeo. Tanto en ese acuerdo como en el firmado ayer entre Merkel y sus socios de coalición para sellar la frontera germano-austriaca y abrir centros de internamiento, el mensaje lanzado es claro: “si eres inmigrante no vengas a Europa”.

No es el mensaje que querría para su legado la que ha sido portadora del estandarte liberal de Europa y defensora de fronteras abiertas. Pero ni Merkel misma ni sus colegas de Bruselas, han logrado salvarla de la quema. Nunca mejor dicho porque lo que está sucediendo en Europa es la versión moderna de la Inquisición, aunque muchos lo llaman “nuevo fascismo”. En cualquier caso terrible.

Dos cosas quedan claras: 1- La claudicación de Merkel ante el movimiento antiinmigrantes es una derrota para todo el continente, el comienzo de lo que muchos tememos sea el fin de la sociedad abierta y sus formas de vida.

2- La inmigración definirá el futuro de Europa. Y también de Estados Unidos. Zarpamos en un mismo barco, con aguas turbulentas y puertos inciertos, en los que antes de desembarcar habrá que decidir qué modelo de sociedades queremos ser: ¿naciones de inmigrantes, en continua adaptación a cambios demográficos y culturales? ¿O naciones estáticas con identidades homogéneas?

Periodista y analista internacional.

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