Opinión

La frontera

Una mujer de Guatemala, con sus hijas, espera en junto a la valla fronteriza en Tijuana para entrar en Estados Unidos y pedir asilo, el 14 de junio.
Una mujer de Guatemala, con sus hijas, espera en junto a la valla fronteriza en Tijuana para entrar en Estados Unidos y pedir asilo, el 14 de junio. TNS

En 1992, la primera vez que mi esposa y yo intentamos cruzar la frontera entre México y los Estados Unidos, como solían hacer tantos cubanos, fuimos detectados en el aeropuerto de Tijuana y detenidos por las autoridades. Nuestro caso, en aquel momento aciago, fue responsabilidad de cierto oficial, elegante y trajeado, de una crueldad que luego pude ver reproducida en películas como Traffic. Aquel personaje, de viso sádico, disfrutaba de nuestra angustia y no dejaba de prometernos que nos retornaría al Distrito Federal, de donde seríamos deportados hacia La Habana.

Tratamos de razonar con el malévolo personaje, le dijimos que nuestros parientes esperaban en el lado americano de la frontera y que los cubanos disfrutábamos de una serie de prerrogativas en los Estados Unidos.

Las conversaciones y el llanto desconsolado de mi esposa no lograron amilanar la maldad del oficial de inmigración mexicano.

Desde entonces supe que la frontera era un lugar duro, sin piedad. La segunda oportunidad, la cruzamos con éxito por el río Bravo crecido y en otras columnas ya expliqué cómo casi me cuesta la vida.

La aventura valió la pena, como no me canso de repetir, y aunque soy literalmente un “espalda mojada”, le agradezco al gobierno de los Estados Unidos el habernos concedido la condición de exiliados políticos, luego de analizar en corte nuestro caso.

Así que no califico como un inmigrante cubano en busca de mejoras económicas. Fuimos entonces, y seguimos siendo personas tras la libertad que nos fue coartada por una dictadura totalitaria, parecida, pero no igual, a los procesos políticos que acontecen en Venezuela y ahora Nicaragua.

A los amigos que me preguntan por qué no he regresado al país que me vio nacer, la respuesta sigue siendo una y rotunda: soy un exiliado político, la tiranía de la cual escapé está a punto de cumplir 60 años, sigue reprimiendo a quienes piensan diferente, y no me dejo esquilmar por el castrismo, que impone condiciones leoninas a quienes regresan.

El Canal 41, AmericaTeVe, me ha ofrecido ahora la oportunidad de comentar, cada viernes en el noticiero de las 5:00 p.m., filmes de algún modo alternativos que hoy abundan en plataformas de streaming como Netflix y Amazon Videos, y no estuvieron distribuidos convenientemente en las salas de cine, a pesar de ser notables.

La semana pasada, llamé la atención sobre un documental premiado en el Festival de Sundance, Cartel Land, del director Matthew Heineman sobre dos historias de los llamados “vigilantes” en ciudades que colindan con la frontera mexicana entre ambos países. Ante la poca intervención de sus respectivos gobiernos, estos individuos entienden que deben tomar la justicia por su mano.

La violencia que genera el tráfico de personas y el de las drogas, para su mercado prioritario que es los Estados Unidos, toca por igual a implicados y a inocentes.

Siempre me sobrecoge ver la frontera, donde un día dirimí accidentalmente mi vida futura, aunque sea a la cómoda distancia de una historia cinematográfica. Causa pavor la inseguridad y tanta corrupción, sin solución a la vista.

En un filme recién estrenado, Sicario: Day of the Soldado, segunda parte de lo que se supone sea una trilogía sobre el drama de esa geografía desolada y porosa, se afirma que el tráfico de ilegales resulta ahora más lucrativo que el trasiego de las drogas.

Mientras un muchacho mexicano americano, no precisamente de origen pobre, es educado como sicario, donde figura el asesinato como asignatura, para servir de intermediario en el productivo y abundante tráfico humano.

La frontera figura entre mis pesadillas, creo que también lo es para Estados Unidos y México.

Crítico y periodista cultural.

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