Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

Fin de la humanidad

Un inmigrante carga a su hija de tres años en McAllen, Texas, el 3 de julio, después de ser procesados por las autoridades de inmigración.
Un inmigrante carga a su hija de tres años en McAllen, Texas, el 3 de julio, después de ser procesados por las autoridades de inmigración. NYT

Varios países del mundo, empezando por los Estados Unidos presidido por Donald Trump, se muestran cada vez más duros en su rechazo a la inmigración. Digo países y no gobiernos porque en muchos casos, como en Alemania, donde el gobierno tiene toda la intención de ayudar a los refugiados, a la primera ministra Angela Merkel le ha tocado dar marcha atrás, debido a la presión de una parte del pueblo y de los otros partidos que hacen parte de su coalición de gobierno. En Inglaterra, los que votaron “sí” en el Brexit, lo hicieron principalmente por acabar con el libre paso entre las otras naciones de la CE y su nación; y ahora la ministra Theresa May no encuentra cómo explicarles a sus compatriotas que abolir el libre paso, significa también abolir la libertad a los bienes que entran y salen, desde y hacia los otros países, lo que golpearía duramente a la economía británica.

En los Estados Unidos la cuestión ha llegado a un nivel de crueldad nunca visto en el país de la libertad, con el gobierno separando violentamente a familias; 3,000 niños se encuentran actualmente en cárceles de inmigración, sin poder ver a sus progenitores. A raíz de una columna anterior que hice sobre el tema, vi comentarios de este tipo en mi página de Facebook: “esa gente se lo busca porque se ponen a tener hijos como animales”. No sé si quienes escriben estos comentarios tengan hijos, o si puedan acordarse algo de su infancia y el grado de desamparo e inseguridad que puede sentir una criatura, cuando de repente se ve en medio del mundo, sin ese lazo protector que son papá y mamá.

Piensen los lectores que son padre y madre qué sentirían si los obligaran a dejar a sus hijos sin saber quién ni dónde, en qué ciudad o estado los van a tener, cuándo los van a meter en un avión, cuándo en un bus, ni cuándo, o si alguna vez, los volverán a ver; y también hay que ponerse en la piel de esa criatura que tiene miedo, que espera y espera, y espera, y papá y mamá no los vienen a buscar o consolar. ¿Y los que son unos bebecitos de meses? ¿Se acordarán todavía de su madre? “Animales”, dicen. Va dando la impresión de que hay personas que defenderían a este presidente aunque le dé por organizar pelotones de fusilamiento.

¿Saben que es lo peor, lo más triste que he visto estos días? Corroborar que hay inmigrantes que llegaron aquí huyendo de lo que sea o en busca de una vida mejor, algunos con sus familias, que defienden esa salvajada.

Tanto en Europa como en los Estados Unidos, algunos políticos populistas están apelando a los instintos más básicos y la difamación, para meter miedo y llevar a cabo sus agendas ultranacionalistas. En el fondo no es más que racismo. Y una gente, por el color de su piel, su estatus, su pasaporte, el idioma o acento con que hablan el idioma, se cree más que otros humanos, y se olvida de su humanidad, para aceptar un trato cruel, salvaje y muy, muy egoísta, hacia otros humanos, que les da igual si son masacrados en una guerra, víctimas de una hambruna o separados violentamente de sus familias.

Cuidado, no hay que estar afiliado a ningún partido, para saber que el primero que puede peligrar, ante políticos pidiendo exclusiones o que la ley no se tenga en cuenta para un tipo de personas, es uno mismo.

Y la historia está llena de ejemplos.

Escritor colombiano.

Su novela más reciente es La Actriz, a la venta en Amazon.

Siga a Pedro Caviedes en Facebook: @pedrocaviedesautor

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de julio de 2018, 4:36 p. m..

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA