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Opinión

Teología de los migrantes

El padre Tom Carey (izq.) y los reverendos David Farley y Matthias Peterson-Brandt (der.) rezan junto al inmigrante guatemalteco Hermelindo Che Coc antes de una audiencia de inmigración en Los Angeles, el 10 de julio. Che Coc dijo que lo separaron en la frontera de su hijo de seis años, a quien enviaron a un albergue en Nueva York.
El padre Tom Carey (izq.) y los reverendos David Farley y Matthias Peterson-Brandt (der.) rezan junto al inmigrante guatemalteco Hermelindo Che Coc antes de una audiencia de inmigración en Los Angeles, el 10 de julio. Che Coc dijo que lo separaron en la frontera de su hijo de seis años, a quien enviaron a un albergue en Nueva York. AP

Por migrantes entendemos tanto los emigrantes como los inmigrantes. La Teología busca entender esa realidad humana desde Divina Revelación.

La prehistoria del Pueblo de Dios comienza con una emigración, la de Abrahán y los suyos desde Ur de los Caldeos hacia la tierra prometida, Canaán.

Con el tiempo, a causa de una hambruna, los descendientes de Abrahán emigraron a Egipto donde fueron bien acogidos, gracias al puesto que ocupaba el patriarca José en la corte del faraón (Gen 47).

Tras la muerte de José, el nuevo monarca comenzó a maltratar a los hebreos, y éstos, bajo el liderazgo de Moisés, escaparon hacia la tierra de sus orígenes. Ese desplazamiento se conoce como el Éxodo.

Los antiguos hebreos eran conscientes de su excepcionalismo. Dios los había elegido a ellos entre todos los pueblos para preparar un pueblo universal en torno al Mesías. Las leyes del antiguo pueblo de Dios prescribían buen trato hacia los extranjeros o inmigrantes.

Los israelitas nunca olvidaron sus orígenes de peregrinos. Lo recordaban en sus liturgias diciendo: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto y se estableció allí con pocas personas, pero se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso” (Dt 26, 5).

Ese recuerdo motiva la legislación compasiva hacia los extranjeros. “Si un emigrante reside entre Ustedes, no lo oprimirán. Será para Ustedes como el nativo y lo amarás como a ti mismo, pues también Ustedes fueron forasteros en la tierra de Egipto” (Lev 19, 33-34).

La era cristiana comienza con el nacimiento de Jesús fuera de Nazareth. Por razones de un censo, nació en las afueras de Belén de Judá (Mt 2), como un desamparado.

Poco después del nacimiento, la Sagrada Familia huyó de la persecución, y se refugió en Egipto. Una vez muerto el sanguinario rey, ellos regresaron. Jesús vuelve como un nuevo Moisés. Conoció el exilio y luego el retorno como nuevo éxodo, cargado de simbolismo religioso.

Al contemplar la vida pública de Jesús, admiramos el trato exquisito que él dispensó a extranjeros tales como un centurión romano (Mt 8, 5ss), una mujer sirofenicia (Mc 7, 24ss), y los samaritanos (Lc 10,25; 17,15-18; Jn 4,5ss).

El autor de la Carta a los Hebreos exhorta a ser hospitalarios con frase sorprendente: “No olviden la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (13,2).

Los autores cristianos de la Época Patrística (Siglo I al VII) comenzaron la reflexión teológica sobre las migraciones. San Agustín escribe que la hospitalidad trae enriquecimiento tanto para el acogido como para el anfitrión.

Dando un salto de siglos, llegamos al pontificado de León XIII (1878-1903); él decidió que en los países con muchos inmigrantes se formasen parroquias nacionales. El Papa Benedicto XV instituyó la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado (año 1914). El Papa Pablo VI formó la Comisión Pontificia para la Pastoral de las Migraciones. Al actual Papa, Francisco, le ha tocado ser testigo de un aumento sin precedentes de los flujos migratorios, y no se cansa de exhortar a brindar apoyo a quienes huyen desesperadamente de guerras y persecuciones.

El argumento teológico principal a favor de los migrantes radica en que “todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen” (Conc. Vat. II, GS Nº 29).

La apertura a los inmigrantes debe conciliarse con la necesidad de ciertos controles. Tienen su razón de ser las fronteras, los pasaportes y las visas. La inmensa mayoría de los inmigrantes vienen en son de paz. Pero, desafortunadamente también hay extremistas que entran en un país con intenciones aviesas. De todos modos, en circunstancias de emergencia, los países deben inclinarse hacia la compasión por los que huyen de situaciones intolerables. Y, por supuesto, nunca separar a los padres de sus hijos cuando cruzan las fronteras.

La salvación final depende de haber vivido plenamente el don de la fe viva, la cual se expresa por la caridad. Cuando llegue la hora del juicio, el Juez divino encontrará méritos en quienes lo acogieron en el inmigrante: “Vengan benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para Ustedes desde la creación del mundo...porque fui forastero y me hospedaron” (Mt 25, 34-35).

Sacerdote jesuita.

ebarriossj@gmail.com

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