Opinión

La caída de un rey

El rey Juan Carlos habla tras su abdicación con su hijo Felipe, el nuevo monarca español, en el Palacio de la Zarzuela, en Madrid, en junio del 2014.
El rey Juan Carlos habla tras su abdicación con su hijo Felipe, el nuevo monarca español, en el Palacio de la Zarzuela, en Madrid, en junio del 2014. AP

España es un país acostumbrado a los escándalos. Los hay de todo tipo, familiares, políticos, sexuales, administrativos, judiciales. Esta semana le ha tocado al rey emérito Juan Carlos I al filtrarse unas grabaciones de la princesa Corinna Zu Wittgenstein donde ella habla ampliamente de su relación sentimental con el ex rey y, sobre todo, de las “cosas” que él puso a nombre de ella y que ahora le reclama y ella se niega a devolver porque implicarían que ella habría delinquido al blanquear dinero.

Es el tipo de cosas que les pasan a los mega millonarios. Una ex novia joven y guapa y muy inteligente que consiguió mezclar riqueza con poder. Y mucho poder, porque el ex rey Juan Carlos fue durante casi cuarenta años el jefe de Estado de España. Defendió que su país y su corona continuaran al frente de la democracia cuando no aceptó las peticiones de un grupo de militares golpistas que asaltaron el Congreso de los Diputados una larguísima noche de febrero de 1981. Ese liderazgo lo catapultó a figura de homogeneidad en un país muy dado a las diferencias territoriales. Y, desde luego, lo volvió un héroe, una figura respetada pero sobre todo querida a la que pronto empezaron a aceptársele y protegérsele infinidad de menudencias y debilidades. La afición por la infidelidad descarada fue una de ellas, seguramente porque el machismo español disfruta tolerando los cuernos más aún cuando quien los pone es el hombre. Y a medida que aumentaba su familia con novias también se le permitía enriquecerse amparado por la inmunidad de su condición de monarca y que por muchos años las familias reales no tenían obligación de ser transparentes con sus gastos e ingresos.

Un día en Bostwana, durante una cacería de animales de alta gama, Juan Carlos tropezó fuera de su tienda de campaña y se partió la cadera. No estaba solo, junto a él estaba Corinna. El rey insistió en que lo operaran en la propia Bostwana pero su médico advirtió que no podía responsabilizarse de cualquier incidencia fuera de España. Al regresar a España el país se enteró de la existencia de Corinna mientras atravesaba una de sus peores crisis económicas y sociales. La reina Sofía no regresó a Madrid hasta que su marido le garantizara que Corinna sería expulsada del país y no siguieran juntos. El rey tuvo que acceder y también salió a la puerta de su habitación y pidió perdón públicamente. “No lo volveré a hacer”, dijo. Y empezó su caída hasta la abdicación en el 2014.

Pero las cintas donde Corinna explica cómo su amante la convirtió en testaferro escandalizan porque demuestran que el que fuera el héroe de una democracia y una nación terminó por convertirse en uno más de los personajes absorbidos por el abuso de poder y la necesidad de enriquecerse probablemente a cargo del contribuyente. Eso lo juzgará la ley, esperemos, igual que él mismo pidió una justicia fuerte y responsable para condenar las acciones no ejemplares de cualquiera de nosotros. Así se condenó a su yerno, el esposo de su hija la Infanta Cristina, a más de cinco años de cárcel. Pero, una vez más, la opinión pública se agita. Y unos intentan tratar este asunto como un “lío de faldas”. Otros pensamos en la decepción que provoca sentirnos engañados por un héroe que hace mucho tiempo dejó de ser.

Por eso he recordado las palabras que intercambié con la princesa Corinna en Miami hace varios años. “Lo primero que otorgas es la confianza. Y es lo primero que pierdes”, dijo.

Escritor y presentador venezolano.

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