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Opinión

El balance del poder

MCT

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, con esta frase da inicio León Tolstoi a su magna obra Ana Karenina, de la que me he acordado mucho viendo la nueva serie de HBO Succession, que se transmite todos los domingos en la noche en los Estados Unidos. La serie cuenta la historia de la familia Roy, con su patriarca Logan Roy en sus últimos años de vida, intentando salvar a su compañía, una especie de FOX News mezclada con los parques de atracciones y cruceros de Disney, tanto de los buitres exteriores que quieren despedazarla o apoderarse de ella, como de sus propios hijos, cuya ineptitud amenaza con acabarla.

Roy Logan es prácticamente un psicópata, ese hombre que se abrió camino a la fuerza, valiéndose de su falta de compasión, su disciplina y carácter, hasta formar un imperio, en el que la ética y la moral quedan relegadas por la codicia. Un tipo que no duda en valerse del poder que le proporciona ser dueño de una cadena de noticias, para manipular hasta al presidente. Su ética es tan nefasta, que no duda en circular en sus propios medios que uno de sus hijos, drogadicto en recuperación que lleva años sin tocar droga alguna, ha vuelto al vicio, solo para desprestigiarlo por una demanda que éste interpuso en su contra. Teniendo el mundo al alcance de sus manos, los Roy se las arreglan para ser unos completos infelices.

¿Lo serán así en la realidad familias que se encuentran en la cúspide de la riqueza y el poder? Seguramente habrá los que sí, cuyos herederos se arrancan los ojos para ganar poder y los que logran una transición más tranquila. Lo que sí es cierto es que sea cual sea la altura desde la que se mire el mundo, y quitando los problemas de la economía cotidiana que tenemos el resto de los mortales, se esté donde se esté, de emociones como los celos y la envidia, de rasgos del carácter como la avaricia, la lujuria, el egocentrismo o la vanidad, y de vicios como el alcohol, las drogas y el juego, no está exento nadie.

Y de esta forma tampoco lo están las decisiones que toman los magnates que presiden las empresas que emplean a tantos o que cambian el mundo innovando, ni los políticos que tienen el deber de hacer y ejecutar las leyes, se supone que pensando en el bien común por encima de los intereses privados y, por supuesto, de los propios. Que se haya creado un sistema de contrapesos y balanzas que logra hasta cierta medida mantener a raya esos instintos, gracias al control que unos ejercen sobre otros, parece más un milagro que algo intrínseco a la naturaleza humana. Y tal vez por eso, sea tan difícil sostener la democracia.

Y por eso mismo es importante cada tanto recordarlo. Sobre todo ahora, en estos tiempos de hombres fuertes que se quieren hacer elegir insignias de razas poderosas, y que nos gritan en los discursos que prácticamente no le creamos a lo que ven a nuestros ojos, ni a los que nos informan, sino a ellos, que ostentan ese báculo de los elegidos, a quienes debemos tratar como dioses que están por encima de la ley.

Pero es que esa ley, el imperio de la ley, es precisamente lo que nos separa de un mundo a lo Game of Thrones, o un gobierno que se maneja más como la familia Roy de Succession, que como una institución seria, creada para el bien de todos.

Escritor colombiano.

Su novela más reciente es La Actriz, a la venta en Amazon.

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Esta historia fue publicada originalmente el 27 de julio de 2018, 5:01 p. m..

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