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Opinión

DORA AMADOR: Ven

Te llamo, ¡escúchame! Con cada latido de mi ser; desde mis entrañas que te desean como la sierva sedienta, en busca de agua; como el que está al borde del más hondo de los precipicios elevando una mirada a las alturas, porque ahí es que te busco, arriba, en los cielos inabarcables. Sé que es un símbolo, un signo que brota del subconsciente: elevar las manos y los ojos a lo alto nos recuerda que nos superas, que estás por encima de todo, ¡y sin embargo, estás más dentro de mí que yo misma! Locura del amor mismo, Espíritu Santo, lléname de ti y que no me abandone jamás la alegría, el gozo perfecto, que es la certeza y la experiencia de que me habitas.

Termina la Pascua. Este domingo 23 de mayo los cristianos celebramos Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, que estaban encerrados en el Cenáculo, petrificados de miedo, junto a las mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús. La muerte del esperado Mesías que ellos pensaban que venía a liberar a Israel, es condenado a muerte como un criminal. Cómo no desesperar. Jesús en la cruz los había dejado incapaces de razonar ni discernir ni recordar las palabras del Maestro durante sus tres años de vida apostólica entre ellos, ni durante los 50 días que después de su resurrección les fue diciendo, cuando se les estuvo apareciendo resucitado no sólo a ellos, también a miles de discípulos, a miles de judíos y gentiles de toda Palestina (formada entonces por Galilea, Samaria, Judea) para que lo vieran, para que creyeran que la promesa se había cumplido: Jesús había resucitado de entre los muertos, y así mismo sucede con nosotros, resucitaremos.

A eso vino el Señor, manso, humilde, pobre: a ser la imagen visible del Dios invisible, a enseñarnos que Dios es Amor, y que es Padre de todos, que el que cree que Jesús es el hijo de Dios se salvará. ¡Buena Nueva! Dios nos ama incondicionalmente, nos redime, hemos sido salvados por la la sangre de su Hijo.

El domingo pasado celebramos la Ascensión del Señor, y nos lo prometió antes de irse: Que nos enviaría el Espíritu Santo, él nos daría la fuerza, la esperanza, la valentía que se necesita para proclamar el Reino de Dios, como corderos en medio de lobos. ¿Qué sucedió en Pentecostés, que de hombres temerosos, seguros de que los matarían si se atrevían a hablar en público de Jesús, se transformaron en osados predicadores del evangelio por todas partes, creando las primeras comunidades cristianas?

Lo que sucedió fue la llegada tempestuosa del Espíritu Santo sobre cada uno de ellos, como lenguas de fuego. Lo hemos ido leyendo día a día en ese libro maravilloso que es los Hechos de los Apóstoles. Ahí Lucas, el mismo autor del evangelio, amigo de Pablo, fue narrando lo que iba sucediendo en esas primeras comunidades cristianas y la inútil persecución judía, porque el miedo había desaparecido.

Tan bien nos lo recuerda Juan Pablo II: En los Hechos de los Apóstoles san Lucas describe la extraordinaria manifestación del Espíritu Santo como comunicación de la vitalidad misma de Dios que se entrega a los hombres y a las mujeres. Este don divino es luz y fuerza: luz, para anunciar el Evangelio, la verdad revelada por Dios, fuerza, para infundir la valentía del testimonio de la fe, que los Apóstoles inauguran en ese mismo momento.

Cristo les había dicho: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Precisamente para prepararlos a esa gran misión, Jesús les había prometido el Espíritu Santo la víspera de la Pasión, en el cenáculo, diciéndoles: “Cuando venga el Consolador, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15, 26-27).

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Amén.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de mayo de 2015, 11:00 a. m. with the headline "DORA AMADOR: Ven."

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