Opinión

Toga, birrete y orgullo

Alejandro Ríos Jr. al graduarse en la Universidad Internacional de la Florida.
Alejandro Ríos Jr. al graduarse en la Universidad Internacional de la Florida. Cortesía del autor

De haberme quedado en Cuba, muy probablemente no hubiera tenido un segundo hijo. Me había vuelto a casar, era muy feliz, pero vivía “agregado”, con apenas espacio vital para traer a la isla un nuevo problema. Tolerar, otra vez, “pioneros por el comunismo, seremos como el Che”, contribuir al hombre nuevo, en contra de mi voluntad; que se lo llevaran, sin consentimiento, a trabajar como esclavo en la agricultura, y terminara becado o como un soldado sin sentido en el servicio militar obligatorio, y luego, no pudiera escoger la carrera de sus sueños, si no fue lo suficientemente militante, y un día me dijera que cuando creciera quería ser extranjero, eran etapas de su crecimiento y desarrollo con los cuales no quería volver a lidiar.

Luché mucho para que mi hijo en dictadura, el primero, terminara siendo un hombre de bien y tan pronto me fue concedido el asilo político, lo rescaté de la incertidumbre y hoy ostenta una bella familia, sin la malsana interferencia de la ideología que lo hizo muy infeliz.

Dice mi esposa que dos desgracias nos unieron. En su caso, no haber podido escapar por el éxodo del Mariel con su familia; en el mío, regresar a Cuba como “repatriado” con mis padres. En el destino, con sus giros curiosos e insospechados, estaba prefigurado el encuentro.

Aquellas incidencias de nuestras vidas ocurrieron para que esta semana mi segundo hijo, nacido en libertad, con todo lo que encierra tan hermoso concepto, recibiera el diploma de Licenciatura, con altos rendimientos académicos, en Contabilidad, concedido por la Universidad Internacional de la Florida, apenas a unas cuadras de nuestro hogar.

La saga para llegar a tal apogeo de éxito nos hace reír nerviosos de alegría y llorar, porque es una aventura de amor total y perseverancia, como la vida misma, pero nunca con aquellas deleznables intromisiones doctrinarias, que tanto amargaron a mis padres.

Ha valido la pena experimentar los desvelos y las numerosas satisfacciones de verlo crecer física y espiritualmente. Hace apenas dos años nos regocijábamos con su primera graduación de importancia, en nuestro propio centro laboral por más de dos décadas, Miami Dade College, donde también se recibió con excelente aprovechamiento académico, y entonces el orgullo se disparó al cielo, el compromiso fue firme, decidió su rumbo profesional, y lo acometió con la misma entereza de siempre.

Aprendimos que, bajo ninguna circunstancia, la educación debe descansar completamente sobre la responsabilidad de la docencia y sus hacedores. El motor detrás de la carrera de Alejandro Jr. es su madre, madre cubana para más señas, quienes son las que hacen posible el alto porcentaje de cubanoamericanos graduados universitarios en los Estados Unidos, desde temprano en los años sesenta, hasta nuestros días.

Lo vimos cantar y bailar en otras ceremonias escolares, disfrazado y feliz. Saltamos de júbilo cuando encestaba la pelota de básquet y el corazón nos daba un vuelco si recibía un golpe del contrincante deportivo.

De toga y birrete, es nuestra epifanía. Hasta ahora, pocos momentos pueden compararse con este triunfo, en nuestra segunda oportunidad sobre la tierra, gracias a la generosidad del país a donde llegamos con la ropa que traíamos puesta.

Nunca el nombre de Alejandro Ríos se escuchó más bello que cuando subió al estrado para recibir su diploma.

Pero allá en el fondo –lo intuyo–, en la memoria materna siempre quedan imborrables esos primeros días en la escuelita cubana del North West, donde este muchacho que ahora se gradúa, hacía un acto de resistencia muy sutil para no alejarse de su mamá y cada vez que se despedía, le volvía a pedir “otro besito”, y demoraba la separación por unos segundos más.

Crítico y periodista cultural.

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