Opinión

¿Quién es el verdadero enemigo del pueblo?

El presidente Donald Trump habla en una concentración política el jueves pasado en la Mohegan Sun Arena en Wilkes Barre, Pensilvania.
El presidente Donald Trump habla en una concentración política el jueves pasado en la Mohegan Sun Arena en Wilkes Barre, Pensilvania. AP

Una de las películas favoritas de Donald Trump es, según él, Goodfellas, una historia sobre la mafia. El film refleja el Nueva York de la época en que los gángsters controlaban, entre otros negocios, el abastecimiento de materiales de construcción. En la vida real Trump se rozó con esos submundos ya desde muy niño, cuando su padre le llevaba por los condominios en edificación, para ir enseñándole el oficio. Se topó con toda clase de truhanes y matones. Y aprendió mucho más que el negocio de real estate, aprendió a admirar a los tipos duros que dominan a los demás con engaños, intimidación o lo que haga falta.

Por eso le fascinan los “Putines” de este mundo. Los imita. Y con frecuencia los supera: 4,229 mentiras comprobadas en 558 días en la Casa Blanca, de acuerdo al último cómputo revelado esta semana por The Washington Post. Periódico al que Trump detesta con particular saña, quizá porque tenga miedo a que destapen otro Watergate si siguen desenredando la madeja de sus embustes.

Ya sea contra el Post, The New York Times, CNN o cualquiera de las otras decenas de medios que informan la verdad con rigor, Trump ha hecho de los medios serios su caballo de batalla. Quiere silenciarlos, como sea. Sólo los leales que se plieguen al dictado de la Casa Blanca –como la sumisa Fox (¿Granma TV?)– tienen futuro en la América del César de Manhattan. Quienes desnuden al emperador serán severamente castigados: ¡a los leones del circo trumpiano!

El lunes la masa de leones enardecidos hostigaron a un periodista de CNN con abucheos de “traidor… fake news… CNN apesta… fuera de aquí” mientras todo se retransmitía en vivo. Fue el tercero de los tres episodios que en la última semana han escalado peligrosamente la guerra de Trump contra la Libertad de Prensa. Un derecho constitucional que él no sólo se niega a defender sino que pretende suprimir, utilizando la misma táctica de Lenin o Stalin, entre otros dictadores: etiquetar a la prensa como “enemiga del pueblo” (vrag naroda en ruso) e incitar a la violencia contra tal “enemiga”. Como primer paso de una estrategia orwelliana.

Nadie, incluida Melania, debe estar expuesto a información discrepante. “La única verdad c’est moi”, es el mensaje de Trump, al estilo de Luis XIV de Francia (L’etat c’est moi). En cólera entró días atrás al ver que la televisión de Melania en el Air Force One estaba sintonizada en CNN. Y ordenó que todas las pantallas de la Casa Blanca se conecten solamente a Fox. Parece a simple vista otra de sus pataletas enloquecidas, pero no lo es: la desinformación es el opio con el que se manipula al pueblo. Trump está ajustando las dosis de esa droga hasta conseguir que un suficiente número de ciudadanos tengan tan anulada la capacidad de reacción que sólo respondan a sus estímulos, a sus consignas. Que sólo le crean a él.

De momento está teniendo éxito con su manada. Como si de un experimento de Pavlov se tratara, cuando les dice fake news ellos saltan delirantes; al oír “los periodistas son la gente más deshonesta” se enfervorizan más; y el estruendo se vuelve apoteósico cuando les pita “la prensa es la enemiga del pueblo”.

Tal retórica hostil está creando un “movimiento de odio” que puede generar violencia física en cualquier momento. Y si algo le pasa a un periodista, Trump tendrá sangre en sus manos.

Atacando la Primera Enmienda ha violado el juramento de preservar, proteger y defender la Constitución. Los Padres Fundadores deben estar revolviéndose en sus tumbas. Uno de ellos, Thomas Jefferson, afirmó: “Si tuviera que decidir entre tener gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría un instante en elegir lo segundo”.

La prensa cumple una función vital en una democracia: destapamos corrupción y abusos de poder, vigilamos que los gobiernos rindan cuentas, confrontamos a los abusadores … en suma, informamos la verdad, le duela a quien le duela. ¿Qué defensa tendría una sociedad sin fuentes de información veraces? Somos el amigo del pueblo.

¿Se han preguntado por qué desde que llegó a la Casa Blanca nunca Trump ha demandado a los medios que tanto acusa de fake news? Es obvio: porque sus mentiras quedarían al descubierto ante los tribunales de justicia.

Sólo se atreve a engañar a audiencias que cree maleables. Es su forma de ir probando hasta dónde tolera la sociedad sus instintos autocráticos. De poner a prueba la fortaleza de la democracia de Estados Unidos. Como cuando hace días atacó a la prensa durante un discurso a los veteranos de guerra usando una frase similar a la del sistema totalitario descrito por George Orwell en su famosa novela 1984: “Estén conmigo. No crean la porquería de esta gente, de los fake news. Recuerden que lo que ven y leen no es lo que está sucediendo. No lo crean”, dijo Trump.

Yo hoy les invito a recordar que una sociedad sin prensa libre es el puente por el que se cruza de la democracia al autoritarismo.

Periodista y analista internacional.

Siga a Rosa Townsend en Twitter: @TownsendRosa

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