Opinión

El robo de la corona

La policía de Suecia inició una intensa búsqueda de los ladrones que el 31 de julio robaron dos coronas del tesoro real sueco.
La policía de Suecia inició una intensa búsqueda de los ladrones que el 31 de julio robaron dos coronas del tesoro real sueco. NYT

En Europa empiezan a alarmarse por el cambio climático, casi al mismo tiempo que en los Estados Unidos de Donald Trump dejan de preocuparse por el tema. Este miércoles en Lucerna, una de las ciudades más bellas y asediada por el turismo de Suiza, constaté como trastorna a los templados suizos que las temperaturas alcancen los 35 grados centígrados. La cara se les desajusta, el pelo bañado en sudor, el andar pesado. El olor corporal revelando más allá de lo que podemos entender. Con todo y eso, como son una nación ecológica desde 1292, son incapaces de usar aire acondicionado. Cero refrigeración para máximas temperaturas. Hay que ser muy suizo para aguantarlo.

Pero el calor en exceso es una realidad en el norte de Europa. El mismo miércoles, hacia las dos de la tarde, expertos ladrones robaban dos coronas pertenecientes al tesoro real sueco. Porque la temperatura era excesiva los testigos no creyeron que lo que parecía parte de una secuela de Ocean’s Eight, estaba pasando de verdad y dejaron escapar al ladrón, o ladrona, con todo el botín tras saltar a una lancha en marcha que escapó a toda velocidad y espectacularmente. Cosas así no podían suceder en la vida real a temperaturas tradicionales. El cambio climático no hace más que avanzar, trastornar y, en este caso, robar. Pero así como avanza, también avanza la negación del cambio climático. Y muy poca gente estará dispuesta a asociar un aparatoso y exitoso robo de coronas reales con el calor anormal. En Miami, donde hay calor todos los meses del año, cuando no hay un frío alarmante, nadie verá relación entre este mega hurto y la temperatura. Pero solo piense por un instante en la constante subida de temperaturas en un país acostumbrado a lo templado. Es raro, es inusual. Es tan peligroso como un robo de película.

En este verano anómalo, he descubierto Suiza. Y estoy enamorado. Me gustaría tanto ser de aquí pero la vida me hizo nacer en Venezuela. Precisamente, el padre de la democracia venezolana, Rómulo Betancourt, una de nuestras figuras democráticas que más veces se exilió, pasó por Berna en uno de ellos y al volver a Caracas expresó: “No somos suizos”. Cuánta razón tenía, cuánto se aprende en los exilios, por más dolor que produzcan. No, no somos suizos, ni los venezolanos, ni nadie. Porque los suizos son gente completamente democrática, desde siempre pero también muchísimo más rica que el resto del mundo. El promedio de ingresos anuales de un suizo supera los 80 mil dólares. Y lleva siendo así desde finales del siglo XIX. Como dicen los españoles: se lo han montado muy bien. Y lo notas en cada esquina. Los ríos, como el Rin, son navegables y puedes nadar en ellos, dejándote llevar por la corriente mientras vas observando riqueza en todas sus expresiones. Material. Espiritual. Y natural. Hay árboles que son ricos en todo. Hojas. Tronco. Historia. Ramas. Y personalidad. No olvidemos que la clorofila tiene el mismo color que el dólar.

Amo Suiza, que pena que para vivir en Zúrich necesite ganar muchísimo dinero. O robarlo. U ocultarlo. Pero es curioso como ninguna de estas malas cosas se perciben en los ciudadanos que van por la calle o suben y bajan de los tranvías, que por cierto son carísimos. Al contrario, todos parecen más educados pero porque son más disciplinados y listos, no porque oculten millones. Eso parece más bien algo que hacen los que son suizos. Los presidentes o reyes del tercer mundo. O de la propia Europa. Contradicciones del ser suizo.

Escritor y presentador venezolano.

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