Opinión

Elefantes

El presidente Donald J. Trump fustiga a los medios noticiosos en un discurso en Wilkes Barre, Pensilvania, el 2 de agosto.
El presidente Donald J. Trump fustiga a los medios noticiosos en un discurso en Wilkes Barre, Pensilvania, el 2 de agosto. Getty Images

Hace unos años cuando iniciaba la carrera presidencial que llevó a la Casa Blanca a Donald J. Trump, en una entrevista durante las primarias demócratas, una periodista le preguntó a Bernie Sanders que si él no fuese político cuál sería su oficio soñado, y el candidato respondió que presidente de CNN. Recordé esa anécdota esta semana cuando el presidente actual, en uno de sus trinos, llamó a la prensa el enemigo del pueblo.

“Enemigo del pueblo”, “falsas, falsas, falsas y asquerosas noticias”, son apenas algunos de los títulos que ha optado el presidente por darle a esa prensa que los Padres Fundadores de este país nombraron como uno de los pilares de la democracia. Pero la gente, o al menos los fervientes seguidores de Trump, un presidente que cuenta con casi un 90% de aprobación en el Partido Republicano, lo apoya en su cruzada.

No importa si en la realidad son los dictadores o cuasi dictadores como Nicolás Maduro, los hermanos Castro o Vladimir Putin, los que atacan o guillotinan a la prensa libre, para la gran mayoría de miembros del GOP, Trump está en su derecho de aplastar si le da su gana a quienes luchan porque la verdad salga a flote.

Y traigo el caso de Bernie Sanders no porque el senador por el estado de Vermont ataque mínimamente a la prensa como Trump, por el contrario es un político sumamente respetuoso de la libertad de expresión y la prensa libre, sino porque sus seguidores también ven con cierto recelo a los medios, que dicen están influenciados por los grupos económicos y grandes conglomerados.

Sanders también estaba en contra de los tratados de libre comercio y criticaba el actual sistema, aunque desde la óptica de que relega al trabajador y mima hasta la saciedad al accionista o propietario.

Tanto Trump como Sanders fueron lo que aquí en los Estados Unidos llaman outsiders, y aunque en extremos opuestos ideológicos, ambos encendieron a una base que desconfía a rabiar del establecimiento, ya sea político, social, económico o de los medios.

Y es esa desconfianza, no desmerecida en muchos casos, por cierto, lo que se ha convertido en caldo de cultivo, para organizaciones como los servicios de espionaje rusos y algunos cabilderos poderosos, entre otros, que han encontrado el impulso perfecto para difundir su mensaje y avanzar su agenda. Por un lado tienen el sentimiento (la desconfianza) y por otro el medio (las redes sociales, especialmente Facebook) que no controla si la información es verdadera o falsa, y tampoco le interesa, pues su negocio es recopilar, para vender, la mayor cantidad posible de información (datos) de la gente que interactúa en ellas.

En un mundo ya de por sí saciado de distracciones con cientos de canales de cable que alejaban a la gente de las noticias, en el que además irrumpieron Internet y las redes sociales, diversificando aún más la atención de las personas, ¿podrá alguna vez volver a presentarse una verdad sólida en la que crea la mayoría de la gente?

Decía el expresidente Obama hace unos días que el debate es bueno y necesario, pero que si él expresaba que estaba en ese momento en un podio, y con quien debatía decía que en un elefante, va a ser demasiado difícil. Pues tal parece que el mundo se nos está llenando de esos “elefantes”. Y el panorama no es muy esperanzador.

El cambio climático, el discurso xenófobo que se ha disfrazado de derecho en muchas democracias y el ataque de algún presidente a sus propios servicios de inteligencia cuando no dicen su delirante verdad, son unos pocos, pero muy graves ejemplos.

Escritor colombiano.

Su novela más reciente es La Actriz, a la venta en Amazon.

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