Opinión

En el reino de Janet Jackson

Janet Jackson interpreta su música el 8 de julio en Nueva Orleans. El 5 de agosto, la famosa artista cautivó al público de Miami con un concierto en el American Airlines Arena.
Janet Jackson interpreta su música el 8 de julio en Nueva Orleans. El 5 de agosto, la famosa artista cautivó al público de Miami con un concierto en el American Airlines Arena. Archivo

Todo fue muy casual. Me tropiezo con un anuncio en Facebook del concierto de Janet Jackson en el American Airlines Arena, como parte de su exitosa gira State of the World.

Medito por unos instantes antes de comprar las entradas, porque muchos artistas admirados luego no están a la altura de las expectativas, con el paso de los años, y prefiero recordarlos como los pude ver en Cuba, en video clips que casi gastábamos de tanto repetirlos.

Era sábado, la presentación ocurriría el domingo 5 de agosto. Me dije, ya no podré ver nunca al genio del hermano, al menos en vivo, como alguna vez soñé. Esta es la Jackson más joven, tal vez su mejor discípula, y adquirí las entradas. Nunca me arrepentiré de haberlo hecho. Fueron casi dos horas y cerca de treinta canciones de fiesta perpetua.

Confieso que la apertura del espectáculo resultó abrumadora. Pensé, por un momento, que estaba, otra vez, en el show ultra politizado de Roger Waters, el Pink Floyd que estuvo hace algunos meses en Miami. Estoy curado de espanto con respecto a cualquier modalidad de la “canción protesta”, porque en Cuba, era componente puntual del cansino adoctrinamiento cultural. Las militancias me provocan alergia, no lo puedo evitar.

Inteligentemente fue solo el comienzo del show, no creo que la Jackson hubiera querido alienar parte de su público que ya estaba bailando desenfrenado con el DJ que la antecedió.

En su álbum más famoso, Rhythm Nation 1814, del cual interpretó muchos números durante la presentación de Miami, se refiere a la violencia, el racismo, la desigualdad social, las adicciones, y a la necesidad de educarse, siempre mediante su peculiar ritmo contagioso, nunca con la letanía de otros cantantes famosos, quienes confunden los temas sociales con aburrimiento, castigando a sus seguidores.

Y así aconteció, después de dejar por sentado sus principios, fue clara con respecto a lo que ocurriría el resto de la noche: “¿Entendieron el mensaje?, ahora vamos a bailar”.

Paradójicamente, el mundo que Janet Jackson reclama en su música encontró en el coliseo miamense la más puntual equivalencia por ser el público, uno de los más diversos y melómanos de los Estados Unidos.

El baile es parte consustancial de nuestra cultura y a ella le dio por lucirse con sus influyentes y elaboradas coreografías, que convocan una parte de las habilidades únicas de su hermano y otra con movimientos que la han caracterizado desde los años ochenta, cuando despegó en solitario, luego de la experiencia común de los Jackson Five, una de las familias más espartanas del espectáculo americano.

Algunos de sus famosos videos, que la transformaron en una suerte de reina del Pop, título que aún hoy disputa con Madonna, me hicieron recordar aquellas magníficas jornadas de juventud en el apartamento de mis padres en La Habana del Este, donde habíamos recibido el primer reproductor de videos caseros, y disfrutábamos de lo lindo musicales de esta misma mujer que el domingo me seguía deslumbrando, a sus 52 años, con un dominio total del escenario.

Por disciplina, he tratado de escuchar a Rihanna o a Beyonce, elogiada hasta el delirio por el New York Times, ambas supersticiones de los medios sociales, fábricas de hits sobre elaborados, sin fijeza en la memoria sentimental, que debe ser la virtud primera de la buena música.

El domingo Janet Jackson sentó cátedra para nuestro deleite, junto a un grupo de bailarines de numerosas etnias que la engrandecieron en composiciones coreográficas terrenales, sofisticadas, pero como de barrio. Salimos eufóricos de la experiencia, con muchos de sus éxitos corriendo por nuestras venas.

Crítico y periodista cultural.

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