Opinión

El dilema de Uber

Un auto de Uber sin conductor espera en el tráfico durante una prueba en San Francisco, en diciembre del 2016.
Un auto de Uber sin conductor espera en el tráfico durante una prueba en San Francisco, en diciembre del 2016. AP

Esta semana la ciudad de Nueva York aprobó congelar por un año la concesión de nuevas licencias para servicios como Uber y Lyft. En este mismo paquete de medidas también se estableció un salario mínimo para los conductores empleados por estas aplicaciones. La razón que aduce la comisión municipal es que ante la proliferación de carros funcionando en estos servicios, se está presentando un alto incremento en el tráfico. Las medidas se mantendrán mientras se lleva a cabo un estudio de impacto sobre la congestión vehicular en la ciudad.

Recuerdo hace años cuando llegué a Miami que, para todos los efectos, el primer escollo a resolver era lo que aquí jocosamente llaman: “el transportation”. No importaba si se trataba de una carcacha, sin eso, abrirse paso en esta ciudad era una tarea titánica.

Con algunas mejoras, el servicio de transporte público de la ciudad sigue dejando mucho que desear, y los que se ven obligados a utilizarlo pueden pasar mucho tiempo esperando a que arribe un bus, soportar tediosas conexiones y, además, aguantarse el tráfico insoportable que, ese sí, cada día empeora.

Uber redujo hasta cierto punto ese problema, sobre todo con servicios como Uber Pool, que encuentra en el mismo vehículo hasta a cuatro pasajeros, que pagan tarifas más accesibles. Pero incluso los que utilizan el servicio de una sola persona pagando una tarifa más alta, en general quedan satisfechos con la ecuación tiempo de espera, tarifa, servicio.

Las bondades de Uber, Lyft y todos los llamados Vehículos de Alquiler con Conductor, son muchas. Por ejemplo, al utilizar aplicaciones como Waze o Google Maps, halla rutas alternas que logran reducir en cierto porcentaje los tiempos de viaje. Y ni qué decir de los que utilizan el servicio como su “conductor elegido” cuando salen de copas; en ese aspecto imagino que estos servicios cumplen una magnífica labor social, ya que evitan que muchos sean castigados con un DIU y además que haya menos accidentes. Por otro lado, como la aplicación siempre tiene el control de la ruta y la tarifa, es casi imposible que un pasajero sea estafado, a no ser que se den casos de abuso como los reportados hace unos días en El Nuevo Herald, de choferes inescrupulosos denunciando falsamente que un pasajero vomitó en su vehículo, para cobrar la tarifa de limpieza.

Estos servicios, además, han sido una ayuda de entrada monetaria, a veces extra, a veces la principal, para quienes han perdido su empleo o no encuentran.

Pero las dificultades empiezan cuando parte de la solución se convierte también en el problema, y a la vez ese problema señala otros.

Parte ya se explica con lo sucedido en Nueva York, donde el tráfico ha aumentado y además hay miles de empleados cuya hora a veces termina siendo muy mal remunerada. A su vez, estos mismos empleados mal remunerados, ya no aparecen en las cifras de desempleados, lo que puede estar enviando señales equívocas sobre el estado de la economía.

No es lo mismo un país que genera empleos sólidos, que le garantizan un salario que le permite una calidad de vida decente y ciertos beneficios a los empleados, que uno que genera empleos de poca calidad, sin ningún beneficio y expuestos a que, con la libre contratación de más y más personas que no encuentran otro trabajo, sus salarios se reduzcan todavía más.

Ante lo sucedido en Nueva York, Uber dice que el resultado será más tiempo de espera y tarifas más altas, lo que me imagino que devolverá a algunos neoyorquinos a su tradicional metro.

Pero esta opción, lastimosamente, a pocos les serviría en Miami.

Escritor colombiano.

Su novela más reciente es La Actriz, a la venta en Amazon.

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