Opinión

No soy un adicto, pero...

Para muchos, la plataforma Facebook y otros medios sociales se han convertido en un medio de exhibición de su vida.
Para muchos, la plataforma Facebook y otros medios sociales se han convertido en un medio de exhibición de su vida. AP

Durante mucho tiempo resistí la tentación de abrir una cuenta en Facebook. Los amigos se asombraban: “Pero, ¿tú no estás en Facebook?”. En lugar de explicarles mis razones y solo por evitar polémicas, optaba por encogerme de hombros. En esa época, el concepto de “redes sociales” me resultaba ominoso. Era un miedo irracional. Temía que si entraba a ellas terminaría entrampado al igual que los peces en las de los barcos pesqueros; o atrapado para siempre, como los insectos, en las telarañas de los jardines. “Es solo para reencontrarse con viejos amigos y compartir con ellos nostalgias comunes”, me decían. Pero ni así lograban convencerme. Yo tenía un teléfono inteligente; es cierto. Pero solo lo usaba para chequear mis emails y enviarles mensajes de texto a mis hijos.

Para entonces ya se hablaba de que el uso excesivo –híper conectividad le llamaban– estaba a punto de convertirse en adicción. La idea de llegar a ser un adicto digital me aterraba. Sobre todo después de ver en un restaurante cómo un matrimonio, antes de abrir el menú, sacaban sus respectivos teléfonos y se concentraban en ellos. Recuerdo que no dejaron de hacerlo ni siquiera cuando les sirvieron el vino. Cenaron en silencio sin dejar de mirar sus celulares que descansaban encendidos sobre la mesa. Los postres no lograron sacarlos de su mutismo. Y se marcharon sin haber pronunciado una sola palabra entre ellos.

No abrí una cuenta en Facebook hasta que el Nuevo Herald me pidió que lo hiciese para poder dar a conocer mis artículos. Primero fueron las columnas de opinión, seguí con las reseñas de libros y con las crónicas de viaje. Lo de las fotos vino después. Me acostumbré a documentar visualmente cada una de las ciudades visitadas: catedrales, castillos, palacios, monumentos y paisajes. Hasta que terminé compartiendo momentos personales. Así fue como comencé a “navegar las redes”. Me adentré en el mundo de Facebook y poco a poco fui incorporando a mi vocabulario, en sus nuevas acepciones y de una manera bilingüe, palabras como Like o Me gusta, Share o Compartir, Tag o Etiqueta y Wall o Muro que era, de todas, la que más me intrigaba. La primera vez que alguien en mi presencia dijo: “Voy a subir estas fotos a mi muro”, quedé perplejo. Pero solo por poco tiempo. Pronto yo también estaría subiéndolas; o colgándolas, que me parece que suena mejor. Y, desde entonces, no he dejado de hacerlo.

De toda la parafernalia digital lo que más me gusta son los emojis, esas caritas amarillas que tanto utilizan los usuarios de Facebook y que pueden transmitir, sin palabras, diferentes emociones: alegría, tristeza, aburrimiento, asombro, rechazo y furia. Yo las uso todo el tiempo. Cada vez que chequeo mi teléfono en busca de nuevos likes, contesto con una carita. Sí, lo confieso: no suelto el dichoso celular. Por suerte, hasta ahora, nunca lo he usado en los restaurantes. Aunque nunca se sabe. No estoy adicto, pero...

Escritor cubano.

manuelcdiaz@comcast.net

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