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Opinión

ROBERTO CASIN: Ellos no merecen piedad


Militantes del grupo yihadista Estado Islámico (EI) exhiben sus armas y su bandera en un camino recién abierto en el norte de Irak, cerca de la frontera con Siria, el pasado junio.
Militantes del grupo yihadista Estado Islámico (EI) exhiben sus armas y su bandera en un camino recién abierto en el norte de Irak, cerca de la frontera con Siria, el pasado junio. AFP/Getty Images

No suelo repetir de una semana a otra el tema de mis columnas. Pero hay ocasiones como ésta en la que te la ponen en la mano, y no hay forma de dejarla pasar. Menos cuando es el propio Presidente quien te la regala. Algunos dirán que la tengo tomada con Obama. Pero todo lo contrario. En el fondo le estoy hondamente agradecido por darme tanto trapo por donde cortar. Sin ir más lejos. Que después de todo lo que nos prometió y no hemos visto, su falta de firmeza ante los salvajismos del Estado Islámico ha rebosado con creces la copa. Resulta que el mundo, que siempre ha sido un sitio muy peligroso, es ahora además un lugar donde las víctimas, nosotros, les hacemos la vida cómoda a los victimarios.

En los últimos años hemos adquirido una costumbre peligrosa, la de buscar que sean otros los que nos saquen las castañas del fuego. La heterogénea coalición internacional en la que EEUU cifra sus mayores esperanzas para “destruir” a los islamistas lo confirma. Según Obama, esta guerra será diferente a las de Irak y Afganistán, porque no involucrará a tropas de combate estadounidenses en suelo extranjero, y solo habrá operaciones aéreas. ¿Serán incursiones de tierra arrasada? Ni hablar. El enemigo se parapeta detrás de niños, ancianos, mujeres, y levanta cuarteles en instalaciones civiles. Esa es una de las razones por la que los ataques aéreos contra los yihadistas no han dado el resultado esperado en Yemen ni tampoco en Somalia.

Para muchos la estrategia del Presidente está llamada al fracaso de antemano y más pronto que tarde tendrá que dar otro de sus habituales tumbos. El Estado Islámico no es, como él dice, simple y llanamente una organización terrorista. En los últimos tres años, desde que empezaron a hacerse fuertes en Siria, han sobrado las advertencias. Pero como dejamos correr la bola, el paisaje se ha hecho tenebroso: la CIA ha triplicado sus estimaciones y considera que los soldados del califato podrían sumar unos 30 mil, constituyen un ejército convencional armado hasta los dientes, controlan entre Siria e Irak un territorio equivalente a la superficie del Reino Unido, gobiernan ciudades, recaudan impuestos, reciben alrededor de tres millones de dólares diarios por concepto de ingresos petroleros, y disponen de un efectivo aparato proselitista en internet y las redes sociales.

Por falta de consejos no ha sido. El general Lloyd Austin, jefe del Comando Central estadounidense, lo sabe por experiencia propia. En el 2010 advirtió a Obama del retiro de todas las tropas de Irak y le recomendó que dejara en ese país 24 mil soldados para prevenir un resurgimiento de los terroristas. Ni modo. Según el diario The Washington Post, el Presidente ignoró por segunda vez al general cuando éste le sugirió que la mejor manera de derrotar al Estado Islámico era enviando al terreno un “modesto contingente de tropas estadounidenses, principalmente fuerzas de operaciones especiales”. Nada, que las lecciones del pasado son letra muerta en la Casa Blanca.

La gran ironía es que a pesar de ser un hombre obstinado, Obama se desdice con regularidad. En mayo del 2013 pidió derogar la autorización dada por el Congreso a Bush tras los atentados del 9-11 para emplear la “fuerza necesaria y adecuada” contra los terroristas. De no hacerlo, argumentó, EEUU podría verse arrastrado a “más guerras que no necesitamos librar, o seguir dando al Presidente poderes sin límites, más apropiados cuando se trata de conflictos armados tradicionales”. Paradójicamente, esa es la ley a la que acaba de echar mano creído de que podrá derrotar a los islamistas intimidándolos desde el aire.

Se sabe que las guerras son terribles, desgarradoras, perversas, destructivas. Todo eso y más. También, en ocasiones como ésta, imperiosas. Los periódicos llevan años relatando la crueldad y brutalidad a las que nos enfrentamos. De modo que no viva empeñado, señor Presidente, en que su misión es acabar con las guerras y no emprenderlas. Instrúyase en materia militar, escuche más a sus generales, déjese de guaperías a la defensiva, y procure que los soldados del califato no sigan decapitándonos impunemente. Está muy bien que se proponga hacer puré a los degolladores. Pero pásele además la cuenta a sus mentores, cómplices e idólatras, igualmente culpables. Haga cundir el escarmiento para que nos respeten. Todos dormiríamos más tranquilos si ninguno de los nuestros volviese a quedar atrás indefenso y desamparado.

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de septiembre de 2014, 3:00 p. m. with the headline "ROBERTO CASIN: Ellos no merecen piedad."

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