Opinión

Un irresistible culebrón llamado Omarosa y la dulce venganza

Omarosa Manigault en un mitin de campaña de respaldo al entonces candidato Donald Trump en Charlotte, en octubre de 2016. Poco imaginaba entonces el hoy Presidente que aquella aduladora un día publicaría un explosivo libro sobre él.
Omarosa Manigault en un mitin de campaña de respaldo al entonces candidato Donald Trump en Charlotte, en octubre de 2016. Poco imaginaba entonces el hoy Presidente que aquella aduladora un día publicaría un explosivo libro sobre él. TNS

Donald Trump concluye una semana de venganzas al mejor estilo nixoniano. Con amenazas de seguir eliminando a toda su lista de enemigos, es decir, a quienes se atreven a cuestionarle ejerciendo la libertad de expresión; o a los aduladores arrepentidos y otros ex-lacayos rebeldes. El reparto de venganzas entre los primeros le ha tocado de momento al ex director de la CIA John Brennan. Y entre los segundos a la despechada Omarosa Manigault. Ambos tienen el coraje de retarle sin dejarse intimidar, justo lo que el débil ego de Trump no soporta.

Enfurecido, el miércoles recurrió al “arte de la distracción”, fabricando una controversia para distraer de otra que le atormenta más. Castigó al exjefe de espías quitándole el acceso a secretos, a fin de desviar la atención de las acusaciones de Omarosa que, para mayor infortunio del señor Presidente, surgen al tiempo que se estrecha el cerco legal del 'Rusiagate' y además es inminente la sentencia a su exjefe de campaña, Paul Manafort.

Pero esta vez es dudoso que el país caiga en la trampa de la distracción. Y aunque la represalia de corte dictatorial contra Brennan para silenciar a otros potenciales críticos tiene serias implicaciones y merece un debate nacional, estos días el “culebrón” Omarosa (telenovela) es irresistible: Trump y Omarosa son tal para cual, torturadores natos, amantes del drama… él considerado racista por una mayoría de ciudadanos y ella de la raza negra y con la sartén por el mango.

La enfermiza relación viene de lejos.

En 2004, tanto le fascinaba a Trump la crueldad de Omarosa que la convirtió en la estrella malvada de su programa, The Apprentice. Era su mejor alumna: mentirosa, narcisista, vengativa, despiadada, traidora ... Y ahora quiere devorarlo con las mismas armas letales que aprendió de él. Incluso más mortíferas, porque no le teme, sabe muchas confidencias, tiene grabaciones y –a diferencia de otros truhanes expulsados de la órbita trumpista (Manafort, Gates, Flynn, Cohen…)- ella no tiene cuentas pendientes con la justicia.

Ni nada que perder, y sí mucho que ganar: fama, dinero por la venta de su libro y reparación de imagen gracias a la ayuda del propio Trump y sus insultos -“perra”, “escoria”- que la están transformado de villana en víctima. Papel que hábilmente interpreta en las entrevistas, haciendo revelaciones que han puesto frenético a Trump. Bastante le debe preocupar que su aprendiz tuviese otras grabaciones y pruebas comprometedoras, además de las tres divulgadas. Sobre todo si pueden darle munición al fiscal que investiga el Rusiagate, Robert Mueller.

Tal fue el caso el martes, cuando la exconfidente dijo que “Trump conocía los emails hackeados de Hillary antes de que WikiLeaks los divulgara”. De ser cierto, corroboraría la existencia de un delito de conspiración. Omarosa no aportó pruebas en ése momento, pero algún nervio debió tocar cuando Trump inmediatamente intentó desviar la atención del tema creando la controversia Brennan, aunque sin demasiado éxito porque ya estamos inmunizados contra sus trampas.

Hay que tener el cerebro de un mosquito para no darse cuenta de que manipular la opinión pública ha sido, desde el principio, la única constante de la presidencia de Trump (pero aparentemente hay muchos mosquitos).

El escándalo Omarosa saltará a otro, y a otro después, y así consecutivamente mientras en la Casa Blanca mande don Donald. Lo que hay que preguntarse es por qué se ha rodeado frecuentemente de personajes sórdidos. Dime con quién andas y te diré quién eres. Algunos ejemplos:

▪ Michael Cohen, su exabogado y fixer, bajo investigación por varios delitos. El FBI le requisó cientos de de miles de documentos y grabaciones, incluidas las que le hizo a Trump. Está colaborando con la fiscalía.

▪ Paul Manafort, ex jefe de campaña, pendiente de sentencia por 18 delitos de corrupción.

▪ Rick Gates, consultor de la campaña, se ha declarado culpable de cometer delitos con Manafort y está colaborando con el fiscal Mueller.

▪ Dos secretarios de su gobierno, Scott Pruit y Tom Price, han dimitido por abusar de fondos públicos, despilfarro y tráfico de influencias.

▪ El actual secretario de comercio, Wilber Ross, ha sido acusado de estafar $120 millones, lo cual él niega.

▪ Felix Sater, ruso vinculado a la mafia, cumplió condena en prisión federal. Fue socio de Trump en el proyecto Trump Soho.

Son solo algunos nombres de una larga lista. Y con amigos como esos, Omarosa resalta como un ejemplo de virtudes. Así debió pensar Trump para ofrecerle un puesto de asesora en la Casa Blanca con un sueldo de $179,000. Aunque esta semana, ya intoxicado por el orgullo y la rabia, ha declarado que “solo” la contrató porque “hablaba muy bien de mí”.

Hasta que ha dejado de hacerlo y ahora quiere amordazarla. Hace apenas unas horas Trump la ha demandado para impedir que siga haciendo explosivas revelaciones. A lo que la ex apprentice, poniendo cara de pitbull, ha respondido: “No me va a silenciar”.

Al mismo tiempo, los abogados de Trump han amenazado a la editorial Simon & Schuster para que detenga la publicación del libro de Omarosa sobre el presidente. Obra que, muy apropiadamente, se titula Desquiciado.

Periodista y analista internacional. @TownsendRosa

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