Opinión

ARMANDO GONZALEZ: Petróleo, oleoductos y ferrocarriles

El líder de la mayoría de la Cámara, Kevin McCarthy, republicano por California (izq.), junto con el aspirante al Congreso French Hill, visita la empresa Welspun Tubular en Little Rock, Arkansas, que tiene más de 350 millas de tubos esperando por el inicio del oleoducto Keystone XL.
El líder de la mayoría de la Cámara, Kevin McCarthy, republicano por California (izq.), junto con el aspirante al Congreso French Hill, visita la empresa Welspun Tubular en Little Rock, Arkansas, que tiene más de 350 millas de tubos esperando por el inicio del oleoducto Keystone XL. AP

Yo no soy fanático de la tesis de “calentamiento global” como lo plantean sus seguidores, pero tampoco cierro mis ojos (ni mi cerebro) a la realidad que bombardear la atmósfera con dióxido de carbono no puede ser un hecho deseable. Por lo tanto soy partidario de reducir la generación de gases de invernadero pero hacerlo de forma racional, guiados por principios científicos y no por ideología mal fundamentada. Charles Krauthammer, mi columnista favorito, definió a estos ideólogos como “la Iglesia del Calentamiento Global”.

Las predicciones de catástrofe dependen de modelos. Los modelos dependen de presunciones sobre sistemas planetarios altamente complejos –desde corrientes oceánicas a formaciones de nubes– que nadie entiende a cabalidad. Es por eso que los modelos son, inherentemente defectuosos y en cambio continuo, y hacen las predicciones enteramente especulativas. Pero, aun con esa base especulativa, los ambientalistas, apoyados por científicos y políticos aprovechados, promueven regulaciones sociales y económicas de carácter radical. Hace algunos años, el entonces presidente de la República Checa Vaclav Klaus, dijo: “ La mayor amenaza a la libertad, la democracia, la economía de mercado y la prosperidad ya no es el socialismo. Es, en su lugar, la ambiciosa, arrogante e inescrupulosa ideología del ambientalismo”.

Por más de un siglo, una clase ideológica, planificadores sociales, científicos, intelectuales, expertos y sus aliados en la izquierda política, se han abrogado el derecho a dirigir la sociedad a nombre de una clase trabajadora oprimida (comunismo) o, en su forma más benigna, en virtud de su capacidad para lograr el máximo progreso social por medio de planificación del estado (socialismo).

Hace más de dos décadas, sin embargo, socialismo y comunismo encontraron su final (aunque quedan algunos vestigios) ante la marcha de la superioridad del capitalismo de mercado desde Gran Bretaña hasta China donde la abolición parcial del socialismo sacó a más chinos de la pobreza, más rápidamente que nunca antes en la historia de la humanidad.

Fue aquí, al final de sus teorías, que la izquierda intelectual encontró su tabla de salvación: el ambientalismo. Ahora, los “expertos” quieren regular nuestras vidas, no en nombre del proletariado o del socialismo fabiano, sino a nombre del planeta Tierra.

No debe sorprender a nadie que los feligreses de la Iglesia del Calentamiento Global hayan unido sus esfuerzos para oponerse a la instalación del oleoducto Keystone XL que transportaría petróleo crudo del oeste de Canadá a las refinerías de Texas y Louisiana, para lo cual cuentan con el apoyo del presidente Obama. Los fanáticos asumen que así protegen el medio ambiente. Pero no contaron con los ferrocarriles que, ahora, con caravanas hasta de 100 vagones transportan petróleo de pueblo a pueblo en Estados Unidos y Canadá.

Pero esto ha traído otros riesgos. En julio del pasado año, un tren de 72 vagones de petróleo se soltó de sus frenos, rodó cuesta abajo por siete millas a una velocidad hasta de 65 millas por hora hasta que explotó en Lac-Migantic, Québec, incinerando a 47 personas y destruyendo el centro del pueblo. El Transportation Safety Board (TSB) de Canadá identificó 18 fallos que incluyen, entre otros, falta de estándares apropiados, falta de entrenamiento y vagones frágiles. Las instrucciones para corregir esos fallos no se hicieron esperar. Los operadores de ferrocarriles deben ahora llevar a cabo ejercicios de práctica para vagones con productos inflamables y llevar estos ferrocarriles por las rutas de baja densidad de población. Donde esto no sea posible, se limitará la velocidad a 40 millas por hora.

En cuanto a vagones más sólidos, se tomará más tiempo ($35,000 por vagón). 14,000 de estos ya existen en Estados Unidos, pero 78,000 modelos frágiles están aún en servicio. No hay señales que esto cambie. La Canadian Association of Petroleum Products estima que en 2016, 700,000 barriles de petróleo diarios serán transportados por ferrocarril. La cifra el año pasado fue 200,000. Los ferrocarriles de Estados Unidos circularon 434,032 vagones de petróleo en 2013 (a diferencia de 9,500 en 2008). Y el gobierno de Estados Unidos no puede controlar el tráfico por ferrocarril.

Si los ideólogos derrotaran el proyecto del oleoducto Keystone XL, ¿qué habrán logrado? Negarle a su país la oportunidad de crear miles de empleos bien remunerados y llegar muy cerca de su independencia energética. ¿Ayudarían al medioambiente? No. Canadá simplemente construirá un oleoducto en su propio territorio, desde Alberta hasta la costa del Pacífico y embarcará el petróleo en buques tanques que lo transportarán principalmente a China, donde será usado para producir energía y contaminar el medio ambiente sin la vigilancia y restricciones imperantes en Estados Unidos.

¿Y el oleoducto Keystone XL? Reduciría significativamente el negocio de los ferrocarriles, de los cuales, el primer afectado sería Burlington Northern Santa Fe Railroad, propiedad de Berkshire Hathaway, cuyo accionista principal y chairman es Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, que ha acumulado un gran récord de respaldo económico a las campañas del presidente Obama.

¿Hay alguna conexión? Yo no puedo probarlo, pero la evidencia circunstancial está delante de todos. Que los lectores hagan su propio juicio.

AGonzalez03@live.com

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