Opinión

McCain y el fin de los héroes

Qué gran triunfo es una vida bien vivida. Como la del gigante que se acaba de ir, John McCain. Heroico en la guerra y en la paz. Después de él queda un paisaje político repleto de enanos.

Enanos son quienes hacen de la cobardía, del interés propio y del tribalismo sus banderas. Justamente lo opuesto a los valores que guiaron la extraordinaria travesía de McCain por este mundo, desde sus años de cautiverio en la guerra de Vietnam hasta las batallas en Washington, que fueron muchas a lo largo de 38 años. Unas las ganó y otras las perdió, pero todas las peleó con valentía, patriotismo y honestidad, que eran sus banderas.

Nadie puede acusarle de haber sido traficante de demagogia, ni mucho menos de mendacidad. (Nadie, excepto quienes sí trafican con ellas, los enanos morales a los que me referiré brevemente después). McCain fue, ante todo, un hombre honesto, fiel a sus principios y a su patria. Luchó por sus ideales, aunque a veces fuera contra corriente de la ortodoxia republicana y le costara apoyos o popularidad. Y, con la humildad que solo poseen los grandes, cuando cometía errores los reconocía y rectificaba: “La imperfección y el honor siempre están compitiendo”, solía decir. Pero en su caso el honor ganó con creces esa contienda.

Se distinguió por la magnanimidad con sus adversarios políticos, admitiendo que nadie posee el cien por cien de la verdad. Hasta el punto de que cuando ya la muerte le acechaba muy cerca pidió a dos de ellos que hablaran en su funeral, los dos que le derrotaron en su mayor aspiración: George W. Bush y Barack Obama. Serán los expresidentes quienes este sábado elogien la vida de McCain en el funeral en la Catedral Nacional de Washington. Todo un tributo a lo que el difunto senador simbolizó: el civismo en la política, anteponiendo siempre los intereses de la nación a los de un partido o una elección.

La invitación a sus excontrincantes por la presidencia, así como al exvicepresidente Joe Biden –que ayer hizo una entrañable remembranza– significa un último llamamiento de McCain a favor de la cooperación y el consenso bipartidista. Un mensaje póstumo de que cruzar la frontera ideológica cuando está en juego el bien común no es una traición, sino una muestra de respeto por las normas de convivencia civilizada y el altruismo. Las normas que aún con altibajos han regido el debate político de Estados Unidos hasta la llegada de Donald Trump, en que los demonios del insulto y la bajeza se han adueñado de la presidencia. Tolerados por el atavismo tribal –el enanismo– en el que han caído los republicanos del Congreso.

El actual inquilino de la Casa Blanca, tan mezquino como amoral, narcisista e inseguro, ha exhibido sus peores instintos ensañándose contra McCain durante su agonía e incluso después de su muerte. Le odia sencillamente porque McCain le recuerda todo lo que Trump no es, ni nunca podrá ser: noble y recto de espíritu, abnegado; y admirado alrededor del mundo. Le odia porque McCain ha dedicado su vida a luchar por la libertad y por la patria, mientras que a Trump sólo le importan su dinero y su poder. Le odia porque McCain representa lo mejor de América.

Y lo mejor de América se ha reunido toda esta semana para despedirle y estará presente mañana en su funeral oficial en Washington. Trump, por supuesto, no asistirá. Ya es el segundo funeral del que le excluyen, el primero fue el de Barbara Bush; como también le vetaron de la boda del príncipe Harry de Gran Bretaña y Meghan Markle. De hecho Trump es persona non grata en el club más selecto del mundo, el de los presidentes de Estados Unidos. No se lleva bien ni habla con ninguno. Son demasiado distinguidos para su nivel de vulgaridad. En camino va de pasar a la Historia como un paria.

McCain, por el contrario, pertenece a esa estirpe de estadistas que la Historia trata con reverencia. La que merecen quienes nunca vendieron su alma al diablo de la intolerancia en cualquiera de sus formas, incluidos los nacionalismos, populismos y otros canibalismos políticos. McCain fue enemigo acérrimo de los déspotas del mundo y paladín del liderazgo global de EEUU.

Fue eso y mucho más. Luchador pero a la vez romántico, como quiso dejarnos claro con los versos bíblicos que él mismo seleccionó para sus funerales –“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he conservado la fe”–; y con la canción de Frank Sinatra que sonó en la ceremonia de recordación, “My way”.

Murió como vivió, his way, con entereza, mirando de frente a la adversidad. Pero se ha ido cuando más le necesitábamos, sin héroes –hasta el momento– que retomen su antorcha.

Periodista y analista internacional.

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