Opinión

Tiempos difíciles

Un grupo de personas entra en un evento de Google en San Francisco, en octubre del 2017. El presidente Trump ha acusado a la firma de Internet de manipular resultados de búsquedas para perjudicarlo.
Un grupo de personas entra en un evento de Google en San Francisco, en octubre del 2017. El presidente Trump ha acusado a la firma de Internet de manipular resultados de búsquedas para perjudicarlo. AFP/Getty Images

El auge de Internet como la nueva llave maestra de la que nos servimos para llevar a cabo gran parte de nuestros oficios y satisfacer muchas de nuestras necesidades, ha dejado en el camino un reguero de víctimas. Lo vemos en un paisaje urbano radicalmente cambiado: tiendas de alquiler de películas y de música, cadenas de librerías y almacenes de ropa y juguetes, entre otras, o cada vez son menos, o ya son fósiles. Además, cada día más personas hacen el mercado a través de la red y, entre las aplicaciones de teléfono y los cajeros automáticos inteligentes, las sedes de los bancos se van haciendo obsoletas.

Pero no solo se trata de las fachadas de las ciudades. Dentro de los hogares, esa reina del último siglo, la televisión, está siendo destronada. Y con ella los noticieros. Y así mismo, el periódico adornando las puertas de las casas en la madrugada, ya es más bien una rareza. La radio ya más que de AM o FM se trata de la aplicación que nos conoce el gusto musical o contiene la cadena de noticias que nos interesa, si acaso.

No sé cuándo se tomó la decisión, pero un día los lectores de la prensa nos encontramos con que escribiendo una dirección en el browser, podíamos leer completito y gratis, ese mismo diario que teníamos que pagar en papel. Tal vez unos calcularon que de esa forma captarían más lectores, y que los anuncios clasificados y la publicidad que se estampaba en el papel podría reproducirse igual en las pantallas de los ordenadores (en ese entonces todavía no se podían leer en teléfonos y tabletas), pero el caso es que, cuando unos lo hicieron, los demás, quizá por no quedarse atrás, los siguieron.

Pero, o el cálculo resultó fallido o nadie tenía por qué adivinar, que detrás venían pidiendo pista las redes sociales. El caso es que quienes ejercían el periodismo, un oficio que, a pesar de su vital importancia para el sostenimiento de las democracias, nunca fue bien pago, resultaron cada día peor remunerados, o se encontraron sin trabajo. Los periodistas se van quedando solos en su titánica tarea de hacer rendir cuentas a los poderosos, desenmascarar a los bandidos e informar al pueblo.

Pero tal vez no nos hemos dado cuenta de lo que esto significa. Experimentos de sociedades sin prensa o sin una prensa libre ha habido muchos: la dictadura de los Castro en Cuba; el régimen de Putin en la Rusia actual o la Unión Soviética de antaño; la dinastía Kim en Corea del Norte; Chávez y Maduro en Venezuela; Mao en China; varias dictaduras militares en Latinoamérica; entre otros, han resultado todos en el mismo desastre.

El gobernante se convierte en un déspota, y el pueblo reprimido queda sometido a los caprichos del bribón de turno, que vive para acumular más riqueza y poder, a costa del hambre y el sufrimiento de sus gobernados.

No puedo pensar un comportamiento más irresponsable que el de un presidente de los Estados Unidos llamando a la prensa “enemigos del pueblo”. No solo está atacando éste un pilar de la democracia, sino que, ese que tiene entre sus responsabilidades mantener la seguridad de todos sus ciudadanos, está incitando al odio, y por ende a la violencia. De cómo hay gente que todavía puede aplaudir semejante esperpento de discurso, solo me lo explica que así mismo se han aplaudido peores discursos, que han conducido a las peores tragedias.

Lo triste es que entonces no parece que aprendamos las lecciones de la historia.

Y, peor, que ahora no va a haber quien nos la cuente.

Escritor colombiano.

Su novela más reciente es La Actriz, a la venta en Amazon.

Siga a Pedro Caviedes en Facebook: @pedrocaviedesautor

  Comentarios