Opinión

Rállame la zanahoria, un corto que muestra la cultura cubana en bancarrota

El cineasta y guionista cubano Eduardo del Llano, creador del personaje Nicanor O’Donnell.
El cineasta y guionista cubano Eduardo del Llano, creador del personaje Nicanor O’Donnell.

En su penúltima historia de Nicanor O’Donnell, el director y guionista Eduardo del Llano especuló con sus contertulios de siempre sobre la posibilidad de que Cuba fuera puesta a la venta en el Internet sin que los nacionales lo supieran a ciencia cierta.

Dominó se titula el cortometraje, donde O’Donnell, Rodríguez y otros personajes que se suman a la más fascinante y sustancial serie del cine cubano, reflexionan sobre la eventualidad de ser vendidos al mejor postor, en este caso, un jeque árabe.

Pocos cineastas cubanos se atreven a tanto, aunque las consecuencias resultan obvias: las historias de Nicanor —las más insólitas dentro del vapuleado cine independiente cubano—, no se exhiben públicamente y son ninguneadas por la mezquina burocracia cultural del régimen.

Sin embargo, no han logrado que Eduardo del Llano se amedrente y en vez de atribularse con quejas improductivas sobre la falta de apoyo estatal y la insolidaridad de sus colegas, sigue produciendo la serie que, en un comienzo, fue decálogo y ya, afortunadamente, va por su entrega decimocuarta.

El creador de Nicanor O’Donnell y su productora, Sex Machine, no pertenecen ni a la oposición, ni a la disidencia, no participan del miedo que esa militancia acarrea, pero la serie constituye un manual práctico sobre cómo burlarse y criticar, duramente, los absurdos de la dictadura cubana en el cine.

En otra circunstancia, los 14 cortos de la serie serían comercializados con éxito. Por lo pronto, habrá que regresar a los mismos como el testimonio tragicómico de las tropelías de un régimen intolerante y caduco, que hace mucho tiempo dejó de ser revolucionario.

El más reciente capítulo, —número 15—, se titula Rállame la zanahoria, donde la penumbra, que ya se vislumbraba en historias precedentes, se acaba de instalar como si fuera parte del cine negro, en tiempo de reguetón, donde los personajes son capaces hasta de matar para conseguir su cometido.

Nicanor O’Donnell, en esta ocasión interpretando un cineasta necesitado de dinero para producir su próxima película, es sorprendido cuando trata de robarle al famoso reguetonero Papi la Amígdala, en la exclusividad de su residencia.

El músico casi lo agrede con un bate de los Marlins, que ha traído de Miami, donde Sony lo tiene contratado y comparte escenario con Pitbull, y a partir de tan desafortunado y humillante incidente, del Llano despliega su habitual habilidad a la hora de entretejer diálogos significativos que atañen a la realidad cubana actual.

El cineasta O’Donnell, interpretado siempre por Luis Alberto García, se manifiesta desvalido frente a la ostentosidad y la ignorancia del pícaro reguetonero, que encarna Néstor Jiménez, con mucho dinero, whiskey para brindar, y dos muchachas jóvenes en su lecho, el non plus ultra de tantos logros.

Al diálogo se incorpora una de las jóvenes, que resulta ser actriz, formada en la academia, y que el músico llama “actora” y humilla con saña.

Rállame la zanahoria, es el éxito fulminante del reguetonero, quien todo el tiempo sostiene la voz cantante de la conversación, donde cada personaje trata de encontrar la vía de escape a sus infortunios, aunque tengan que delinquir.

Ninguna generación puede eludir la cultura en bancarrota que muestra el nuevo corto. El oportunismo se impone y los sueños ya resultan muy difíciles de sostener.

En pocos meses, Eduardo del Llano intentará estrenarlo como corresponde. El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano debiera ser la plataforma tradicional para ese empeño, pero es muy difícil que pueda ocurrir con el decreto 349 sobrevolando la vocación de los cineastas independientes. Tal vez estemos asistiendo al final de Nicanor O’Donnell que, sin duda, sobrevivirá a la dictadura que lo mancilla.

Siga a Alejandro Ríos en Twitter: @alejandroriostv.
  Comentarios